La Opinión de Cuenca

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De micología, centros de interpretación y la capitalidad gastronómica 2023

Actualidad


Una de las actividades más placenteras del año ocurre en estos días de otoño, más propios de la primavera por las altas temperaturas que otra cosa. Me refiero al hecho de aprovechar el buen clima para salir a pasear al monte –si es una de sus aficiones, claro está–  y perderse entre pinares, encinas o quejigos con una cesta de mimbre en una mano y en la otra una pequeña navaja o cuchillo. 

Desde que tengo uso de razón, y de eso hace ya muchos otoños, mis padres solían llevarnos a mis hermanos y a mí al campo para buscar algunos de esos manjares que brotaban entre la madera húmeda, junto a las jumas de los pinos o cerca de arbustos y cardos. Si para las fiestas de San Julián había caído algún que otro chaparrón y a lo largo del mes de septiembre se repetían con cierta frecuencia, la campaña de setas estaba asegurada. 

No se hablaba entonces del cambio climático y la sequía tampoco era recurrente, o al menos mi memoria cree recordar que todos los años llegaba la temporada de hongos en mayor o menor acopio.   

La decisión estaba tomada, no montaríamos un domingo después de misa en el 850 verde y mi padre conduciría hasta Los Palancares, lugar de larga tradición micológica. En otras ocasiones, y si la carretera del paraje natural estaba más masificada que la M-30 de Madrid, aparcaríamos convenientemente en las cuestas de Cabrejas, en los pinares de Sotos, en La Atalaya o incluso en el Pinar de Jábaga, y de paso comeríamos en alguno de aquellos restaurantes que abrieron sus puertas en aquellos años y se pusieron tan de moda.

El caso es que mi padre no era un gran conocedor del mundo micológico, pero tenía imán para llenar el cesto cuando el resto lo tenía vacío. Giraba las llaves de contacto del coche y antes de que mi madre nos hubiese abrigado convenientemente, desaparecía entre la maleza hacía aquel rodal que solo él conocía y que probablemente tenía en el GPS prodigioso de su cabeza. A las horas y cuando creías que seguramente estabas perdido o quizás se había perdido él, aparecía junto a ti con la cesta llena de níscalos, esas bellas setas de color intenso e incluso radiactivo, que te dejaban las manos tintadas de naranja.

Otras veces venían amigos o vecinos con nosotros y la recogida acababa en torno a la lumbre o a un fogón improvisado, en el que uno de los más ancianos terminaba por hacer patatas guisadas con conejo a las que se añadían irremediablemente los guíscanos recién recogidos.

Valga esta introducción nostálgica para recordar que aquel ritual que se repetía año tras año se quedó grabado para siempre como un acto familiar, vecinal y de amistad que reunía a propios en torno a una actividad natural y ociosa. Ahora que está de moda aquello de la búsqueda de experiencias familiares y de naturaleza, ahora que se trata de tener un contacto más estrecho con los nuestros y con el entorno que nos rodea.

Permítanme la licencia, pero lo que entonces ya era para mí un verdadero privilegio lo sigue siendo ‘taitantos’ años después a pesar de sequías y cambios climatológicos. Y es que sigo efectuando ese ritual del que hablaba, paseando junto a los míos, con la cestita de mimbre y la navaja con cepillito que me regalaron en uno de esos cumpleaños de edad inconfesable. 


Años después soy más consciente de que nuestros bosques conquenses son una auténtica maravilla, un verdadero paraíso para los ciudadanos que vivimos en esta provincia y que, probablemente, aún no somos conscientes de las posibilidades que tiene. 

Dicen los expertos micológicos que, con toda seguridad, no hay provincia o territorio en España en el que haya tanta variedad y diversidad de setas, sean comestibles o no –más de 150 se asegura–. Puede que las características de nuestros bosques, la diferencias en las altitudes y latitudes, los sustratos de los suelos tengan que ver con tal afirmación, pero lo cierto es que cualquier experto puede echarse a la cesta, y posteriormente a la boca, varias variedades de estos manjares. Boletales, amanitas comestibles, setas de cardo, de pie azul, champiñón y así un amplio surtido del que dan cuentan la incipiente y creciente hornada de chefs de corazón y paladar conquense que van a dar mucho de qué hablar en breve.


Pero vengo a advertir varios aspectos que no dejan personalmente de inquietarme en los últimos años y que van condicionados por los últimos tiempos. Desconozco las causas, pero no entiendo porqué la provincia no ‘aprovecha’, más aún si cabe, las posibilidades que tiene la micología. Más allá de todo lo que trabaja la hostelería conquense para promocionar los productos de proximidad, no se entiende que el único fomento que realizan ciertas instituciones se quede en un centro de interpretación dedicado al mundo de las setas que abre algún fin de semana en Valdemeca, lugar eminentemente setero. ¿Es que no hay hongos en Tragacete o en Uña como para que sus respectivos centros de interpretación dediquen algo más en estos días al mundo micológico?

¿No sería conveniente que las administraciones impulsaran en mayor grado una de nuestras herramientas para generar economía en las zonas eminentemente despobladas? 

Muchos ayuntamientos, caso de Valdemeca, aprendieron hace tiempo que era convenientemente regular la búsqueda de setas y la presencia de aficionados en sus montes, permitiendo el uso y disfrute a cambio de una pequeña aportación que repercutiría en el propio municipio. La medida les dio la razón puesto que son muchos los que acuden a estos bosques y, de paso, dejan dinero en los establecimientos hosteleros. Otros, como Tragacete, también decidieron que era una buena opción establecer un coto y regular la presencia de visitantes, tal y como hacen desde décadas numerosas poblaciones de Burgos, Soria o La Rioja.

Por otro lado, ¿qué pasa con las numerosas jornadas micológicas que se desarrollaban por lo ancho y largo de la provincia? ¿Qué algunas se hayan dejado de celebrar tiene que ver con los miedos al contagio que generó la pandemia en años precedentes? O, ¿los ayuntamientos con pocos recursos económicos no pueden costearlos por falta de apoyo de las instituciones?

No se entiende que Cuenca no aproveche en mayor medida sus posibilidades micológicas en los últimos tiempos cuando, precisamente, el próximo 16 de noviembre la capital se puede convertir en Ciudad Española de la Gastronomía 2023. Ya veremos.

Texto: José Julián Villalbilla

Imágenes: Valdemeca y su Centro de Interpretación, uno de los lugares seteros de la provincia de Cuenca
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