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Luis Cañas, cuando rayaba la condición de octogenario, perdió a su gran amigo José Luis Coll con quien, desde los verdores de la adolescencia, había compartido confidencias, aventuras y desventuras de todo tipo, penas y alegrías. Más que amigos habían llegado, en el plano afectivo, a ser verdaderos hermanos; pero de esos hermanos para los que no existen ni recelos, ni secretos ni rivalidades —o casi ninguna—, y que la fraternidad perduró hasta el final.

Apenado por la pérdida de su mejor confidente y amigo, y deseoso de que se recordase la figura del polifacético artista, Luis, recogiendo los deseos de bastantes personas de la ciudad para honrar la memoria de José Luis, se afanó durante algunos años en ver la manera de conseguir instalar algún motivo o monumento en el lugar que ya el Ayuntamiento había dispuesto para tal efecto. 

Pasaban los meses, fenecían los años y aquello continuaba paralizado, sin que se atisbase ninguna solución final. Cañas solicitaba ayudas a todas las instituciones locales y provinciales, con el silencio absoluto por respuesta en la mayoría de los casos. Pero llegó el día en que la nueva corporación del Ayuntamiento de Cuenca, salida de las elecciones del 24 de mayo de 2015, se tomó en serio la petición de Luis y, en colaboración con el Consorcio, que llevó a cabo la obra, su deseo y el de los vecinos que le habían propuesto esta petición, se vería hecho realidad ya en los últimos meses de 2019; pero la pandemia de coronavirus impidió la inauguración del mirador y en esa misma situación permanece hoy día. 

El sitio, ubicado en el Camino de San Isidro, mira a la emblemática y nunca suficientemente alabada belleza de la Hoz del Júcar. La parte monumental fue diseñada por el también artista conquense Luis Roibal, asimismo desgraciadamente desaparecido en 2018, gran amigo tanto de Luis Cañas como de José Luis Coll.

Se plantaron diversas especies vegetales, como plantas aromáticas propias de la Serranía, y árboles que, unos fueron arrancados y llevados no se sabe adónde por manos anónimas y sin conocer la finalidad de tales sustracciones, y otros que se acabaron secando por falta de riego. Entonces, Luis quiso que al menos algunos árboles pudieran crecer y, en los mismos huecos donde habían permanecido los árboles perdidos, repuso un tilo y un olivo, que regó periódicamente, transportando hasta allí seis bidones de diez litros cada uno, llenos de agua. Pero el tilo y el olivo desaparecieron de la noche a la mañana. Tornó a plantar otro olivo ya bastante crecido, pues ya echaba algunas aceitunas, que regó de igual modo para que pujase y contribuyese a hermosear el lugar; pero un día que llevaba agua para regarlo, se encontró con la sorpresa y el disgusto de que otro, o el mismo, amante de lo ajeno había vuelto a llevarse el árbol, con la consiguiente pesadumbre y rabia por la existencia de personas dañinas demostrativas de que nada les importa su ciudad. 

Y aún continúa, con la pertinacia en el recuerdo a su amigo y el amor por la Cuenca que le vio nacer, llevando agua cada y cuando lo estima oportuno para regar los árboles que aún quedan en el mirador, con la esperanza de que, si alguien tiene la tentación de dañar ese sitio, u otros, bien sustrayendo y destruyendo bienes públicos o ensuciando puertas y fachadas con cutres birriagos, se le despierte el sentido cívico y dé marcha atrás en sus intenciones siniestras y costosas para el vecindario y para el propio gamberro, en el fondo muy poco inteligente porque también sus impuestos contribuirán a reparar el daño causado por él mismo. 

Texto: Manuel Amores

Imagen: Luis Cañas regando el olivo desaparecido

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