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Evolucionismo (y II)

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El evolucionismo ideológico también sustituye a Dios por el azar. Pero el axioma “todo efecto tiene una causa “, no es compatible con el azar.

Aristóteles lo expresó de forma insuperable cuando dijo que “el azar es una etiqueta para nuestra ignorancia”.

Podemos hablar del azar en el lenguaje coloquial, pero no en el científico, porque la ciencia se define como “conocimiento por causas” y apelar al azar es una forma no científica de prescindir de las causas. Tal vez, por excepción, podría surgir, al  azar, un órgano en un ser vivo, pero no podemos convertir la excepción en ley, como pretenden algunos darwinistas.

Gordon Taylor, convencido evolucionista, director de programas científicos de la BBC, solía contar el caso de los trilobites: pequeños artrópodos que poblaron los mares hace 500 millones de años y que se extinguieron de repente dejando millones de fósiles. Al analizar sus ojos, se descubrió que habían resuelto por su cuenta problemas complejos de óptica. ¿ Como recogieron la complicada información genética necesaria para construir esa estructura?. Todo parece obedecer – concluye Taylor – a un plan minucioso, y no al resultado de casualidades felices.

El misterio del ojo de los trilobites no es un caso aislado, y el plan minucioso, sugerido por Gordon Taylor, bien se puede aplicar a todo lo que parece responder a un fin: ojos para ver, alas para volar, aletas para nadar, pezuñas para galopar, …

La noción de finalidad es conocida por la filosofía desde antiguo, pues la observación de la realidad física descubre a Pitágoras, a Heráclito y a los presocráticos la existencia de programas y pautas de actividad.

La finalidad no es una noción científica, pero su evidencia es apabullante y pone de manifiesto algo que apenas se escucha:
        . Que el conocimiento científico no abarca toda la realidad.
        . Que la verdad científica no es toda la verdad.
        . Que la racionalidad científica solo es un aspecto de la racionalidad humana.

 Darwin nunca aceptó que una estructura tan compleja hubiera evolucionado por acumulación casual de mutaciones favorables.

Pierre Grassé afirma que la finalidad esencial de los seres vivos se clasifica entre sus propiedades originales. “Y no se discute se constata”.

Esta evidencia de la finalidad -que en último término remite a un programa inteligente-es tan fuerte que divide a los materialistas.

Oparin, científico soviético, reconoce que “si no admitimos un plan preexistente o un tipo de causalidad exterior al sistema, el origen de la vida se topa con enormes dificultades”.

Remy Chauvin, discípulo de Grassé, dice a sus colegas: “No seamos hipócritas: todo programa supone un programador, y ninguna acrobacia dialéctica puede llevarnos a esquivar esta dificultad”.

La necesidad de ese programador es lo que provoca el giro radical del filósofo Antony Flew. Célebre por su argumentación atea, cambió de interpretación tras estudiar a fondo la bioquímica del ADN.

Flew comenta que ese tipo de prejuicios es un mal endémico del materialismo dogmático, aficionado a declarar que no debemos preguntar por qué existe el mundo: está ahí y eso es todo. O que la vida surgió espontaneamente de la materia, por un feliz azar. O que las leyes de la física surgen del vacío.

“Parecen a primera vista argumentos racionales, con una autoridad que irradia de cierto tono solemne. Pero ese tono no es ninguna prueba de que sean racionales, y ni siquiera que sean argumentos”.

La ideología evolucionista se centra especialmente en el ser humano, no hay libro de biología donde no aparezca un dibujo de simios y homínidos en procesión, con el Homo Sapiens a la cabeza. Y esa sola imagen parece el argumento definitivo que explicaría la evolución del mono al hombre. Pero no lo es en absoluto. Además de estar desmentido por la genética, lo único que puede explicar la enorme diferencia entre ambas especies no es la evolución, si no una revolución.

Darwin era un naturalista, no filósofo ni teólogo. Aunque fue muy prudente en sus opiniones sobre el hombre, no pudo evitar que la hipótesis de la descendencia del mono se convirtiera en la bandera del positivismo.

Ciencia y fe eran incompatibles para muchos darwinistas. Francis Collins, director del Proyecto Genoma Humano, darwinista y cristiano, niega esa supuesta incompatibilidad:

“El Dios de la Biblia es también el Dios del genoma. Se le puede adorar en la iglesia o en el laboratorio, porque su creación es majestuosa, sobrecogedora, complejísima y bella, y no puede estar en guerra consigo mismo. Sólo nosotros, humanos imperfectos, podemos iniciar tales batallas, Y sólo nosotros podemos terminarlas”.  

Texto: Vicente Pérez Hontecillas

Sección: Nihil scitur 

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