La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

In Memoriam (y VII)

Sociedad


Hoy, el punto y… seguido, no hay final, a este IN MEMORIAM, porque ellos siempre estarán vivos en nuestros corazones, es un auténtico regalo. Sólo un alma nazarena como la de Paco Alarcón, amante de Cuenca y de su Semana Santa, maestro por siempre de la sencilla grandeza del misterio de nuestra Semana de Pasión, sólo un hombre ungido por su bondad y sabiduría es capaz de dejarnos esta maravillosa visión de la SEMANA SANTA DE CUENCA.

Ana Martínez. 


HOSANNA

Y llegó por fin el momento añorado. Las puertas de San Andrés dan paso al Aclamado. 

Gritos de ¡Hosanna!  ¡Hosanna! se escapan de los corazones de los primeros nazarenos mientras que el Rey Supremo, a lomos del pequeño pollino va otorgando bendición entre el clamor de palmas y ramos agitados sin cesar por niños y mayores. 

Tras Él, la primera Esperanza, con belleza siempre cuidada por hijos y donador, reciben el primer beso del Huécar cantarín.

Subida triunfal, y en San Felipe, consagración. Y ya completado el cortejo, entrada en Plaza Mayor para despedir al pueblo en la Puerta de la Piedad de nuestra Catedral bajo solemnes notas de Himnos cuando el frenesí de ramos y palmas revolotean despidiendo a Hijo y Madre, que hacen brotar las primeras lágrimas de emoción.

La Semana Santa de Cuenca ha comenzado.

PENITENCIA

Cesó el bullicio, callaron los Hosannas, ahora cantos penitenciales se mezclan con tintineo de campana y crepitar de cera, en el aire deja olor de oración.

El patetismo de un singular cortejo inunda la noche castellana que se ha parado en el tiempo con el primer plenilunio primaveral, regresando a los orígenes de sus primeras procesiones.

Cíngulos franciscanos ciñen cuerpos nazarenos de negros hábitos con cruz latina al pecho.

Primera agonía. Primeros cirios. Primeras oraciones.

Cruz con leyenda en tres idiomas y hornacina con relicario del Santo Madero entre cuatro hachones parpadeantes proyectando sombras de agonía espectrales. 

Siete templos, y las siete palabras del Gólgota resuenan en la noche penitencial.

Silencios. Sólo un velado tambor marca el ritmo, y cantos de motetes de remotas épocas.

Una nube de incienso embriaga el discurrir del cortejo, y el lúgubre sonido de una campana de lento tintineo, anuncia el paso del Cristo de la Vera Cruz. 

Todo concluye con las desgarradoras notas del primer Miserere.

PERDÓN

Se apagaron los cánticos penitenciales.

Nueva noche, y la misma luna volverá a teñir de blanca luz a la ciudad.

Los toques de trompetas ancestrales anuncian al anunciador.

El Precursor con cordero a sus pies pregona por callejuelas, plazuelas y esquinas: "Yo no soy digno de abrocharle las sandalias".

En la noche conquense se adivina la solemne voz "Este es mi hijo muy amado en el que me complazco" cuando el agua del Jordán resbala por cabeza y rostro del Hijo.

Y la beldad se hace presente al paso de la antes pecadora, ahora llena de amor buscando los pies del Maestro para lavarlos con sus lágrimas y derramar en ellos las esencias que porta.

Sentimientos íntimos al paso del primer coronado de espinas con melena al viento en la noche nazarena. Una oración brota de sus cofrades mendigando Perdón.

Y tras Él, entre verdes capuces, con verde manto la Madre guapa derramando por Cuenca esperanzas y amor, camina tras Él, presintiendo lo que irremisiblemente va a suceder con el Santo Misterio.

Es la noche del Martes Santo.  Es el Perdón en Cuenca.

SILENCIO

Con las últimas luces de la tarde, cornetas y tambores anuncian silencios blancos.

Silencio patente y latente al paso del "Silencio" en el Miércoles Santo conquense, porque el silencio se ha adueñado de su noche, sólo roto por ruido de la horquilla con golpe seco de madera herida que redobla bajo el peso de grandes y voluminosos pasos.

Noche de cuerpo y sangre divina, noche de luna entre olivos, de oración sangrante ante amargo cáliz, noche de beso traicionero y cobarde, noche de brillos de aceros, de prendimiento de negaciones y arrepentimiento. 

Noche de dolor descarnado ante la divina cabeza traspasada y de carnes de cuerpo lacerado. 

Noche de consuelo de Apóstol amado a quien pronto heredará como Madre.

Noche de blancos capuces por estrechas callejas enrevesadas, esquinas plasmadas de gigantescas sombras que se proyectan a su paso sobre yedras, muros, encrucijadas, fachadas balcones y rejas que, acariciando olivos, besando divinos rostros, como no queriendo dejar que el "paso" pase y se quede para siempre en ellas confundiéndose con luz de luna.

Escardillo y Audiencia mostrando en inigualable marco la plasticidad más impresionante inundada de los grandes volúmenes escultóricos portados por macerados hombros.

San Esteban, El Salvador, San Pedro y la Catedral han dado paso al Silencio de su Miércoles más Santo.

LA PAZ Y EL AMOR

Hay un calidoscopio de colores en anárquico orden camino al viejo templo Antoniano.

El puente es trono elevado sobre el río convertido en verde esmeralda espejo, reflejado en sus aguas la Paz y el Amor del Jueves más Santo.

Otra vez cáliz de amargura ofrecido por bello ángel. "Padre mío si es posible… ".  y el olivo intenta limpiar el divino sudor sangrante.

Restalla en el aire de Cuenca el hiriente flagelo de odioso sayón sobre la sagrada espalda del Atado a columna de piedra.

Mofa al disfrazado de Rey tocado de capa purpura, cetro de burda caña y corona de espinas en divina cabeza mientras sus labios musitan: "Mi reino no es de este mundo".

Después su mirada se eleva al cielo de Cuenca en el más impresionante rostro donde el dolor y el perdón se desprenden del "He aquí al hombre".

Son hasta tres cruces soportadas a hombros del Nazareno con Verónica mostrando el Santo Rostro o con el asombro y rabia del hijo del Cirineo, y cuando solo, lleno de majestad, aparece el Señor de la Tarde Nazarena, mecido con un mimo rebosante de amor por sus devotos banceros.

Tras Él, de nuevo, la belleza y el dolor, ahora sola, siguiendo tras el Amor sin poder alcanzarlo.

La procesión ha comenzado su lento caminar entre los largos capirotes de "los chopos nazarenos de la orilla..." y el sudor ablanda el armazón de los capuces por la justicia del sol primaveral.

El ascenso del cortejo a la ciudad vieja ha convertido las calles en la Amargura de Cuenca.

Cae la tarde y la media luz transfigura el cortejo, luces y sombras se adueñan totalmente del singular desfile hasta que la luna sirve de contraluz cuando otra vez sobre el viejo Puente, los "misterios" regresan, y de nuevo el Señor de Cuenca escoltado por viejos nazarenos da paso a la Soledad Llorosa para que cierre el solemne séquito.

La hiriente noche se ha hecho presente en el tránsito más doloroso y mal entendida celebración, hasta que el primer clarinazo del eminente amanecer rasgue el cielo de la santa madrugada.

CAMINO DE AMARGURA

Pero todavía la noche no ha abandonado sus sombras para dar paso al Amanecer Santo, y la recoleta placeta va a ser testigo del comienzo del más insólito de los cortejos en impaciente espera cuando las puertas del templo se abran para dar paso al Señor de la Mañana.

Los hirientes gritos lanzados por desafinados clarines se mezclan con el golpear de palillos sobre cueros estirados en enlutados tambores en el concierto más desconcertante jamás soñado.

El Amor bajo Cruz está ya abriendo la fría madrugada y una palma se agita al aire de la serranía, mientras que los ojos del apóstol buscan lo que "mirar no querría".

Lienzo con Rostro Sagrado y encuentro de los dos más grandes Amores.

Los ecos desgarradores de metales y tambores destemplados no pueden romper ya el silencio que se ha adueñado al paso de la Dolorosa Solitaria, en su lento avanzar a golpes de yunque y crepitar de fraguas encendidas que intentan calentar el lloroso y bello rostro de la Madre mientras un motete se eleva en solemne oración al aire de la serranía.

Los primeros rayos de sol asoman por el Socorro mientras el "Jesús de las Seis" entra en la Trinidad encarando el desgarrador ascenso, donde silencios contenidos en esfuerzos sobrehumanos dejarán lanzar a la mañana con fondo de yedra el estremecedor Miserere, en el mayor acto de honor de Cuenca a su Jesús ante el increíble callar de sus Turbas.

El Apóstol amado llevado en volandas de nubes mañaneras por la serranía, sigue sus pisadas intentando lo imposible y señalando a todos el sagrado Reo.

Encuentro doloroso de Madre e Hijo y de nuevo sólo se escucha el silencio como muestra del respeto y amor de un pueblo, que se ofrecen a la que tras ellos, sigue sola, su Soledad.

EN EL GÓLGOTA

Callaron ya clarines y tambores, nuevas trompetas anuncian que las calles de Cuenca se han llenado con sus Cristos presidiendo pesados grupos soportados por penitentes banceros bajo el fuerte sol del mediodía en el Gólgota conquense.

Cristo derramando Perdón porque "no saben lo que hacen".

Cristo de Marfil, joya de Cuenca, llegado hace siglos de alguna de las siete mil islas del sudeste asiático.

Cristo de la Agonía en soledad abandonado "En tus manos encomiendo mi espíritu"

Cristo con lanzada hiriente en costado traspasado, manando la última gota de sangre divina. 

Cristo de la Luz, el de Federico: "Cristo crucificado en luna fría, bajo frio cristal crucificado" entregado ya el Espíritu que vuela hacia el Padre. 

Cristo de la Salud, cuando el velo del templo se ha rasgado y las tinieblas se han adueñado de la luz y el Drama ya se ha consumado.

Descendido en Santo Sudario. Piedad. La Madre de Cuenca ya no está sola, porque consigo lleva el divino cuerpo del Hijo, ahora en su regazo de Madre llena de angustias y dolor. Es la Piedad de todos sus hijos, en la última escena del Calvario en el Viernes Santo de Cuenca.

EL CORTEJO DEL DOLOR

Todo se ha consumado.

Otra vez el silencio se ha hecho dueño de la ciudad castellana.

La Cruz se ha quedado sola, ahora con los atributos de los últimos suspiros. 

Juventudes Franciscanas portando el sagrado madero, abren paso a la ancestral y noble Orden de Caballeros custodios de las más santas de las reliquias.

El Yacente, solo iluminado por el palpitar de las lenguas humeantes de cuatro grandes cirios, está en las calles de Cuenca en el último cortejo penitencial de su Viernes Santo

El chocar de maderas con el empedrado se ha tornado en beso de horquillas silenciosas apoyando dolor y oración bajo el sagrado cuerpo que reposa en fría y dura roca.

Enlutadas damas tocadas con mantilla negra orando rosario en mano, como preludio de la última Soledad, que, ante la Cruz vacía, eleva plegaria hacia donde el Hijo ha marchado.

Silencio y honor, en el más doloroso de los cortejos mientras que otro sin hábitos, pero tan penitencial como este, discurre hacía la recoleta ermita a extramuros de la ciudad, donde la Madre de Cuenca, ahora sin el cuerpo del Hijo en su regazo, recibe las muestras de consuelo de los hijos de la ciudad. 

RESURRECCIÓN.

Apenas el sol se ha hecho dueño de Cuenca inundándola con su luz resplandeciente, cuando las campanas de los templos de la ciudad con su repique y voltear cantan a Gloria, anunciando la nueva buena: ¡Ha Resucitado! ¡Ha resucitado!

Todos los sentimientos de dolor de las pasadas jornadas se tornan en la alegría que infunde el triunfo de la vida sobre la muerte.

No habría tenido sentido el pasado sin lo que acaba de suceder en esta madrugada de gloria.

Las puertas de San Andrés vuelven a abrirse para dar paso ahora al Triunfo y al Amparo hecho Madre.

Dos caminos distintos para encontrarse en el momento más feliz después de tanto dolor.

El Resucitado en actitud triunfal encara la Puerta de San Juan para recibir las caricias de la Serranía. 

Mientras, Ella, el Amparo, tomara la bajada hasta encontrar al alegre Huécar que por la Puerta Valencia y paralelo a los Tintes quiere besar los pies, ofreciendo la más hermosa vía para quien va en busca del Hijo triunfante.

La plaza es un clamor cuando ambos se encuentran y la alegría es ahora la que hace saltar las lágrimas a cuantos contemplan la escena cuando Hijo y Madre se encuentran de frente en un marco rebosante de himnos, aplausos, entre vuelos de palomas y volteos de campanas.

Tras el Encuentro de Gloria, juntos harán el último recorrido procesional de unos cortejos, largos y sentidos en una ciudad que quiere, ama y vive para su Semana Santa.

Paco Alarcón, “Hermano Mayor” de la Semana Santa de Cuenca.

Foto: Raúl Contreras

 
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