La Opinión de Cuenca

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De la Pataki a la Montero

Actualidad


Entre garzonadas y omicrones hemos pasado el final del 21 y el comienzo del 22 la mar de entretenidos. Hemos visto elevado a categoría ministerial el “sostenella y no enmendalla”, mientras caíamos como moscas, contagiados del virus mutante sin saber a ciencia cierta por qué letra del alfabeto griego íbamos.

Y en estas cuestiones entreteníamos nuestros telediarios hasta que nos ha rescatado Mariló. La periodista famosa por sus frases extravagantes y por ser objeto del ansia flageladora, misógina y machista, de un exlíder político que se resiste a hacer mutis por el foro, ha ganado un juicio y ha batido, de paso, un record. Mariló Montero ha ganado a una agencia de paparazzi la batalla judicial por unas fotos robadas durante sus vacaciones, en espacios privados y en la esfera íntima de familiares y amigos.

Se encontraba Mariló de vacaciones con sus hijos en las Maldivas en 2014 y en Bora Bora con una amiga en 2015, y en ambas ocasiones la periodista fue acechada por unos fotógrafos, perseguida y fotografiada en la cubierta de un barco, en bikini, con sus hijos. Al año siguiente, en la terraza de un hotel y en una playa privada, con una amiga, en topless.

En ambos casos se encontraba en lugares deliberadamente discretos, de difícil acceso o directamente privados. Las imágenes se tomaron, por lo tanto, sin su conocimiento ni su consentimiento, en clara vulneración de la intimidad de Mariló Montero y de sus hijos y la amiga que le acompañaban en las dos ocasiones.

Esas fotos, así como las insinuaciones que se produjeron con ocasión de aquellas acerca de la orientación sexual de la periodista, han sido declaradas como una intromisión ilegítima por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, por cuanto son lo que se ha acuñado jurisprudencialmente como una “publicación innecesaria”, por una parte, y por otra una clara violación de su derecho constitucional a no tener que declarar, entre otras cosas, sobre su orientación sexual, como respuesta a especulaciones maliciosas.

En el conflicto entre los derechos amparados por la Constitución entre la libertad de información y el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, se ha ido aquilatando el contorno de una y otros, hasta perfilar unos criterios generales bastante claros. El caso de Elsa Pataki fue, sin duda, uno de los que contribuyó con mayor claridad a definir esos límites. 

De forma resumida, el planteamiento del conflicto se resolvería dando, con carácter general, más peso al derecho de información frente a la intimidad y la propia imagen, siempre y cuando la información fuera veraz y se acreditase el interés público. El margen, aumenta en favor del derecho a la información cuando concurre el derecho a la propia imagen, y se reduce en relación con la intimidad. Otros elementos, como el carácter público del sujeto y el lugar donde se han captado las imágenes, tienen importancia para determinar el alcance de la protección de la intimidad y la propia imagen a la hora de ponderar los derechos en conflicto. Por último, y más importante, del derecho de información también ampara a aquéllas que tienen carácter “frívolo”, las publicaciones conocidas de forma tan cursi como “prensa del corazón”, pero no incluirá las “publicaciones innecesarias” a las que me he referido con anterioridad.

Si repasamos los hechos del caso Pataki, la actriz se encontraba realizando una sesión de fotografías con una revista, en una playa de acceso restringido, en temporada baja y en un hotel exclusivo en Méjico. En los posados y en los cambios de ropa se podía ver a la actriz, desde otros ángulos diferentes a los utilizados para el reportaje oficial, parcialmente desnuda, circunstancia aprovechada por los fotógrafos para tomar algunas imágenes con teleobjetivo que luego fueron publicadas en diferentes medios. La calidad informativa que acompañaba a las fotografías, según la propia sentencia, era del siguiente tenor: “Del deseo a la realidad", "La música callada de Pataki palpita en la tela húmeda de un bikini y en la sorpresa gozosa de sus pechos", "Bajo las telas empapadas de mar se adivinan las contundentes curvas de esta rubia objeto de nuestro deseo", "Ya no hay señores de Murcia, ni del resto de España, que no se derritan por esta actriz que interpretó Ninette como nadie", "Ahora ya sabemos por qué Fonsi Nieto tenía la cilindrada alterada cuando salía con ella". 

Parece difícil hacer compatibles estos comentarios rijosos, babosos, asquerosos, con las palabras de Víctor Hugo sobre la libertad de información: “La prensa es el dedo indicador de la ruta del progreso”; pero nos facilitan el situar precisamente el contenido de la libertad de prensa que subyace en el reportaje y que es cero, porque el Tribunal Supremo declara reiteradamente que no es posible elevar “el simple fenómeno de curiosidad a la categoría de interés social a despecho de las circunstancias de usual reserva de la interesada...".

En aquélla sentencia, el Tribunal Supremo condenó a las editoras a pagar una suma que marcó la diferencia para siempre, 310.000 euros. Ahora, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid sienta un nuevo record, con una indemnización de 340.000 euros para la Montero y su amiga. Veremos en qué queda en el anunciado recurso ante el Supremo de los condenados. Y veremos en qué queda la denuncia presentada por la periodista y admitida a trámite en un juzgado de Barcelona, por descubrimiento y revelación de secretos.   

La única forma de proteger a la prensa, esa artillería de la libertad a la que se refería Hans Christian Andersen, es precisamente distinguirla del lodazal que, tomando el nombre de esa libertad en vano, se nos ofrece en ocasiones. Y en esta batalla, una periodista, Mariló Montero, ha derrotado a otros que no actuaban como tales. ¡Bien por ella!

Texto: Silvia Valmaña Ochaita, (Profesora Titular de Derecho Penal de la Universidad de Castilla-La Mancha)

Sección: De frente y por derecho


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