La Opinión de Cuenca

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Abuelo... no entiendo nada

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¡Qué difícil se hace la vida, ya de por sí complicada, durante estos días de San Mateo, para un hombre mayor como yo, que vive en el casco antiguo de mi querida Cuenca! Son días de evocar tantos recuerdos de mi juventud… de mi vida adulta, pero en la que aún mis piernas me permitían superar lo que hoy llaman “subidón de adrenalina” por ponerte delante de la vaca, y que en mis tiempos era simplemente miedo a la vaca. Porque sí, yo tenía miedo a la vaca, pero ese miedo tiraba de mí y me hacía ponerme delante de ella; pero el temerla, también me hacía respetarla. Recuerdo con nostalgia cómo me preparaba para esos días, con mi amigo Teresillo, el Decano de la Maroma…

Ya empezadas estas fiestas, que, para colmo y dislate, ha querido nuestro alcalde que este año duren la friolera de cinco días, quiso la providencia que mi nieto, nieto que por amor y devoción a la tradición se llama Mateo, hiciera una pausa en sus diversiones para pasar un rato conmigo; y desde su curiosidad de niño me preguntó: “Abuelo, ¿cómo era antes San Mateo?” Me levanté, y de un armario saqué una vieja caja de zapatos que contenían las albarcas, gastadas y rotas, con las que yo corría la vaca. “Mira Mateo, antes no teníamos adidas para correr la vaca” Le conté aquel San Mateo, que por edad, yo añoro. Aquel en el que en San Miguel olía a patatas asadas o a sardinas.

De la mano de Mateo, como orgulloso abuelo, salí a dar un paseo, pero todo el orgullo de abuelo que llevaba, lo perdí como conquense y como vecino del casco antiguo de Cuenca ante el panorama que vi. Lo primero con lo que me topé es con los carteles que un desesperado vecino había colocado a la puerta de su casa, y que luego vimos que no era el único. Verdaderamente, y a juzgar por los olores que en las calles aledañas corrían, no es de extrañar la desesperación de este y de muchos de los que habitan el casco antiguo. ¿A qué grado de incivismo, de falta de educación, de falta de respeto, de marranería… llámenlo ustedes como quieran… estamos llegando, para que unos vecinos tengan que poner en la puerta de sus casas un cartel de “prohibido excretar”?

Siguiendo nuestro recorrido hacia la Plaza, muchos eran los grupos, jóvenes y no tan jóvenes, que sabían divertirse, sana y educadamente, en donde tan solo la alegría prevalecía; pero he de decir también, que bastantes eran los que hacían de la fiesta, exclusivamente un culto a Baco. Me niego a creer que esta sea la evolución histórica de nuestra tradición, y no puedo explicarle a mi nieto que esto sea San Mateo. Estos grupos, que en ningún caso son minoritarios, han convertido esta fiesta en un macrobotellón consentido, que llena nuestras calles del casco antiguo de basura, de residuos y excrementos y de malos olores. No olvidemos, que la ciudad de Cuenca es Patrimonio de la Humanidad… es deleznable la imagen que damos.

Llegamos a la Plaza. La vaca en las escaleras de la Catedral y gente, quizá no tanta como otros años, pero a pesar de los avisos y rogativas, gente subida a la fachada del templo y monumento más importante de nuestra ciudad. Buque insignia y máxima fuente de atracción turística para Cuenca. Miro con cara de pena y Mateo me dice: “Abuelo, eso no está bien”. Es tan sencillo que hasta un niño lo entiende… pero ¿por qué no respetamos entonces?

Termina la vaquilla. A trompicones puedo convidar a mi nieto a una Fanta y unas patatas, pero yo feliz de estar con él. Volvemos a casa con nuestra bolsa y latas vacías porque fue imposible encontrar una papelera o contenedor que no estuviera a rebosar… falta de previsión también por parte del ayuntamiento, lo cual no justifica la falta de civismo de la ciudadanía… pero todo suma.

Y así llegamos a casa, en silencio, con la sensación de que algo no estaba bien, de que algo no estaba en su sitio. Fue mi nieto el que habló primero…

ABUELO… NO ENTIENDO NADA

MATEO… YO TAMPOCO.

Texto: LOC

Imagen: Vecinos del barrio del Castillo de Cuenca reaccionan desesperados por los actos incívicos en San Mateo
 


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