La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Amparados por el exigente Fuero de Cuenca

Historia


Los monarcas concedían en la Edad Media una serie de libertades y privilegios que gozaban los habitantes de sus tierras, pero también había normas que tenían que acatar. Esos derechos de cristianos, musulmanes y judíos venían reflejados en el Fuero de Cuenca que otorgó el rey Alfonso VIII a la ciudad a finales del S.XII. Hace más de 800 años la vida era muy diferente a la actual y, por tal motivo, cuesta entender algunas disposiciones que se redactaron en sus 43 artículos. En uno de ellos se dice que cualquiera que tuviese casa en la ciudad y estuviese habitada, estaría “exento de todo tributo”. Además, sólo se permitía que en Cuenca hubiese dos palacios, el del Rey y el del Obispo, sin embargo “todas las demás casas, tanto la del rico como la del pobre, la del noble como la del no noble, tengan los mismos derechos y las mismas obligaciones·.

Uno de los aspectos que más llama la atención es que los hombres tenían que ir al baño público los martes, jueves y sábados mientras que para las mujeres serían los lunes y los miércoles. Sin embargo, los judíos irían los viernes y los domingos, pero nadie, ni mujer, ni hombre, tenía que pagar por entrar “al baño más de una meaja”. El Fuero de Cuenca recoge fuertes castigos, que solía saldarse con la muerte, para aquellos que cometían algún tipo de delito. Todo hombre de otra villa que “cometa un homicidio, sea despeñado y no le valgan ni iglesia, ni palacio, ni monasterio, aunque el muerto sea enemigo suyo antes o después de la conquista de Cuenca”. 

Infidelidad y aborto

La infidelidad era perseguida especialmente y, según consta en otro de los artículos, si el criado a sueldo comete adulterio con la mujer de su señor, “éste mátelo junto con su mujer, como prescribe el Fuero, o mátelo públicamente, si puede probarlo con testigos”. Asimismo, la mujer que aborte a sabiendas, será quemada viva, si lo confiesa, pero sino, “sálvese mediante la prueba del hierro caliente” y aquel que fuera sorprendido en sodomía “sea quemado vivo”. El robo también era perseguido en aquella época y es que si el Juez y los alcaldes investigaban las posadas porque tenían sospecha de hurto, al “que encuentren lo robado, quédese sin su parte y, además, trasquilado en forma de cruz y córtese las orejas”. 

El Fuero de Cuenca también recoge aspectos curiosos como que cualquiera que pescase desde el estrecho de Villalba hasta Belvis con algún ingenio, excepto con anzuelos, sea apresado y “pierda lo que tenga”. La mitad, tal y como viene redactado en uno de sus artículos, se destinaría a las obras de las murallas y la otra mitad para “las necesidades de los guardas de los montes y de las aguas”. Alfonso VIII concedió para beneficio y honra de la ciudad, ferias que comenzarían ocho días antes de las “fiestas de Pentecostés y duren hasta ocho días después de dicha fiesta”.

Los tejedores también aparecen en los textos ya que se dice que si cambian el hilado ajeno y el demandante puede probarlo, deben pagar “el doble y pierda el importe de la tejedura”. Después de que el paño esté tejido, devuélvalo al dueño “seco y limpio y con el mismo peso que dio el hilado”, pero si ha disminuido en medidas o en peso, “pague doble toda la mengua”. El Fuero de Cuenca fue uno de los más importantes de aquella época, a pesar de la dureza de los castigos, trajo cosas muy positivas como que otorgaba una serie de privilegios a los forasteros que llegaban a repoblar el territorio. De igual forma, buscaba también la paz social entre los habitantes de la ciudad pues en aquella época convivían cristianos, musulmanes y judíos.

Texto: Antonio Gómez.

Fotografía: Portada del libro Foro de Cuenca de Alfredo Valmaña Vicente que publicó la Editorial Tormo en 1978.


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