La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Cuenca, atacada durante la Guerra de Sucesión (II)

Historia


Fue imponderable la resistencia que se hizo los tres días y noches. Pero como el casco de la ciudad es tan grande, no alcanzaba toda la gente a cubrir sus murallas y así se hallaban fatigados del sueño y aun de la necesidad; pues como fue impensado el sitio, no había aquellas providencias que se necesitaban; conque estos dos enemigos tan crueles e internos los tenía lo bastante trabajados. Y por otra parte, las mujeres, que, atemorizadas con tanto estruendo, confundían los ánimos con sus lamentos. 

Reforzados los enemigos con más gente que les llegó a otro día, esforzó más el fuego de las granadas y cañones; pero no desmayó el de los defensores, que siempre lidiaban con desesperado arrojo, que blasonó el jefe inglés de que no había hallado españoles hasta aquella ciudad.

Viéndose sin recurso de socorro y sin alivio de gente para mitigar el cansancio, fue preciso ceder a la fuerza y admitir la llamada a capitulaciones, que se hicieron con todas los honras militares que se observan con la gente arreglada y gobernadores de plazas regulares. Y cuanto fue blasón de los sitiados fue desdoro de los sitiadores.

Entraron los enemigos el día de Santa Clara (por entonces, el 12 de agosto) a las seis de la tarde, y cuando se juzgó ser regimientos de todo garbo y cada uno de su nación, se vieron entrar tantos como hubo en la Torre de Babel; pues había ingleses, alemanes, valencianos y catalanes. Y como su ejercicio sólo es robar, saquearon el Arrabal sin poderlo remediar los prelados y demás eclesiásticos. Y estando con el temor de que hiciesen lo mismo con la ciudad, llegó aviso al comandante de que a toda prisa partiese a Huete para defender un gran convoy que llevaban al ejército de las Minas, por haber dado sobre él el capitán Juan de Cereceda, que lo consiguió con el valor que se sabe.

Partió, pues, dejando de guarnición hasta cuatrocientos ingleses e irlandeses con un milord que los gobernaba y que los tuvo sujetos, más por el temor que habían concebido de que lo querían degollar los vecinos que por arreglarlos a la política militar para cumplir con lo capitulado.

Luego que su ejército se acercó a aquel país, envió seiscientos hombres portugueses y holandeses con un brigadier de esta nación y se fueron los pocos que habían quedado de la primera guarnición, que apenas serían doscientos porque los demás habían desertado.

No fue tan benigno este brigadier, pues luego empezó a hacer mil vejaciones a la ciudad y muchas molestias a los lugares de la comarca en contribuciones y embargos, hasta que vino Ahumada con dos mil hombres castellanos. Traía catalanes, ingleses, napolitanos y alemanes: otra ensalada cuya turba puso en la ciudad gran temor por correr voces ciertas de que venían a sacar una exorbitante contribución y, en caso de no dársela, saquearla y aun quemarla, con cuya noticia se hallaban todos indeterminables y afligidos, sin hallar más recurso que el del cielo, a quien todos aquellos moradores acudían pidiendo el auxilio de su grandeza y, como su Redentor, el rescate. Oyó su llanto, y el día de San Francisco, al rayar el alba,  impensadamente se hallaron sitiados por seis mil hombres de las tropas del rey nuestro señor Felipe V, comandados por el teniente general don Gabriel de Hessi, e internados en el Arrabal y a menos de un cuarto de hora, dando un avance al Fuerte de Santiago, después de una vigorosa resistencia, se apoderaron de él con la asistencia de los vecinos del Arrabal adonde hicieron cuarenta prisioneros y mucho ganado, comandados por el coronel don Bartolomé de Urbina; un capitán de granaderos con cinco compañías del Regimiento de Guardias, donde hicieron cien prisioneros con un capitán y otros oficiales subalternos.

Agregáronseles a los nuestros cuatro mil paisanos que hicieron arrojos de arreglados. El día cuarto se acabó de ceñir la ciudad y empezó a jugar nuestra artillería. Por la puerta que llaman del Postigo abriose la brecha y otra por la puerta de Huete, pero la numerosa guarnición y gran fuego no dio lugar para que se entrase.

Desde el día quinto hasta el día octavo continuaron de una y otra parte los fuegos, habiendo de nuestra parte algunos muertos y heridos en dos avances, y el segundo, que fue con mayor denuedo, ganaron el Rastrillo; y no viniendo con la prevención necesaria, por ser travesura del valor, se arrojaron a la facción sin orden y bando (sic) que no insultasen a la ciudad ni a sus moradores.

Disponíanse para otro, y viendo los enemigos que esperar era exponerse al furor y con la desconfianza de los de dentro, les obligó a hacer llamada para capitular, que se les admitió, y ellos la abrazaron con más gusto, pues éste era el medio para librarse de la muerte que les amenazaba.

(Continuará...)

 
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