La Opinión de Cuenca

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No paso por el aro

Opinión


Que somos un país de sangre caliente, eso ya lo sabemos. Que nos pierde la euforia cuando ganamos en cualquier actividad, también. Que somos los primeros en celebrar cuando nuestro representante español gana (sea la disciplina que sea), sin dudarlo. Y que nos creemos la envidia del mundo entero cuando nos subimos a lo más alto del podio para cantar “yo soy español, español, español” es tan obvio como que también somos nosotros mismos los que nos fustigamos porque siempre palmamos en cuartos de final o porque “este tío/tía está acabado/a” y lanzamos más piedras sobre nuestro tejado de las que en él habitan.

Sobre esto ahondaré la cuestión de hoy, más aún cuando venimos de una Eurocopa y estamos en plenos juegos olímpicos en Japón. Pero aunque este texto se publique en medio de la competición internacional mis palabras de augurio bien podrían ser las mismas: “tranquilos, las olimpiadas de Tokio no van a ser diferentes para nuestro país”. Como no lo fueron en Río de Janeiro en el año 2016 ni en tantas ediciones pasadas. Aún recuerdo en mi memoria nombres que significaban añoranza, respeto y heroicidad. Corredores como Fermín Cacho o Abel Antón, atletas como Gervasio Deferr o Yago Lamela y otros míticos nombres de nuestra base de datos deportiva como Joan Llaneras, David Cal, Andrea Fuentes, Arantxa Sánchez Vicario… y de aquellos equipos fabulosos de balonmano o waterpolo con el gran Jesús Rollán en la portería.

A lo que voy es que los años pasan, y las generaciones de deportistas también. Yo crecí con sus nombres pero todos tenemos en nuestra recámara de pensamiento acciones o momentos claves que nos han marcado. Casi todos los representantes que llegan a una fase final tienen muchos títulos y mérito para llegar hasta ahí. Su insaciable ansia por mejorar unas décimas es digna de elogio. Pero al César lo que es del César y sólo pueden ser tres los medallistas. Estamos muy orgullosos de los logros de nuestros paisanos o convecinos (yo el primero que no quepa ninguna duda) pero si nos ponemos a ser analistas estrictos y lógicos no deberíamos sobresaltarnos por lo logrado o, al menos, no proyectar un futuro más próspero.

Por comparar con los últimos juegos olímpicos de Brasil (no quiero traer una retahíla de datos de todas las olimpiadas y que se haga infumable) les diré que nuestro medallero obtuvo 17 metales. Nada mal, ¿verdad? Bueno, digamos que nuestra posición en esos juegos de verano fue la decimosexta luchando, posición arriba posición abajo, contra países como Azerbaiyán, Uzbekistán, Kenia, Jamaica o Cuba entre otros. Ya, pero Fabián, háblame de lo que hicieron los países como el nuestro, los Italia, Francia, Alemania… esos con los que nos comparamos siempre. Pues los primeros casi llegan a los 30 metales y los dos siguientes 42 para cada uno. Y no es anecdótico. En el computo histórico de todos los juegos contamos con centenar y medio de medallas mientras los países mencionados poseen 579, 713 y 734 (desde la unificación alemana) respectivamente. ¿A quién queremos engañar? No estamos a la altura.

Hablamos de los juegos de verano pero… ¿qué tal los juegos olímpicos de invierno? Algunos pensarán que ni participamos. Y no andan desencaminados… Cuatro medallas. ¿En los últimos celebrados en Corea del sur? No, TOTALES. Todavía recuerdo cuando Regino Hernández (snowboard) cruzó la línea de meta en la tercera posición que le otorgaba el bronce. Grité, salté y hasta una lagrimita de emoción apareció. Rompía una racha de 26 años de sequía. Nunca he practicado este deporte pero me exalto mucho cuando un representante de nuestra delegación gana. Por eso, también me levanté de madrugada para ver a Javier Fernández dar cabriolas en la pista de patinaje sobre hielo. Y por eso animo a cualquiera de nuestros deportistas independientemente de la modalidad que practiquen, se llamen Ander Mirambell (bobsleigh) o Queralt Castellet (halfpipe), sean más o menos conocidos y compitan a horas intempestivas.

Pero que vaya a muerte con ellos y desee que ganen siempre no significa que no sea crítico con nuestro deporte. Un país de 50 millones de habitantes como España tiene la obligación de tener un representante de élite en cada disciplina. Cada vez que veo las finales de cualquier deporte siempre hay un italiano, francés o alemán. Obviando claro a los estadounidenses, rusos y chinos. No obstante, la población de esta última trilogía es exagerada y lo entiendo. Incluso los germanos también podrían ir aparte. Pero no tenemos excusa. Tenemos un país rodeado de mar, con piscinas maravillosas para competición y montañas espectaculares como Sierra Nevada para que ciclistas o esquiadores progresen en sus entrenamientos.

Vamos a ser realistas, España es un país de deportes... los justos. Somos ignorantes deportivos. Fútbol, baloncesto, tenis y poco más. Cierto es que siempre puede aparecer un Fernando Alonso y de repente todo el mundo es mega fan de la Fórmula 1, Carolina Marín en bádminton o Saúl Craviotto en piragüismo. Hay más nombres por supuesto. Más allá de sus logros para mi merecen mucho más reconocimiento del que tienen. Hacen que siguientes generaciones quieran ser como ellos. ELLOS SON QUIENES MARCAN NUESTRO PORVENIR DEPORTIVO. Son una especie de héroes que, de algo minoritario o desconocido en España, generan una corriente para que nuestros jóvenes quieran practicar otra cosa. ¿O creen que es casualidad que una chica de 17 años nos haya dado nuestra primera medalla en estos juegos? ¡En Taekwondo! Y tras la alegría que nos dio pide perdón al país por no traer el oro a casa. Esa es la actitud inconformista de una ganadora, claro que sí. Bravo. Gracias Adriana Cerezo.

Muchos de los deportistas de élite de nuestra nación se quejan de los esfuerzos titánicos que tienen que hacer para poder dedicarse profesionalmente a sus disciplinas. Que quieren que les diga, me parece una decepción tremenda ver las estadísticas que antes mencioné y me gustaría situar al país en el lugar donde le correspondería. Se que esto es una meritocracia y que si no llegas entre los tres primeros a meta te quedas sin premio. Por eso, y porque se que no es cuestión de falta de gente competente (como se ha demostrado tantas veces) me gustaría que las federaciones de todos los deportes menos conocidos hicieran un llamamiento a que los jóvenes tengan acceso a descubrir y practicar otros deportes que no fuesen los cuatro de siempre. Desde luego, yo no paso por el aro de ser conformista y que nuestras supuestas delegaciones internacionales homónimas nos pasen por encima mirándonos de reojo.

Y me parece muy bien que para la gala ceremonial se amenice como hicieron Los Manolos en las inigualables olimpiadas de Barcelona 92 cantando “Amigos para siempre”. Lo lamento pero, una vez empieza el combate son todos enemigos… y hay que batirlos cueste lo que cueste. ‘Citius, altius, fortius’

Texto: Fabián Beltrán

Sección: Visión Periférica

 
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