La Opinión de Cuenca

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La catedral de Cuenca, cuna del gótico castellano

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En estos últimos días, mientras esperaba la hora de inicio para disfrutar de los brillantes conciertos que, como en los últimos años, nos ofrece Marco Antonio de la Ossa en el marco de Estival Cuenca, y en el espectacular escenario del Parador del antiguo convento de San Pablo, con la hoz del Huécar como fondo inigualable para este tipo de eventos, no pude evitar la emoción al contemplar el magno conjunto episcopal, que, junto a las Casas Colgadas, enmarca una parte importante de esa hoz. Desde el jardín del Palacio Episcopal hasta el arco de medio punto de las antiguas cocheras, allí donde Miguel Ángel Albares, el gran impulsor de nuestro principal monumento, instaló hace algunos meses un hermoso y original museo de escultura pétrea, formado por las piezas rescatadas de la antigua portada gótica y del renacentista Arco de Jamete, el conjunto de la catedral se descuelga sobre el abismo de la hoz, presidiendo con su silueta monumental, compendio de diferentes estilos, como debe ser siempre cualquier catedral viva, el magno escenario. 

No siempre fue así, sin embargo. No siempre el perímetro de la propia catedral llegaba hasta el abismo de la hoz. Durante la Edad Media, un estrecho corredor avanzaba, como paso de ronda, entre el perfil cortado del precipicio y el propio perímetro catedralicio. En aquel tiempo, los conquenses más humildes cruzaban aquel pasillo, buscando un poco de comida, o alguna pequeña moneda que pudiera remediar por unos días la dureza de su miseria, en el llamado Patio de la Limosna. Allí era donde los canónigos de Cuenca ejercían su espíritu caritativo, su caridad cristiana, intentando alejar de sí mismos el demonio de la hipocresía. Y allí es, también, donde en la actualidad se puede disfrutar de uno de los mayores encantos de nuestra catedral, más allá de su imponente belleza gótica y renacentista, barroca y moderna. Porque catedrales hay muchas, y aunque la de Cuenca se cuenta como una de las más hermosas de todo el país, en ninguna puede el viajero disfrutar de los hermosos paisajes que se contemplan desde allí.

Fue el arquitecto y restaurador Vicente Lampérez también quien, ya desde sus primeros informes realizados para documentar los trabajos de restauración del templo, acuñó para la catedral de Cuenca un supuesto encuadramiento dentro de lo que él llamó estilo gótico anglonormando, tomando como base para ello su parecido con la catedral inglesa de Lincoln, así como con otros templos del gótico propio de las islas. Desde entonces, esta supuesta atribución ha sido aceptada por diferentes especialistas, y por el público en general, sin llevar a cabo una mínima crítica científica. Sólo Elie Lambert, primero, y más tarde Torres Balbás, entre los expertos foráneos, se atrevieron a contradecir al restaurador. El primero defendió su encuadramiento en el gótico franco-borgoñón, partiendo del evidente parecido de la catedral conquense con diferentes templos levantados en el siglo XII en la llamada Ile-de France, la región que rodea a la propia capital parisina: Notre Dame de Dijon, Saint Yved de Brain,… Por su parte, Torres Balbás fue el primero en insistir en la originalidad del templo conquense, dentro de la arquitectura peninsular en el momento de su construcción, dándole, de esta forma, un puesto de primacía en el gótico castellano, por delante de otros edificios similares que, más que modelos y referentes de nuestro edificio, pasaban a ser readaptaciones ligeramente posteriores de ese primer templo conquense.

Así pues, hay que resaltar, una vez más, como ya he venido realizando en otros escenarios, la importancia que la catedral de Cuenca como verdadera cuna del gótico castellano, por delante de otros templos a los que se les atribuyen esa categoría: catedrales de Ávila, Sigüenza, Burgo de Osma, o incluso León, Santa María de Huerta, monasterio de las Huelgas,… En algunas ocasiones, como sucede en las sedes episcopales mencionadas, si bien la respectiva construcción del edificio se había iniciado en fechas anteriores a la nuestra, ésta se había realizado en sus respectivas canterías románicas, o en todo caso, en ese estilo cisterciense de transición, que todavía no había llegado a ser propiamente gótico, realizándose la obra nueva en fechas posteriores a la catedral de Cuenca. María del Carmen Muñoz Párraga, que ha estudiado la catedral de Sigüenza, da para la obra gótica del templo una cronología entre los años 1198 y 1221, cuando el templo conquense se hallaba ya muy avanzado en su construcción, y algo parecido sucede respecto a la catedral de Ávila. La catedral gótica de Burgos, que en realidad fue la tercera (está levantada sobre una catedral románica que, a su vez, sustituyó a otra prerrománica, mandada levantar después del año 916 por el rey Ordoño II), sólo se inició en 1205, aunque diferentes problemas constructivos en sus cimientos obligaron a paralizar las obras, que no se reanudarían hasta cincuenta años más tarde. Y la de Burgo de Osma, por su parte, no sería iniciada realmente hasta 1232, sobre la anterior, también románica.

Y respecto a los monasterios citados, también sucede lo mismo con estos: o son posteriores en su construcción a la catedral de Cuenca, o bien responden a ese otro estilo cisterciense, intermedio entre el románico y el gótico. Esto sucede con el monasterio soriano de Santa María de Huerta, cuyas obras se habían ya iniciado a mediados del siglo XII en ese estilo cisterciense, con el fin de dar cobijo a una comunidad de la orden que había llegado al reino castellano, procedente de la Gascuña francesa. Y respecto al monasterio de Santa María la Real de Huelgas, donde el propio rey Alfonso VIII y su esposa, Leonor Plantagenet decidieron construir su propio panteón real, y el cercano Hospital del Rey, ambos en las inmediaciones de Burgos, su primera construcción fue ligeramente posterior a la de la catedral de Cuenca. En efecto, la bula de construcción del edificio burgalés, firmada por el Papa Clemente III, está fechada el 2 de enero de 1187, y el 1 de junio de ese mismo año está fechada la carta fundacional del propio monasterio por el monarca, bajo la regla cisterciense. Además, la parte más antigua del edificio, las llamadas Claustrillas (el claustro primitivo), es todavía románico.

La catedral de Cuenca, por su parte, y aunque Torres Balbás estableció para su construcción un arco cronológico entre 1199 y 1211, en base a unas supuestas donaciones de Alfonso VIII en favor de la fábrica catedralicia, que según él no se iniciaron hasta el primero de los años citados, Jesús Bermejo pudo adelantar la fecha de inicio de la construcción al año 1182, en base a la documentación conservada entre los fondos del Archivo Catedralicio. La teoría que expongo no es nueva entre los especialistas de la arquitectura gótica, ni dentro ni, al menos en algunos círculos, fuera de la ciudad. Autores que han estudiado la catedral, como el ya citado Jesús Bermejo, Rodrigo de Luz, Gema Palomo, o más recientemente Francisco Noguera Campillo, director de investigación del Instituto del Gótico e Innovación Cultural, han defendido ya en repetidas ocasiones la prelación de Cuenca como, al menos, una de las cunas del gótico castellano. Éste último, además, afirma que existen evidencias de que en 1196, cuando se consagró el altar mayor de la catedral conquense, toda la cabecera del templo estaba ya totalmente construida, de modo que ya se podía oficiar en su interior la Santa Misa; mientras tanto, tal y como hemos dicho, en el monasterio burgalés de las Huelgas apenas se había construido para entonces el claustro, y no sería hasta los primeros años del siglo siguiente cuando se llevarían a cabo las principales obras en la propia iglesia, a manos de cierto Maestro Ricardo, llegado probablemente hasta allí desde tierras inglesas.

Todo ello fue posible gracias a un joven rey, Alfonso VIII, que regaló a aquella ciudad castellana, la primera ciudad importante que conquistó a lo largo de su reinado      -después, en 1212, llegaría el triunfo en las Navas de Tolosa, con lo que ello representaría para abrir definitivamente a los cristianos las puertas de toda Andalucía-, con un nuevo obispado, que sustituiría a las antiguas diócesis visigodas de Valeria y de Ercávica, y que contó para ello con la colaboración de los primeros obispos de la diócesis. Principalmente, con los dos primeros prelados, Juan Yáñez y Julián ben Tauro. El primero, según la leyenda, llevaba en sus venas la sangre del propio Cid Campeador, a través de uno de los sobrinos de éste, Alvar Fáñez, o Yáñez, de Minaya -miembro de la alta nobleza castellana, descendía realmente de Diego Rodríguez Porcelos, uno de los primeros condes de Castilla, en los últimos años del siglo IX, y era bisnieto de Pedro Ansúrez, conde de Carrión y de Saldaña, y de su esposa, Eylo Alfonso, y por línea materna era sobrino también, ésta vez sí, de Santo Domingo de Guzmán-. El segundo fue un mozárabe toledano, que fue convertido por los canónigos conquenses, a finales del siglo XV, en un castellano viejo, como forma de luchar contra los sucesivos prelados de origen italiano, nepotes de los papas correspondientes, que gobernaban la diócesis desde Roma, y cuyo único deseo era la sustracción de las rentas. 

La leyenda, también en este caso, sobrevive sobre la historia a través de los tiempos, convirtiéndose en la otra cara de ese pasado, que no puede, sin embargo, olvidarse de otra persona que fue, en realidad, tan importante en esa historia como el rey y los dos primeros prelados que gobernaron la diócesis de Cuenca. Ella fue Leonor, la joven reina de Castilla, la esposa del monarca; de Aquitania, sí, porque de aquel lejano ducado de Aquitania, más importante entonces que todos los reinos de Europa, mucho más civilizado y culturizado que Francia o que Inglaterra, que Castilla o que Aragón, vino para desposarse con el joven dueño de la corona castellana. De Aquitania, pero que no debemos confundir con su madre, la sucesiva dueña, como reina consorte, de Francia y de Inglaterra, una de las mujeres más brillantes, de más fuerte personalidad, de toda la Edad Media europea. Fue precisamente ella, esta segunda Leonor de Aquitania, o quizá mejor Leonor Plantagenet, para diferenciarla de su augusta madre, la que trajo a Cuenca, y por ende a toda Castilla, a aquellos arquitectos y canteros que se habían formado ya en el nuevo arte gótico que ya se había extendido a un lado y otro del Canal de la Mancha, iniciando de esta forma, por primera vez más allá de los Pirineos y de la frontera franco-alemana, el nuevo estilo de la luz, de los pináculos estilizados, y de la bóveda de crucería.

Texto: Julián Recuenco

Sección: La Atalaya del Observador

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