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Como acabar con la pandemia: la bofetada

Opinión


A pesar de que repuntan los casos de Covid19 en el norte de Europa, los científicos aconsejan prudencia ante la gripalización del mismo; vemos con horror la destrucción de los 32 días de la guerra de Ucrania, miles de fallecidos y 3 millones y medio de refugiados y se presenta un plan de choque de 16.000 millones de euros para disminuir el impacto económico de la guerra, sin consensuar con nadie; lo que realmente ocupa la tertulia es el guantazo que Willy Smith le propinó al presentador de los Óscars, por meterse con el aspecto físico de su mujer.

Y es que no hay nada que nos guste más a los españoles que un buen cotilleo. 

No tenemos cultura de la confidencialidad ni del daño de la descalificación. Mi profesor de Derecho Penal nos recordaba recientemente, que es difícil hacer entender que ciertos delitos contra la intimidad estén penados con 4 años de cárcel, cuando los manuales de buena conducta y urbanidad de hace un siglo, indicaban que es de buena educación dejar en la portería de tu casa una nota con la enfermedad que padeces y que te aleja de la vida social. Y con respecto a la maledicencia señalaban: “No manifestemos nunca a una persona la semejanza, física o moral, que encontremos entre ella y otra persona”. “Tiene el hombre tal inclinación a vituperar los defectos y las acciones de los demás que sólo el freno de la religión, la moral y los hábitos de una buena educación pueden apartarle del torpe y aborrecible vicio de la murmuración”.

El prestigioso abogado y catedrático de Derecho Penal Bernardo de Rosal, ya reflejó en un artículo de prensa, la paradoja de la realidad social de nuestro país con respecto al derecho a la intimidad, fundamentalmente en aspectos médicos; por el consumo masivo de programas de televisión y publicaciones donde se habla abiertamente de las enfermedades de personajes públicos.

A mis estudiantes de Medicina les cuento un caso clásico de la vulneración del secreto profesional. Una neuróloga atiende a una paciente de su pueblo, y posteriormente le cuenta a su madre que ha visto en su historia que ha tenido varios abortos voluntarios. No tarda la madre en contárselo a sus conocidos. Llega a oídos de la paciente que todos en el pueblo conocen sus antecedentes médicos y denuncia a la neuróloga, a la que imponen la pena de 1 año de prisión y multa de 12 meses con cuota diaria de 1.000 pesetas, y la inhabilitación especial para el ejercicio de su profesión por dos años. 

Y es que el secreto profesional es básico en la relación médico-paciente. Sería difícil entender que los pacientes confiaran en nosotros, si no contaran con la discreción del médico. El Código Penal defiende que se mantenga ese pilar social. 

Pero volvamos al guantazo. He visto análisis sesudos del sentimiento de culpabilidad de Willy Smith por reírse previamente del chiste a su mujer, del arco perfecto de la bofetada con proporción aurea, de la posibilidad de que se trate de una broma compartida con simulación del guantazo, e incluso de la posibilidad de quitarle el Óscar. Pero por encima de todo, necesitamos también cambiar de tema. No defiendo en absoluto la violencia, pero tras dos años de pandemia, una guerra y una crisis económica brutal, Willy Smith ha conseguido distraer la atención mediática. Ha pedido perdón, le han dado un merecido Óscar y nos ha recordado que duele que hagan daño a las personas queridas. Que el daño moral de la descalificación dura más que el dolor de una bofetada, aunque la vía violenta no sea defendible. Que la vulneración del derecho a la intimidad, ha de reparase. Que una vez que se ha exhibido tu intimidad, no se puede ocultar. En definitiva, que las palabras pueden hacer mucho daño.

Texto: Cristina Guijarro. Neuróloga y profesora universitaria.

Sección: Relatos de pandemia

 
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