La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

La maldad y lo banal

Opinión


Estimado lector con síndrome postvacacional:

Aquí me encuentro de nuevo ante usted. Y ya le adelanto que, aunque algunos lo hayamos intentado con insistencia, no hemos tenido muchas oportunidades de evadirnos durante estas semanas, ya sea por obligación o por elección.

Muchos desastres nos han mantenido alerta y, en particular, uno de ellos ha resultado ensordecedor. La mirada de Sharbat Gula ha vuelto a posarse sobre nosotros con ese iris hipnótico y su gesto de eterno reproche infantil se ha tornado tanto más acuciante por lo que no se ha podido conseguir después de veinte años en Afganistán.

Mi impresión general es perturbadora: los talibanes no han vuelto; jamás se fueron.

El gesto fascinante de la niña afgana que tuvo que huir de su tierra para refugiarse en Pakistán es hoy más triste. Sabe que quienes le prometieron libertad han dado su misión por cumplida sin que se haya instaurado un Estado de Derecho sólido (no ya democrático).

Y sabe que occidente no puede tutelar a otras naciones previamente escamoteadas si sus dirigentes no consiguen poner orden en su propio país, o no quieren hacerlo. Los talibanes no han vuelto; jamás se han ido.

He visto con estupor cómo los colaboracionistas del antiguo régimen apoyado por las naciones occidentales huían, con gestos de dignidad suprema como el de don Gabriel Ferrán y doña Paula Sánchez. 

He visto con indignación cómo los últimos en llegar con alpargatas dudosamente combinadas, dicho sea de paso, pretendían aparecer como adalides de la paz y como adelantados de los rescates aéreos humanitarios en los que, a pesar de haberse hecho un encomiable esfuerzo de última hora, han quedado tantos atrás. 

Mi conocimiento de la política internacional raya en el analfabetismo, siendo generoso.  No obstante, la impresión ofrecida por la coalición ha sido rotundamente desastrosa. No solo hemos fallado al objetivo de la misión, sino que lo hemos hecho a nuestros soldados que murieron por defender la paz, Yak-42 incluido.

Y la sensación de desastre se acrecienta con la imposición de la maldad como dogma político del nuevo régimen afgano. La desigualdad de origen como presupuesto de su ideología resulta, no ya contraria a toda idea de equidad, sino manifiestamente incompatible con la humanidad en sí misma.

Llegar a convencerse de que la mujer, por el hecho de serlo, resulta un ser humano indigno de los mismos atributos que un hombre es de tal repulsión que llega a herir el alma de cualquier ser humano que pretenda considerarse como tal.

Pero la ideología que consideramos básica, plasmada en la carta de derechos humanos, no es para todas las gentes. Y con ello no puedo evitar traer a mi mente la perturbadora idea que consiguió introducir en ella Hannah Arendt.

Su teoría sobre la banalidad del mal resurge en estos regímenes políticos inhumanos con tal perversidad que asusta. Su idea es tan horrible como sencilla: usted también podría hacerlo si se encontrara en esas mismas circunstancias, sin necesidad de ser un monstruo.

De forma inconsciente, resulta tranquilizadora la idea de que los talibanes son seres insensibles que se encuentran abstraídos en su capacidad para discernir entre el bien del mal. Son monstruos. 

Pero, quienes asesinan a su pueblo para restaurar el orden u obligan a las mujeres a cubrirse hasta el extremo no son distintos a cualquiera de nosotros. No tienen una capacidad extraordinaria para hacer el mal. Son humanos que ante una disyuntiva, han decidido hacerlo y cumplir las órdenes de sus líderes asesinando y causando terror.

Europa sabe bien de eso. 

No les permitamos hacerlo justificando que son unos monstruos. Son como usted y como yo, aunque en otras circunstancias y con otras decisiones. Lo que me causa un temor espantoso.

Texto: Alejandro Pernías Ábalos

Sección: Tertium genus

Foto: Sharbat Gula, retratada por Steve McCurry y publicada en National Geographic en 1985

 
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