La Opinión de Cuenca

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En marzo de 1957 se constituyó la CEE (Comunidad Económica Europea). Aquel importante acontecimiento político que comenzaría a andar con el inicio de 1958 sería uno de los más destacados producidos en el seno de la “vieja Europa” después de la segunda guerra mundial que dejó arrasado gran parte del territorio comunitario.

Quizás como he mencionado en aportaciones anteriores en este medio, la cooperación suele surgir de una necesidad común. Es en el caso de las cooperativas, tan importantes en el sector agrario, como en la unidad de acción puesta en macha en el seno de un continente con numerosas dificultades para volver a levantarse tras el paso de las grandes guerras que tanto daño habían causado.

Pues uno de los objetivos fundamentales de aquel Tratado de Roma era precisamente la agricultura europea. Ya comprendieron entonces aquellos estadistas que era fundamental asegurar la alimentación de la población a la que representaban y que con el paso de la última guerra quedó en serias dificultades.

Este hito tan importante en la historia parece pasar desapercibido en sociedades como la nuestra, olvidándose en la actualidad o, como poco, dejando a un lado a nuestros agricultores. Algo que aquellos predecesores nuestros constataron como fundamental en la reconstrucción europea, ahora poco menos que se obvia. El objetivo que perseguían era tan evidente como que para asegurar el futuro primero tenían que garantizar la alimentación de la población.

Todos hoy somos más cultos, más “listos”, y en cambio estamos en otras cosas. Claro, que quizás sea un error comparar a los creadores de aquella Europa que ha dado lugar a la consolidación del mejor estado de derecho y bienestar del mundo, con quienes hoy en día nos gobiernan pensando en “su sillón” seguro y duradero sin más perspectiva que un egoísmo personalista e implantado en el sistema de partidos políticos

El mundo sigue creciendo en habitantes y por tanto también lo hacen las necesidades de alimentación justa y sana para todos los que poblamos la Tierra. Y por ello este sector agrario que desarrolla su vida en los pueblos, en el medio rural, debiera seguir siendo prioritario en las políticas de los gobiernos. Así sigue siendo en Europa pues la P.A.C. (política agraria común) continua constituyendo el mayor destino de las políticas comunitarias y por tanto de sus presupuestos. Es cierto que el porcentaje ha disminuido, pero el aseguramiento de un sector primario robusto sigue siendo fundamental.

En la pandemia hemos podido comprobar nuevamente la importancia de nuestro sector primario. Mientras otros sectores pudieron parar durante meses (aunque ahora se estén notando las negativas consecuencias de ello por la falta de inputs en otros sectores) la alimentación siguió siendo vital, y el hecho es que ahí continuaron trabajando sin descanso para suministrar alimento a toda una población mundial diezmada por el Covid. En todos los pueblos de España además de trabajar sus jornadas en el campo, al volver, con sus tractores y equipos dedicaban otro buen rato a desinfectar las calles del pueblo con hipoclorito. Esto ha sido así para ellos, mientras algunos sectores económicos como de la propia Administración han estado con teletrabajo y condiciones especiales y restrictivas hasta la fecha actual prácticamente.

Y éste es el hecho que quiero denunciar en estas líneas, que los que nos gobiernan en estos tiempos siguen viendo en el sector agrario a gente como poco importante. Y es que, como decía al principio, para ellos el “sillón” es lo fundamental a pesar de los discursos grandilocuentes pero vacíos que pronuncien. Ello es lo que hace que cada día estén más desatendidas las zonas rurales y sus gentes. Cada vez es menor la población rural frente a la “urbanita”, luego la importancia del voto del agricultor disminuye y, tristemente pero real,  es que cada día reciben menos atención o hasta más críticas en su labor, pensando en que el campo esté bonito y atractivo para quienes nos visitan los fines de semana o en vacaciones.

El auge ahora es el voto de éstos que si les pides que dibujen un pollo y lo dibujan asado, pues es el que conocen. De los falsos verdes o ecologistas que parece que defienden más la Tierra que nadie aunque en su vida privada seguro estoy que aportan más CO2 que nadie a la atmósfera, pues son los que no están acostumbrados ni al frío del invierno, ni al calor del verano y por supuesto que diseñan sus discursos como defensores del medioambiente con las máximas comodidades. Esta es una realidad que se vive hoy en día. Mientras, los del “sillón” hacen políticas favorecedoras de los últimos que son los que van constituyendo mayorías más interesantes desde el punto de vista electoral.

Así nos encontramos con problemas gravísimos para nuestros productores de alimentos como plagas devastadoras de conejo y que no se aplican medios para equilibrar el ecosistema de nuestros campos donde una especie que siempre existió en su justa medida y hoy está desplazando a otras tan arraigadas en nuestros campos como la liebre o la perdiz roja. Aunque esos falsos ecologistas solo culpan a los fitosanitarios que  pudieran aplicar nuestros agricultores. Encontramos acequias completamente llenas de tierra, maleza y otros restos vegetales que impiden que éstas puedan hacer su función. Y con estas obras de drenaje y conducción de las aguas de lluvia cuando ésta se produce de forma intensa inhabilitadas, las aguas discurren por donde no deben ocasionando daños en cultivos, en vías pecuarias y en todo el medio rural.

Estos son los avances que tenemos con nuestros políticos de “pacotilla” que no se mueven por el desarrollo y futuro de la sociedad, sino exclusivamente por su bienestar personal.

Es compatible perfectamente la producción agraria y ganadera (alimento para la humanidad) con el desarrollo sostenible que predican hoy los falsos verdes como si hubieran inventado la “pólvora”. Cada día son más los agricultores que se suman a la producción ecológica, aunque en nuestra tierra castellanomanchega casi todo lo producido lo son, pues en la mayor parte de la superficie no se aplica ni un solo producto para sacar las cosechas adelante. En cuanto al aprovechamiento de rastrojos, restos de poda, etc, poco tienen que enseñar a un agricultor, pues los sarmientos de las viñas en nuestra tierra siempre se recogieron para usarlos para calentar las casas, en los hornos de diversa índole o, en los últimos tiempos, para hacer biomasa que alimenta calderas de calefacción o hasta en ocasiones para generar otro tipo de energías, o como la paja del cereal en la alimentación del ganado, hacer estiércol para abonar las tierras e incluso también últimamente para hacer combustible para los diferentes sistemas de aprovechamiento energético.

Este es el agricultor de hoy, e incluso diría el de siempre. El que asegura la alimentación de la Humanidad, y a su vez se le puede considerar el mejor vigilante y protector del medio ambiente. Hubo un periodo en la Europa a la que pertenecemos y dónde creo que hay gente más sensata de lo que parece que en el desarrollo de la Política Agrícola Común, en una de sus reformas que han realizado a lo largo de su historia denominaban al agricultor como “El Guardián del Medioambiente”.

Aquí en nuestra región castellanomanchega, hace ya cerca de dos décadas un incendio en un paraje de Guadalajara ocasionó creo recordar la muerte de once bomberos y más de diez mil hectáreas de monte quemado. Aquellos hechos ocasionados por el mal manejo de una barbacoa, dio lugar a una normativa general y sin lógica alguna para prohibir cualquier tipo de restos vegetales en el campo. En zonas como la nuestra, y de la mano de un agricultor, siempre fue parte de la vida en el campo el quemar esos restos para calentarse en las mañanas invernales de faena dura en viñeros, olivares, etc, o para limpieza y desinfección de las acequias que antes he mencionado. El fuego bien manejado es bueno también en cualquier medio. Y en especial en cualquier ecosistema. Ya nos lo contaba precisamente el profesor de ecología agraria hace muchos años para que comprendiésemos que el fuego es parte de la naturaleza, y que incluso en bosques en ocasiones se originan de forma espontánea precisamente para regenerar la vida en ese hábitat.

Pero todo esto es demasiado complejo para mentes tan cortoplacistas y egoístas que solo piensan en su futuro próximo y casi individual.

Sueño con gente como aquellos que se sentaron en 1957 para construir la Europa que hoy nos alberga, aunque por desgracia también dice un refrán castellano que “no le pidas peras al olmo”.

Texto: Miguel Antonio Olivares

Sección: Guardián del labriego

 
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