La Opinión de Cuenca

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Guerras, infancia, miradas…y girasoles

Actualidad


Estoy viendo en las noticias que casi medio millón de niños y niñas han pasado, en esta semana de guerra, la frontera de Ucrania. Son niños y niñas con ojos azules enormes, pero llenos de lágrimas y miedo: No entienden por qué dejan su casa, su colegio, a sus amigos e incluso a sus padres. Son los más vulnerables, los que pagaran no solo en los próximos días sino durante toda su vida los “efectos colaterales” de la guerra. Erich Hartman un fotógrafo estadounidense dijo que “La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan”, se olvidó añadir que también es el lugar donde los hijos e hijas de esos jóvenes que eran felices iniciarán un camino de sufrimiento que, si no se repara, puede ser la semilla del odio que genere nuevas guerras en el futuro.  Mi padre nació en 1936 durante la guerra civil y quedo huérfano con 4 años. Mi abuelo tras ir a la guerra y pasar por un campo de concentración murió justo al llegar a su casa por una neumonía. Mi padre siempre lo recordó, pero nunca odió a los que provocaron la guerra. Su legado, como el de muchos niños de la postguerra española fue el contrario, la concordia, la razón, que llevaron a nuestro país a conseguir la democracia, la libertad y la prosperidad. Es decir mantener la paz y evitar las guerras. Aun le recuerdo cuando le dije que me haría objetor de conciencia, él me acompaño a hacer la solicitud ante el gobernador militar de Cuenca. Ese día le vi un brillo en su mirada, orgulloso de su hijo al que le había puesto el nombre del abuelo. Mi padre no pudo ir a la universidad, y dedicó su vida como agricultor a plantar girasoles. Es curioso, el símbolo de Ucrania es el girasol, representa la luz, la belleza, el renacer. Estos días una señora mayor se enfrentó a unos jóvenes soldados rusos intentando convencerles de que depusieran sus armas, ellos llevaban kalashnikov, ella un puñado de pipas de girasol y mucha sabiduría:  les dijo que las guardaran en su bolsillo y que cuando murieran en combate en el campo de batalla su muerte sólo serviría de abono para que nacieran los girasoles.

No puedo olvidar los ojos de una madre afgana que llegó, tras la toma del poder de los talibanes, con su bebe de meses a Madrid, al hospital donde trabajo. No sabía hablar nuestro idioma pero su hijo estaba muy enfermo y nos pedía con su mirada que le salváramos. No fue posible, su enfermedad estaba muy avanzada y finalmente murió. Sus ojos eran verdes, bellos pero llenos de tristeza, como los de Sharbat Gula, la famosa niña afgana de un campo de refugiados, que fue portada en 1985 de la revista National Geographic. Afganistan en 1985 tenía una tasa mortalidad infantil de más de 200 por cada 1000 menores de 5 años, en 2020 de 58, con un aumento en el último año según denuncia UNICEF. Comparen con España: en 1985 era de 11 por mil y en 2020 de 3 por mil. Pobreza, horfandad, falta de educación, malos cuidados de la salud, imposibilidad de recibir vacunas, mutilaciones, discapacidades no atendidas, hambre y malnutrición, trabajo infantil, malos tratos, violencia sexual sobre todo en las niñas, niños soldados, menores migrantes no acompañados. Es todo lo que acarrea la guerra y sus efectos colaterales en la infancia, que no solo se pagan en el presente sino en el futuro.

He trabajado en cooperación al desarrollo con la ONG Surgeons of Hope (Cirujanos de la Esperanza) dedicada a realizar operaciones del corazón a niñas y niños en países con dificultades para llevarlas a cabo en todos aquellos que lo necesiten. Me llamó la atención el nombre del hospital donde trabajamos: el Hospital Infantil Manuel Jesús Rivera “La Mascota” de Managua, Nicaragua. El hospital dedicaba su nombre a un niño pobre, que nació en un cafetal y que fue miembro del ejército sandinista en su revolución contra la dictadura en 1978. Le asesinaron con 47 balazos, convirtiéndole después en un héroe. Hiela el alma el relato y su futilidad. La realidad actual del país, más de 40 años después, no justifica ni esa, ni ninguna otra muerte. Nicaragua sigue siendo uno de los países más pobres de América junto a Haiti. Sin embargo si uno cruza la frontera hacia el sur y llega a Costa Rica ve uno de los países con mayores índices de desarrollo y mejores datos de salud infantil, casi una de las mejores del mundo. Costa Rica no tiene ejército desde 1948, ni ha entrado en guerra desde entonces. Quizá ese dato explique la diferencia.

Las guerras siempre han estado ahí y las más recientes como las de diversos países africanos, las de Siria o Yemen de las que nos hemos olvidado, no se han acabado y están produciendo efectos devastadores en la infancia. Save the Children habla de un “desastre humanitario de gran nivel en el que millones de niños y niñas se enfrentan a una terrible situación: están en riesgo de hambruna y necesitan ayuda humanitaria urgente. El sistema sanitario de Yemen se ha colapsado. Los hospitales no tienen medios para atender a sus pacientes al haberse terminado las medicinas hace tiempo.…”. Quizá lo peor es que no sepamos que países como el nuestro venden armas a aliados como Arabia Saudí que los utiliza allí contra la población civil. Lo ojos, en este caso negros y vidriosos de los niños famélicos y enfermos de Yemen, nos piden que no miremos a otro lado. Los derechos humanos comienzan en lugares pequeños y cercanos: “Esos son los lugares en los que todo hombre, mujer y niño busca igual justicia, igual oportunidad, igual dignidad, sin discriminaciones” como decía Eleanor Roosevelt, artífice de la declaración de los derechos humanos de la ONU.

La guerra y los efectos sobre la infancia vulnerable son evitables y como sociedad avanzada podemos conseguirlo invirtiendo en educación, en salud y no en armas.  El plan de Acción de la Cumbre Mundial a favor de la Infancia, en 1990 señala: "No hay causa que merezca más alta prioridad que la protección y el desarrollo del niño, de quien dependen la supervivencia, la estabilidad y el progreso de todas las naciones y, de hecho, de la civilización humana".

Si tienen dudas miren a los ojos de los niños y las niñas que sufren las guerras. Da igual que sean azules, verdes o negros todos piden lo mismo, parar las guerras, vivir una infancia feliz con sus familias y tener un futuro digno. Esperemos que esta última guerra acabe pronto y los niños y las niñas ucranianos vuelvan pronto a su país en paz y puedan ver, con sus grandes ojos azules, florecer los campos amarillos de girasoles. 

Texto: Constancio Medrano López. (Cardiólogo Pediatra, Coordinador de la ONG Surgeons of Hope, Socio de UNICEF)

   

 
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