La Opinión de Cuenca

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¿Es usted un ababol?

Opinión


Como bien conocerá a estas alturas de la película, mi avispado lector, mi sangre es más de campo que los ababoles. No me habré dedicado a las labores agrícolas o ganaderas, no habré cogido mucha aceituna ni habré ido a labrar a -5º C. Tampoco cojo la mocha todos los días ni sé injertar o podar como mi abuelo y mi padre. No, no lo hago muy a menudo, pero soy consciente de lo fundamental que es que alguien lo haga y lo respeto profundamente.

El campo requiere paciencia. Mucha. Y tiempo, también mucho. Además, es frecuentemente ingrato, porque cuando crees que vas a tener una buena cosecha de almendras, cae una semana de hielos a destiempo que te deja pajarito.

Y es que, cuando no hiela, llueve poco, y cuando no, diluvia o cae un pedrisco que deja las espigas sin grano y ya no merece la pena cosechar. Aunque cuando viene un año bueno, de lo que sea, los ojos del agricultor brillan al ver el remolque a rebosar.

Sí, el campo es una montaña rusa. Nunca hay año bueno para los agricultores, porque podría llover más o mejor, hacer más o menos frío, … Así, no sabe uno si es mejor labrar o dejarlo de barbecho, o si es preferible arrancar la viña y plantar pistachos.

Es un sinvivir.

Pero imagínese, comprensivo lector, cómo es ese sinvivir cuando, además, le suben el precio del gasoil, de las semillas, del abono, del pienso de los animales. Cuando hay escasez de material para arreglar los aperos. Cuando la Confederación o la Junta no le autoriza nada, o tarda tanto en hacerlo que ya no merece la pena. 

Imagínese, urbanita lector, que su salario dependiera de si llueve más o menos y, además, sin apenas margen, le cueste más ir a trabajar que lo que va a cobrar.

Imagínese que fuera usted quien recogiera la aceituna de la que se extrae el aceite de oliva virgen extra que rocían en sus tostadas los señores que hablan de despoblación, pero que creen que los pimientos rojos y los verdes son de distinto color porque se recogen de plantas diferentes.

¿Sabe qué le digo?, que no hace falta que se lo imagine, puede verlo cada día. Puede, si quiere, escuchar al agricultor, al ganadero, al que le vende las semillas o al herrero al que llevan a reparar sus aperos.

A poco que guarde un poco de silencio, puede oír el lamento del campo que no se queja para cobrar subsidios, sino para poder trabajar.

Porque nuestro campo es fundamentalmente agrícola y ganadero. No hay industria y, cuando parece que se consigue atraer, los ecologistas de salón se dejan las garras para evitarlo. Hay quien quiere un campo como siempre: pobre. 

Hay quien no se percata de que quienes saben cómo injertar o cuándo labrar para que no se hiele la cebada hacen que ellos puedan saborear la miel auténtica, asar un buen cerdo o elegir entre consumir aceite de oliva o de girasol.

Hay quienes piensan que cuando dejen de labrarse las tierras de los pueblos o de recogerse las almendras, ellos seguirán yendo al supermercado a comprar sin problema. Y puede que lo hagan, pero el alma de España estará en barbecho, desaprovechada, mientras compramos a los países que nos rodean lo que podríamos haber cultivado nosotros. 

¿En cuántos supermercados se encuentran naranjas que dicen ser españolas pero cuando uno mira bien la etiqueta se da cuenta de que realmente proceden de Israel o de Sudáfrica?

Y para qué hablar del Ministro de Consumo (que ya tiene guasa que haya un ministerio solo para esa materia) al que pagamos un sueldo para meterse donde no le llaman desprestigiando dentro y fuera de nuestras fronteras los productos agroalimentarios de nuestra tierra. 

Vivimos en la España de los ababoles en su segunda acepción del diccionario. 

Y usted, ¿es un ababol?

Texto: Alejandro Pernías Ábalos

Sección: Tertium genus

 
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