La Opinión de Cuenca

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9 de agosto de 1706: suceso en Cuenca mientras era atacada por las tropas del Archiduque de Austria (I)

Historia


Mientras las cinco piezas artilleras de campaña y dos morteros del ejército contrario a Felipe V bombardeaban Cuenca, muy cerca de la Plaza Mayor tenía lugar un trágico suceso que fue resuelto por la autoridad eclesiástica y cuyo expediente permanece en el Archivo Diocesano de Cuenca, en el Legajo 1.135, expediente número 3. 

Un cura de la iglesia de Santo Domingo manifestó escuchar a un músico de la Catedral pronunciar alguna expresión en contra del rey Borbón Felipe V y, desenvainando su espada, salió disparado hacia el supuesto austracista en ademán de querer insertarlo. El amenazado emprendió la huida corriendo y uno de los soldados, ante los gritos del cura acusándolo de traidor, apuntó su fusil y disparó al que intentaba escapar de la espada del vicario. El tiro le entró por la espalda atravesándole el corazón y causándole la muerte de forma inmediata. 

El cura, consciente de que de manera indirecta había sido el causante de la muerte del pobre músico, se autoinculpó ante la autoridad religiosa, que ordenó su encarcelamiento. El referido expediente dice lo siguiente:

En la ciudad de Cuenca, a nueve días del mes de agosto de 1706, el señor doctor don Fernando de la Encina, abad de Santiago, dignidad y canónigo en la santa Iglesia Catedral de esta ciudad, provisor general en ella y su obispado por el ilustrísimo señor don Miguel del Olmo, obispo de esta diócesis y miembro del Consejo de su majestad, dijo que hallándose sitiada esta ciudad por los enemigos de la Real corona y puesta en defensa, y su merced en el cuarto de su ilustrísima; y presentes el coronel don Melchor de Montes y don José de Sancha, regidor perpetuo de esta ciudad, siendo como las seis de la tarde, entró en el cuarto de su ilustrísima, y en su presencia y de la de su merced y demás expresados, el licenciado Bernardo Luis, vicario de la parroquial de Santo Domingo y dijo haber dado muerte a don Pedro Esteban Galtier, músico de esta santa iglesia, por decir el dicho presbítero que él era leal a nuestro monarca Felipe V, y en su defensa lo repitió algunas veces. Y a este tiempo entraron otras personas que certificaron ser cierta la muerte del dicho don Pedro. Y con esta noticia, su merced aprehendió a don Bernardo Luis y lo sacó de las casas episcopales y lo entregó a los ministros de esta audiencia que se hallaban de guardas en el palacio, y mandó lo llevasen preso a la cárcel episcopal y lo entregasen a Diego Mateo, alcaide de ella, y asegurase al reo con un par de grillos, como todo así se efectuó. E incontinenti (enseguida) su merced, asistido de los infrascritos notarios pasó a la Plaza Pública de esta ciudad, que está inmediata a las casas episcopales, y estando en ella se le dijo públicamente que el dicho presbítero había sacado la espada contra don Pedro y que éste se puso en fuga, y que yendo corriendo por entre la mucha gente que con armas había, un soldado veterano le había tirado un fusilazo del cual había caído herido junto a las gradas de la casa que llaman “de las Gradillas”, y que estaba difunto. Y que lo habían puesto en el portal de las de Manuel de Herrera, cirujano, que están inmediatas al sitio donde cayó. 

Su merced fue a dichas casas y reconoció el cadáver de don Pedro y se halló estar difunto de herida en el pecho, de que los presentes notarios damos fe, y de conocer al dicho don Pedro ser el mismo que estaba difunto. Presente Manuel de Herrera, cirujano, su merced le recibió juramento en forma de derecho y lo hizo por Dios Nuestro Señor y una señal de cruz, como requiere, bajo del cual declaró haber reconocido el cadáver y herida que tenía en el pecho. Y que había muerto de ella y tiro de fusil, que entró por la espalda y le salió por el pecho y tetilla izquierda.

Y visto lo referido, su merced mandó que el cadáver se llevase a las casas de su habitación, como así se efectuó, y dio comisión al licenciado don Pedro de Losa, cura propio de la parroquial de Santa María, de donde era parroquiano don Pedro, para que dispusiese darle sepultura e hiciese inventario de sus bienes y hacienda. Y con efecto, dicho cura tomó las llaves de la casa y con esto su merced a la plaza donde, públicamente y por segunda vez, diversas personas le dijeron que el presbítero había ocasionado la muerte con haber sacado la espada contra el dicho don Pedro, imputándole ser traidor al rey.

Y para averiguar la verdad y castigar a los culpables mandó hacer esta cabeza de proceso y que a su tenor y diligencias se examinen los testigos.

En la ciudad de Cuenca, en dicho día, mes y año, para averiguación de lo contenido en el auto de oficio, el dicho señor provisor hizo parecer ante sí a Francisco Casado, vecino de esta ciudad, del cual y ante los notarios presentes recibió el juramento en forma de derecho, y lo hizo por Dios Nuestro Señor y una señal de cruz; y prometió decir verdad. Preguntado, dijo:

Que hoy, día de la fecha, siendo como las seis de la tarde, en la ocasión de hallarse sitiada esta ciudad por los enemigos, y en la plaza de ella, muchas personas con armas y esperando la paga que se hacía a los soldados de las compañías formadas en esta ciudad, estando el testigo en dicha plaza y a la puerta de su casa hablando con Ambrosio Antonio Romero, escribano del número, llegó don Pedro Esteban Galtier, músico de la santa iglesia, y estando los tres juntos y hablando, vieron venir a la plaza arriba al licenciado Bernardo Luis, vicario de la parroquial de Santo Domingo, en cuerpo y con espada en cinto. Como había otros eclesiásticos y al emparejar por donde estaba el testigo y los que lleva expresados, que reconocieron ir desazonado y cuyo reparo hicieron otros religiosos que había por allí cerca y en particular vio que el licenciado José Verdugo se fue a él y le habló, y a poco tiempo se apartaron y dicho licenciado Verdugo se volvió a su corro y el licenciado Bernardo se fue hacia la callejuela de don Luis de Guzmán, y sin acabar de trasponer volvió a la plaza y estando en medio de ella arrancó la espada y se fue para el corro donde estaban el testigo Ambrosio Romero y don Pedro Esteban, y encarándose con éste dijo en altas voces: “Muera este pícaro traidor”, haciendo ademán de darle, y viendo esto, el dicho don Pedro escapó corriendo a la plaza abajo y el dicho licenciado Bernardo iba tras él diciendo: “Ése es el pícaro traidor. Tirarle”. Y corrió algún trecho de tierra, pasando por entre la gente y fusiles. Luego sonó un disparo y al instante cayó en tierra don pedro, junto a las Gradillas, y se dijo públicamente que quien le había tirado cuando huía corriendo había sido un soldado de los veteranos que hay en esta ciudad, al cual no conoce. El testigo acudió adonde cayó don Pedro y lo halló difunto por el tiro que le entró por la espalda y salió por la tetilla. Y luego se le puso en las casas de Manuel de Herrera, cirujano, que están inmediatas, que es la parte donde estaba el cadáver, cuando llegó su merced.

Y esto es lo que sabe y puede decir sobre lo contenido en el auto de oficio, como también ha entendido por público, que luego que sucedió la muerte, el licenciado Bernardo había ido al cuarto de su ilustrísima a dar noticia de cómo había matado a un traidor. Y que todo lo que ha dicho y declarado es la verdad a cargo del juramento que ha hecho… Dijo ser de edad de treinta y siete años, poco más o menos.

Un segundo testigo, en este caso el presbítero don Juan Fernández Laín, teniente de cura de la parroquial de San Salvador, que ante los notarios presentes realizó el juramento “in verbo sacerdotis”, puesta la mano en el pecho, prometió decir verdad y siendo preguntado, dijo como el anterior testigo, con las novedades siguientes:

Que saliendo del cuarto de su ilustrísima que lo había llamado para que fuese al Hospital de Santiago y estando en la plaza a la espera de que un muchacho le llevase el fusil, vio venir a la plaza arriba al licenciado Bernardo Luis y le pareció que iba con algún sobresalto. Y habiendo visto al testigo, le hizo una seña con la cabeza, como llamándolo, y el testigo se fue para él y Bernardo le dijo con aceleración: “Estos traidores”. Y el testigo le respondió: “Hombre, ¿estás fuera de sí? ¿Qué traidores? ¿Quieres perderte?” Y sin nombrarlo, dijo: “Aquel cantor”. Y el testigo le reprendió diciéndole que se sosegara y aquietase, que no conocía a ningún traidor.

A este tiempo llegó el licenciado Juan Bautista Valverde, que, junto con el testigo, le reprendieron procurando que se sosegara. Y hablando, al parecer más pacífico, soltó un bastón que llevaba en la mano, y sin hablar palabra sacó la espada que tenía en el cinto y desenvainada, sin poderlo detener, se fue hacia la puerta de Francisco Casado, diciendo a altas voces: “¡A este traidor!”

Imagen: grabado de Cuenca, siglo XVIII
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