La Opinión de Cuenca

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El mal

Opinión


El mundo, desde que es mundo, ha estado en guerras. Durante el período del siglo XX tuvieron lugar la Primera y Segunda guerra mundial. Fueron combatidas por reclutas, paliando día a día el barro de sus pies, cumpliendo órdenes de figuras carismáticas (algunos así lo interpretaban), que se quedaban en una mesa tomando aterradoras decisiones y esperando el desgate de sus hombres. Las guerras se convierten en mal y el mal es privación del bien y dolor. Son hombres de poder los grandes supremos de tales genocidios y consideran que sus acciones son buenas.

Decía Kant: “Un requisito puramente formal como es el de la posibilidad de la universalización puede servir como criterio para separar todas las conductas en dos grupos: las malas y las buenas. Si la máxima de conducta se puede universalizar entonces esa máxima describe que una acción buena, en caso contrario la acción es mala”.

Habría que plantearse una serie de cuestiones, de qué o de quién depende que estos hechos aterradores nunca dejen de extinguirse, no desaparecerán mientras que el hombre exista. Qué es lo que subyace del comportamiento del ser humano para cometer el mal. La razón no dejará de suicidarse, quién domina a quién, el mal al hombre o el hombre al mal. Bello es el hombre y a la vez el más codiciado monstruo. Que es lo que deja de fundamentarse, la conciencia, la moral... solitarias caminan, palpan a ciegas porque no hay camino, ni luz que ver. Sólo cabe hacerse preguntas... o quizás reflexiones.

¿A quién se le puede acusar de los crímenes de la humanidad?
¿Para hacer política hay qué hacer guerras?
¿Qué intereses hay por debajo, a quién y en qué beneficia esto?
¿Quiénes se coronan de gloria en las guerras?

Decía Sócrates que el mal es producto de la ignorancia. Y, nombrando a Kant por segunda vez, recordáremos una de sus mejores reflexiones: “El hombre tiene que crearse a sí mismo por su propio esfuerzo voluntario, debe hacerse a sí mismo un ser verdaderamente moral, racional y libre".

Es, obvio la importancia del pensar, de que nuestra heteronomía nunca puede contraponerse a la autonomía de nuestra razón. Existe una diferencia entre la capacidad y la incapacidad del pensar. No todo se puede trivializar, porque, aunque el tiempo pase, la historia y las historias de nuestras gentes, siempre permanecerán en el tiempo. Y, como dice Hannah Arendt, el mal no puede ser banal y radical al mismo tiempo. El mal es una realidad extrema, pero nunca radical; consciente y radical sólo puede ser el bien.

Texto: Catalina Tevar Poveda

Sección: Reflexiones
 

 
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