La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

In memoriam (IV)

Sociedad


Un domingo más seguimos disfrutando de los frutos que el inagotable amor hacia nuestra Semana Santa de Paco Alarcón, y su afán investigador han producido, y que gracias a su generosidad y la de su familia, hoy están a disposición de todos. Son muchas las tradiciones de nuestra semana más grande que se han ido perdiendo, en la mayoría de los casos porque se han ido diluyendo en el tiempo, o porque el paso de este ha hecho que se perdiera su razón de ser. En cualquier caso, nunca debiéramos olvidarlas y siempre tendríamos que conocerlas, porque son el sentido de la Semana Santa tal y como hoy la conocemos. Por eso, desde estas líneas, todo nuestro agradecimiento y reconocimiento a todas esas personas que como Paco Alarcón siempre se empeñaron, se empeñan y se empeñarán en mantenernos viva la auténtica “memoria histórica” de nuestra Semana Santa.

Ana Martínez

SOBRE EL ÚLTIMO ACOMPAÑAMIENTO QUE EL CRISTO DE LAS MISERICORDIAS HICIERA A UN CONDENADO A MUERTE

Corría el año de 1903 cuando el Tribunal de Justicia de Cuenca notificaba a la Archicofradía de Paz y Caridad, que un reo condenado a la pena de muerte había entrado en "capilla".

Se trataba de un joven de 21 años llamado Ramón Pérez Torrijos, que había sido condenado a la máxima pena por asesinar a su padre el año anterior. 

Según constaba en las antiguas Constituciones de esta Archicofradía, y dando cumplimiento a las mismas, trasladaron hasta la cárcel a su titular, el Cristo de las Misericordias, con el propósito de confortar en sus últimas horas al desgraciado reo.

Mesas petitorias, cubiertas con un paño dorado, a cuyos lados se colocaron dos candelabros con velas encendidas y un crucifijo en el centro, habían sido instaladas en la puerta de la Cárcel y en Carretería, atendidas por dos Hermanos Mayores nombrados por el Presidente, con el fin de recaudar fondos destinados a las exequias del condenado, mientras  que otros dos portando una bandeja y acompañados de un niño que hacía sonar una campanilla anunciando a  muerte, con su incesante toque,  llamaba la atención de cuantos por allí pasaban, solicitando sus limosnas.

Mientras en la mazmorra, el condenado era obsequiado por la Archicofradía, siguiendo la normativa, con cocido de gallina, que previamente, había sido cocinado en el domicilio del Presidente, además de chocolate y dos tipos de vino generoso.

En la madrugada del día en que se cumplió la pena, los conquenses pudieron presenciar, la más patética de las procesiones, que discurrió entre el trayecto que separaba la cárcel, a la plaza donde se había montado el patíbulo.

Abría el singular cortejo, la imagen del Cristo de las Misericordias, que desfilaba dándole la cara al condenado, quien marchaba tras él, acompañado de seis miembros de la Archicofradía de Paz y Caridad, uno por cada una de las Hermandades que la componían.

Portaban estos cofrades hachones encendidos, mientras tres hermanos cantores entonaban salmos penitenciales, hasta el mismo momento de subir al patíbulo lo que harían también con el reo, acompañándole de esta forma hasta el mismo momento de su ejecución.

También formaba parte del cortejo el Presidente, llevando el cetro de la Archicofradía, el Vicepresidente, más otro cofrade que portaba una campana que hacía sonar sin interrupción, anunciando con su lúgubre tintineo, lo que poco más tarde, irremediablemente iba a suceder, cuando el encargado de la ejecución de la sentencia cumpliera su cometido.

Al llegar al cadalso, que estaba circundado por treinta hermanos, colocados quince a cada uno de sus lados, subirían también al mismo con el reo, acompañándole de esta forma hasta el mismo momento de su muerte.

Una vez ejecutado, el cetro presidencial, quedaba depositado en la argolla del patíbulo, mientras que los anteriormente referidos seis hermanos, custodiarían el cuerpo del ajusticiado, turnándose de dos en dos horas, hasta el momento de su entierro, acto final del que estaban encargados.

El resto de los cofrades, una vez que la sentencia se hubo ejecutado, se retiraron en procesión a la parroquia de la jurisdicción para depositar en su Iglesia al Cristo de las Misericordias hasta la hora del entierro.

De la recaudación conseguida en las mesas petitorias, y según lo estipulado, una parte se dedicó a cubrir los gastos del entierro y las exequias, otra fue entregada a la familia del ajusticiado y una tercera, pasó a engrosar los fondos de la Archicofradía.

Aquel año, fue el último que el Cristo de las Misericordias acompañó a un condenado a muerte.

A partir de entonces, saldría únicamente en la Procesión de Paz y Caridad en la tarde del Jueves Santo de Cuenca. 

Paco Alarcón, “Hermano Mayor” de la Semana Santa de Cuenca.

 
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