La Opinión de Cuenca

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Historia/Leyenda de la 'Casa de la Sirena”

Historia


En una entrada en Cuenca, el rey Enrique II de Trastámara se enamoró de una doncella de la ciudad y tal circunstancia lo detuvo bastantes días en ella. La publicación de 15 de mayo de 1841, la revista “El Bibliotecario y el Trovador español” transcribía el documento referido a este caso, obrante en el archivo de la catedral de Sevilla. Este episodio, con el tiempo y transmitido de generación en generación, dio paso a la leyenda por todos conocida como “La Casa de la Sirena”. El documento lleva por título:

Relación de cómo el rey D. Enrique el viejo se enamoró en Cuenca de una doncella y hubo un hijo de ella. 

Y reza así:

En el nombre de Dios e Todopoderoso, e de la Virgen gloriosa Santa María, su madre, e por cuanto por vos Gonzalo Martínez [conocido en Cuenca como Gonzalo Enríquez], escribano e notario de nuestro señor el rey e escribano público en la ciudad de Cuenca, por muchas de veces me avedes requerido e afrontado muy afincadamente a mí don Pedro Fernández, maestrescuela en la iglesia de Cuenca, colector de nuestro señor el Papa en los reinos de Castilla, que, porque yo soy antiguo beneficiado en esta iglesia de Cuenca, que diga e dé testimonio de vuestra generación, onde vos venides, porque sea manifiesto a los que lo oyeren. E yo, el dicho Pedro Fernández, por descargar mi conciencia e por el amor de Dios, a quien no se encubre cosa alguna, digo lo que de ello sé, que es esto:

Ha treinta años, poco más o menos tiempo, que me envió rogar Juana Fides de Gualda, mujer que fue de Simón Fernández de Ayala, que llegase a su posada, por cuanto quería estar conmigo; e yo, porque era dueña muy honrada e de muy buen linage, fui a ella. E luego que llegué a ella, díjome que, por cuanto ella era vieja e flaca, o tal que estaba más para el otro mundo que para éste, e porque entendía que si ella muriese sin lo decir a algunas personas que fuesen discretas e dignas para lo manifestar e decir cuando necesario fuese, que gelo (se lo) demandaría Dios a la ánima. Por ende, que me facía saber que vos, el dicho Gonzalo Martínez, que érades fijo sin duda ninguna del muy alto, e muy excelente e poderoso rey don Enrique “el Viejo”; e que vos obo e engendró en esta manera: cuando el dicho señor rey don Enrique vino a esta cibdad de Cuenca a la toma, por cuanto estaba parte de ella e tenía por el rey don Pedro, que entrara el dicho señor rey don Enrique por el Postigo de Santa María, e que estando esta dicha Juana Fides, e Mencía Gómez e Teresa Gómez, a la sazón doncellas, con su madre Elvira Gómez, mujer que fue de don Fernán Gómez de Gualda, un caballero honrado de esta cibdad, estando con ellas una moza que llamaban Catalina, que era moza fermosa e lozana e de buen parescer, que se pararan todas cuatro a mirar al dicho rey don Enrique que pasaba por su puerta; e que el dicho señor rey miró a la dicha Catalina e se enamoró de ella. E que fue a posar el dicho señor rey a los palacios del obispo, e que enviara un doncel suyo a la dicha Elvira Gómez, madre de las susodichas doncellas, a le pedir a la dicha Catalina. E que la dicha Elvira Gómez que la negara e que la escondiera. E que luego, cuando bien noche, que se viniera el rey mesmo a casa de Elvira Gómez e que gela pidió que le diese a la Catalina, e que la ovo de dar más por fuerza que de grado, e que se la llevara el dicho señor rey a la dicha Catalina; e que quedaron llorando la dicha Elvira Gómez e las doncellas, sus fijas, porque así la había llevado. E que la obo consigo encubiertamente el dicho señor rey en una cámara de los palacios del obispo, onde posaba de mientras estuvo en esta cibdad. E que cuando obo de partir de esta cibdad el dicho señor rey, que enviara por la dicha Elvira Gómez, e por la dicha Juana Fides e Teresa Gómez, sus fijas, a que fueran a su palacio del dicho señor rey; e que las mandara entrar en la cámara onde estaba la dicha Catalina e que dijera el señor rey a la dicha Elvira Gómez: “Buena dueña, ruego vos mucho que tengades a Catalina, que está encinta, e guardarla; e la criatura que pariese, ca [porque] yo vos faré por ello merced”. E que la mandará dar dineros, e que la mandara que lo tuviese muy secreto fasta que pariese; e que desque pariese que se lo enviase a decir, e que luego que se despidiera del dicho señor rey, e que se llevara con ellas a la dicha Catalina. E que la guardaron muy bien fasta que parió a vos el dicho Gonzalo Martínez. E que a poco del tiempo que a vos parió, que la dicha Elvira Gómez, como era muy vieja, que finara; e que estas doncellas que vos criaban a vos el dicho Gonzalo Martínez, e vos guardaban, así como a fijo de rey, de mientras que estobieron en uno doncellas; e que no consentían a vuestra madre que vos criase, salvo que vos diese la teta. E que la dicha Elvira Gómez, al tiempo que finara, que lo dejará mandado a las dichas sus fijas que lo manifestasen e dijesen. E que después que la dicha Catalina, vuestra madre, que con menester que se casara e que ovo vergüenza de lo decir. E otrosí, que las dichas doncellas que se casaran.

E que así quedó la cosa. E que la dicha Joana Fides dijera que ella, descargando la conciencia e el ánima de la dicha Elvira Gómez, su madre e la suya, que me lo decía a mí; e que, aunque si tiempo obiese para ello, que lo diga al obispo don Álvaro e a otras personas. E por cierto sin duda ninguna que lo dijese e creyese así, porque ella lo vio e se acercó a todo ello. E yo, el dicho maestrescuela, lo testifico así, ‘pro ut supra’ (anteriormente citado), que por la dicha dueña me fue manifestado; en testimonio de lo cual puse aquí mi nombre. D. Petrus, escolasticus.

E yo, el deán de Cuenca, fui presente cuando el dicho don Pedro Fernández, maestrescuela, dijo e testificó las cosas suso escriptas. E otrosí supe en aquel tiempo, cuando el dicho señor rey don Enrique entró en esta ciudad de Cuenca, que obo una moza que llamaban Catalina, la cual, según fama en aquel tiempo, se empreñó del dicho señor rey, de vos, el dicho Gonzalo Martínez. E así se creía que sois vos fijo del dicho señor Enrique.- Decano. 

E yo, Antonio Ruiz Bernal, arcediano de la mesma, estove presente cuando el dicho don Fernand, maestre de escuela e colector, afirmó e dijo todo lo susodicho, esto ser ansí ciertamente. E a petición del dicho Gonzalo Martínez, escribano, seyendo de ello yo testigo. E firmé mi nombre.- Archidiaconus.

E yo, Ruy Díaz, notario en decretos e canónigo en la iglesia de Cuenca, fui presente cuando el dicho maestrescuela dijo e testificó lo que en esta escritura de suso contenida ser verdad, e fui testigo de ello e firmé aquí mi nombre.- Ruy Díaz.

E yo, Pedro Fernández de la Padilla, canónigo prebendado en la iglesia de Cuenca, notario público por la autoridad apostólica, fui presente en uno con los dichos testigos, a lo que el dicho D. Pedro Fernández, maestrescuela, testificó, e dijo e nombró ser el dicho Gonzalo Martínez, escribano e notario del dicho señor rey, e escribano público en la dicha ciudad de Cuenca, que presente estaba, fijo del dicho señor rey D. Enrique “el Viejo”, rey que fue de Castella, finado que Dios perdone, e de Catalina, de suso nombrada. E que así lo afirmaba, decía e afirmó e dijo sin duda ninguna, por cuanto que gelo obo dicho la dicha Juana Fides, mujer que fue del dicho Simón Fernández de Ayala. E a instancia e ruego del dicho maestrescuela e a pedimiento del dicho Gonzalo Martínez, escribano que presente estaba, este presente público instrumento según que ante mí pasó por otro fice escribir, lo cual fue dicho e testificado dentro de la iglesia catedral de la dicha ciudad de Cuenca. Por el dicho maestrescuela, a 22 días de septiembre del año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de 1412, en esta pública forma lo tomé e de este mío signo acostumbrado lo signé en testimonio de verdad.- Pedro Fernández Padilla.- E yo, Juan Gómez, que la tengo en mi poder desde el año de noventa e siete años (1397).

Según este documento, Gonzalo, el hijo bastardo de Enrique II y de Catalina, no murió de niño junto con su madre cuando, supuestamente, ésta se precipitó con el niño en brazos para que no le dieran muerte los enviados por el rey y así no le complicara la vida a su hijo legítimo, el príncipe Juan, futuro Juan I. Gonzalo Martínez (Enríquez) vivió en Cuenca y, como dice el presente documento, gozó del empleo de escribano y notario público. Se ha venido diciendo que Enrique II, los días que permaneció en Cuenca, vivió [contradiciendo a la historia, que recalca muy bien que residió en el palacio episcopal] en la casa de los Enríquez, al final de la calle de San Pedro, que con el tiempo pasaría a ser propiedad del VII conde de Toreno José María Queipo de Llano y Ruiz de Sarabia; posteriormente de César González Ruano y más tarde del pintor Gerardo Rueda. En la casa puede verse el escudo de los Enríquez, pero su primer propietario sería algún otro Enríquez no sucesor directo del rey.


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