La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

In Memoriam (V)

Actualidad


A MODO DE CUENTO DE SEMANA SANTA

por Francisco Alarcón Díaz

Julián, era un niño nacido en una pequeña ciudad de provincia castellana, en un tiempo, que como en el resto de España, imperaban necesidades, pero sobraban ilusiones y esperanzas por conseguir la normalidad, añorando mucho mientras se intentaba olvidar lo inolvidable.

Los niños aprendían a hablar de aquello que se podía y a no preguntar por lo prohibido.

Las organizaciones adictas, progresaban con ímpetus renovados, mientras que las otras, enterradas, soñaban con la resurrección de los justos.

Julián, como todos lo de su edad, lo que sí aprendía con rapidez inusitada, era a amar aquello que identificaba a su Ciudad como algo intrínseco a todos sus habitantes, que habían tomado como insignia, lo que inútilmente habían intentado arrebatarle, y que en contraposición, sólo habían conseguido aunarlos en una lucha sin límites por la restauración de lo expoliado y destruido por la barbarie de unas ideas mal entendidas y peor demostradas.

Ya desde sus primeros días de vida, pertenecía a una de las hermandades de la Semana Santa, y con la que venía desfilando desde aquella primera vez que, apoyado en un precioso cetro artesanal confeccionado por su padre, le ayudó a conseguir una carrera tambaleante durante un escaso centenar de metros en la primavera de sus primeros pasos.

Cuando apenas había cumplido seis años, ya había fructificado en él, la semilla que toda su familia al completo, y sin excepción, habían sembrado, si bien, aún le faltaba llegar, lo que para él entonces, colmaría el vaso de su  infantil y corta vivencia nazarena.

Apenas habían finalizado las Navidades, cuando siete días después de la festividad de los Reyes Magos de 1951, estos, atendiendo una petición de la Diputación Provincial, volvieron a la Ciudad y depositaron en los locales de unas escuelas situadas frente a su Palacio, un  grandioso grupo escultórico destinado a procesionar en la mañana del Viernes Santo, obra de un insigne imaginero que con su gubia estaba siendo protagonista  principal de la restauración, en tiempo récord, de los “pasos” procesionales destruidos pocos años antes; renovación esta, que salvo alguna excepción, estaba resultando superior en calidad artística a los entonces existentes. 

Aquel día Julián, tenía la dicha de ser uno de los primeros nazarenos en contemplar la grandiosa obra.

Llevado de la mano de aquel, que durante muchos años iba ser alma y vida de la hermandad que comenzaba a reestructurarse, contemplaba con ojos muy abiertos y llenos de asombro el recientemente esculpido grupo procesional.
Contaba y recontaba sus imágenes, como temiendo equivocarse, pero siempre le daba el mismo número: ¡siete figuras, más una cruz y una escalera!

¡Dios mío -pensaba- es el mayor de todos! Y esa idea le colmaba de ilusión y de orgullo, sintiéndose ser uno de los primeros en formar parte, de lo que él creía nueva hermandad, sin conocer entonces, que hacía casi cincuenta años que ya era cofradía, y que, merced a los acontecimientos pasados, ahora comenzaba una nueva era.

Miraba repetidamente a cada una de las tallas, y se impresionaba al contemplar lo musculosos cuerpos de los sayones, rematados en rostros que sólo reflejaban maldad, mientras elevaban al recién Crucificado tirando de fuertes cuerdas anudadas al madero, al tiempo que otros ayudaban la acción desde el dorsal de la cruz.

Intentaba adivinar, a quién representaba la imagen de cabeza recostada a los pies del Cristo, temiendo equivocarse en sus conclusiones.

Se enternecía ante la expresión de la Madre al mirar a su Hijo en tan injusta escena, viendo en ella a una Virgen distinta, sin ropajes llamativos, sin corona ni otra cosa que la adornase, pero advirtiendo el rostro más bello de todas las que recordaba. 

Y especialmente, le impresionaba el cuerpo retorcido sobre la cruz de un Cristo doliente, de boca entreabierta por la que musitaban palabras de perdón para sus verdugos, por no conocer la inocencia del Justo que estaban sacrificando.

Miraba a su alrededor y comprobaba como la tremenda y conseguida escena, impactaba a cuantos la contemplaban, al tiempo que se congratulaban de la llegada del que hacía ya el tercero de los grupos pasionales en su aún corta existencia como cofradía.

Aquella noche Julián, tardó mucho en conciliar el sueño imaginando como el nuevo “paso” llenaría las calles de su Ciudad, y lo intentaba adivinar, por un lado,  como doblaría por las cerradas curvas, y por otro, temiendo que no pudiera pasar por la estrechez de algunas de sus callejuelas, y el vaivén majestuoso y lento que mostraría cuando el desfile discurriera por las calles más anchas de su recorrido, al compás del golpear de las horquillas de los  muchos banceros que sin duda portarían el colosal grupo, añorando ya, desde ese momento, que algún día, aunque este aún estuviese lejano, llegar a ser uno esos nazarenos llenos de fuerza para soportar el descomunal peso del nuevo "paso".

Deseaba que llegara el día, para ufanarse ante sus amigos de barrio y compañeros de colegio, al contarles que el “paso” de su nueva hermandad, era el más grande y el que más pesaba de todos.

Tardó mucho hasta quedarse dormido, prolongando en sus sueños las mismas ilusiones y temores.

Muy largos se le hicieron los dos meses y pocos días más, para que aquellos sueños se hicieran realidad, hasta que finalmente, en la mañana del 23 de marzo, Viernes Santo, poco después de las once de la mañana y desde el antiguo convento Franciscano, tras un improvisado guion color crema, montado sobre burdo mástil de madera, sin escudo y sin faroles a sus lados, vestido con  túnica tierra, capuz y fajín granate, portando el mismo cetro aquel que le preparara  unos años antes su padre, Julián acompañaba por vez primera  a una hermandad que sacaba a las calles de la ciudad, un nuevo grupo pasional en grandes andas cubiertas de verde hiedra, que causaba la admiración y el agrado de todos los que lo contemplaban en este su primer desfile.

Y después, Julián siguió creciendo al unísono de su nueva hermandad, y aquel cetro se le quedó pequeño, y lo cambió por la tulipa. Y fue portador de los primeros, y ya viejos faroles, de la cabecera del desfile, que otra cofradía había sustituido y donado a la suya porque seguía careciendo de ellos.

Y más tarde, llego aquello que tanto había añorado, y que colmaba sus ilusiones y esperanzas, porque por vez primera desfilaba bajo el banzo soportando el sagrado peso de su paso, aunque aportando más esfuerzo con la voluntad, que con las medidas fuerzas que podía prestarle su cuerpo todavía adolescente, pero, aun así, apoyado en la férrea horquilla que golpeaba rítmicamente sobre el empedrado, se sentía el nazareno más dichoso de aquella Semana Santa.

Aún hoy, cuando ya han pasado bastantes años, a Julián le sigue aflorando desde lo más íntimo,  una oración de petición de perdón cuando visita a su Cristo, y sigue considerando a su Virgen como la más guapa de todas, y sigue sin decidirse por la identidad de la figura con cabeza recostada a los pies del Crucificado, y sigue viendo la fealdad y maldad en los rostros de los fornidos sayones, y continua emocionándose al verlo desfilar todos los Viernes Santos por el incomparable marco de su ciudad castellana, cuando sus banceros anuncian con su especial golpear de horquillas, que el primero de los de la “Procesión de los Cristos”, el que va derramando perdón mientras es elevado a los cielos de la Ciudad, ya está abriendo la procesión que él sigue  llamando “la de las once”.

 Paco Alarcón “Hermano Mayor” de la Semana Santa de Cuenca.

 
 
Notas relativas a la Guerra de la Independencia en Cuenca y provincia (III)

Notas relativas a la Guerra de la Independencia en Cuenca y provincia (III)

Batalla de Talavera, en la que participó Bassecourt, el 28 de julio de 1809 El 22 de junio, el comandante general de Cuenca Luis Alejandro Bassecourt [...]

De aquellos polvos estos lodos

De aquellos polvos estos lodos

Suele suceder que, cuando detectamos un problema, como sucede con los incendios forestales, este nos muestra lo que se suele decir la punta del iceberg, [...]

El diamante de la alimentación

El diamante de la alimentación

Si hay un producto que forma parte de nuestra vida es sin duda alguna el ajo y está, como dicen por ahí, hasta en la sopa. Sus magníficas [...]

Adiós, otra vez, a los multicines

Adiós, otra vez, a los multicines

Cuando unas salas de cine cierran, la primera y básica razón que se le ocurre a cualquiera es que no son rentables. Mucho ha cambiado la [...]

Pintar para disimular

Pintar para disimular

Lo del arreglo de carreteras en la provincia de Cuenca parece que va a consolidarse como una de las asignaturas pendientes de los distintos gobiernos [...]

'Mangana', faro de historia. El Seminario Conciliar de San Julián

Es mucho lo que se ha escrito sobre esta insignia histórica, bien y mal, atinado y desacertado pero hay que reconocer que Mangana ha representado [...]

Quienes somos:

  • Dirección y coordinación Alicia García Alhambra
  • Redes Sociales y Contenido Audiovisual: José Manuel Salas
  • Colaboradores: Pepe Monreal, Jesús Neira, Enrique Escandón, Martín Muelas, Fernando J. Cabañas, Cayetano Solana, Manuel Amores, Fabián Beltrán, Antonio Gómez, Julián Recuenco, María Lago, Ana Martínez Carmen María Dimas, Amparo Ruiz Luján, Alejandro Pernías Ábalos, Javier López Salmerón, Cristina Guijarro, Ángel Huélamo, Javier Rupérez Rubio, Silvia Valmaña, María Jesús Cañamares, Juan Carlos Álvarez, Grisele Parera, José María Rodríguez, Miguel Antonio Olivares, Vicente Pérez Hontecillas, Javier Cuesta Nuin.
  • Consejo editorial: Francisco Javier Pulido, Carlota Méndez, José Manuel Salas, Daniel Pérez Osma, Paloma García, Justo Carrasco, Francisco Javier Doménech, José Luis Muñoz, José Fernando Peñalver.

Síguenos: