La Opinión de Cuenca

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La Santa Hijuela de Carboneras de Guadazaón

Cultura


Todos los días, en todos los lugares del mundo, Jesús se manifiesta en la Eucaristía, es lo que creemos los cristianos en un acto de profunda fe, de manera que, cuando comulgamos, recibimos su cuerpo y su sangre, un instante del Paraíso que nos espera en el futuro, que nos conduce a una alegría inmensa. Es verdad que no necesitamos nada más, pero a veces, Jesús ha querido manifestarse mostrándonos su cuerpo y su sangre físicamente, para los que somos como Santo Tomás que necesitamos ver para creer, en especial en dos ocasiones, cuando se instituyó la fiesta del Corpus Christi y cuando los corporales de Daroca.

Corría el año de 1263, en la pequeña localidad de Bolsena, villa cercana a Orvieto en la Toscana, un clérigo está oficiando la misa en la iglesia de Santa Cristina. Al iniciar la consagración, mantiene entre sus manos la hostia y la mira intensamente, no puede apartar sus ojos de ella; piensa en la realidad del Santísimo Sacramento y comienza a tener dudas y tentaciones, no cree que allí estén el cuerpo y la sangre de Jesucristo, las manos tiemblan, su mente puede sobre sus creencias. De repente, la hostia comenzó a producir gotas de sangre, que caían sobre los corporales y los dejó teñidos con ese color escarlata inequívoco; no una gota o dos sino tantos que llegó a salpicar a la peana de mármol del altar, al paño purificador de limpieza del cáliz y a todos los sitios donde alcanzó a caer al mover el clérigo sus manos temblorosas.

Quiso el Señor que el Papa Urbano VIII se encontrase en Orvieto cuando aconteció el hecho milagroso. La noticia extraordinaria corrió como la pólvora por todos los lugares cercanos, hasta que llegó a oídos del Papa, quien mandó que se trajesen hasta allí en procesión los corporales manchados en sangre, y que saliesen a recibirlos todos sus arzobispos, cardenales y obispos, con todo el clero de su corte y el pueblo llano, para llevarlos con gran pompa a la iglesia principal de Orvieto, para guardarlo después bajo el altar de la advocación de Nuestra Señora la Virgen María. Para celebrar este gran milagro, quiso el Papa que se preparase una memoria que incluyese otros hechos extraordinarios similares, entre ellos mencionó el de los corporales de Daroca, en el antiguo Reino de Valencia que tuvo una gran repercusión entre el mundo cristiano del momento.

Inmediatamente después de la conquista de Valencia por el rey don Jaime, hacia el año 1239, tuvo que dejar aquellos lugares por la imperiosa necesidad de acudir a Montpellier para sofocar algún levantamiento que se produjo en aquel señorío que había heredado de su madre María. Dejó encargado a su comandante y tío, don Berenguer de Entenza, que guardase bien y fielmente los lugares conquistados y mantuviese el frente establecido en los terrenos ganados a los musulmanes, conforme a los pactos de paz establecidos. Pero no quiso permanecer quieto don Berenguer, sino que, como buen vasallo y deseoso de servir bien a su señor, inició hostilidades contra los sarracenos fronterizos para entregar a su rey otros muchos lugares a su vuelta de resolver los negocios de su gran y extenso reino.

De manera que decidió poner cerco al castillo de Chío que estaba entre las dos antiguas poblaciones de Luchente y Pinet, situadas a tres leguas de la ciudad de Játiva y otras tantas de la de Albaida, y así controlar los caminos que se dirigían a esa ciudad, junto a los de Alcoy y Denia. Por ser lugar clave de todos los lugares que había en aquel valle, las huestes cristianas, compuestas de doscientos veinticinco de a caballo y cerca de quinientos infantes, aragoneses y catalanes con nobles de Daroca, Calatayud y Teruel, se situaron en un áspero collado que llamaban Delguira (Monte Algira), y que después tornó el nombre a Puig del Codol, por una piedra grande que había en su cumbre que en valenciano se dice codol, donde más tarde se fundaría un monasterio de dominicos del Sagrado Orden de Predicadores, que recibió la designación de convento del Corpus Christi. En la actualidad conocido como Monte Santo por privilegio del Papa Clemente VII.

Desde ese collado de Puig del Codol comenzaron los cristianos las hostilidades y asalto del castillo de Chío por la parte que daba hacia la serranía de Benicadell. Aunque los cristianos no eran muchos, como se ha referido, los moros se vieron en gran peligro, por lo que decidieron pedir socorro como acostumbraban, con señales de humo desde las torres del castillo; en poco tiempo acudió el socorro muy grande y poderoso, como se menciona en los manuscritos, llegando hasta el valle de Albaida hasta veinte mil moros armados, quienes al ver que los cristianos no formaban un gran ejército, cercaron de inmediato el collado que habían tomado como real de la hueste cristiana. Los aragoneses eran pocos, pero muy aguerridos, de manera que don Berenguer llamó a capítulo a sus capitanes y nobles, y en consejo decidieron no defender el lugar, sino presentar batalla a tan numerosas fuerzas que tenían enfrente, dejando y confiando su destino a la voluntad de Dios.

Al día siguiente, sábado veintitrés de febrero, víspera de San Matías, al despuntar el alba, antes de dar batalla, don Berenguer de Entenza quiso celebrar una misa para agradecer la ayuda que confiaba que Dios le iba a prestar, así que ordenó al clérigo de Daroca que les acompañaba, mosén Mateo Martínez, cura de la iglesia de San Cristóbal en aquella ciudad, que oficiase una misa y diese comunión a quienes quisieran de sus capitanes. Mosén Mateo dispuso un mantel a modo de altar sobre la peña, donde colocó seis hostias, para comulgar el comandante y otros cinco de sus caballeros principales, que eran don Fernán Sánchez de Ayerve, don Pedro de Luna, don Pedro Ximénez Carroz, don Remón de Cardona y don Guillén de Aguilón. Mientras se iniciaba la misa, uno de los capitanes exhortó a los soldados que guardaban los pasos por donde los moros podían acceder más fácilmente a la peña, y les dijo que se encomendasen a la ayuda de Nuestra Señora, al tiempo que les indicaba que se pusieran en el brazo izquierdo un ramo de palma, que abundaba en aquel lugar, para conocerse fácilmente unos a otros en el fragor de la batalla.

Comenzó la misa. Después de consagrar el divino Sacramento, antes que los caballeros pudiesen comulgar, se produjo el asalto de los moros que intentaban subir al Codol; rápidamente acudieron los caballeros en auxilio de sus tropas y dejaron solo al clérigo. Mosén Mateo, asustado, tomó los corporales y envolvió en ellos las seis hostias que ya estaban consagradas; pensando qué hacer con ellas para que no cayeran en mano de los moros, decidió esconderlas entre unas matas de palmitos y se reunió con los otros clérigos que acompañaban a las tropas, todos de rodillas comenzaron a orar y rogar a Dios por los cristianos que corrían tan grave peligro. Los caballeros, ordenando sus huestes, estorbaban la ascensión al collado y herían a muchos musulmanes; a veces ganaban terreno, a veces retrocedían, durante las más de tres horas que duró la batalla; al final lograron reducirlos y salvar el real donde estaban emplazados, produciendo numerosas bajas al enemigo.

Cuando las tropas regresaron al Codol tras la victoria, mosén Mateo, conocido que el peligro se había alejado, corrió hacia las matas de palmito a recuperar los corporales y hostias consagradas que escondió allí para ponerlas a mejor recaudo. Cuando recuperó el sagrado envoltorio encontró que las hostias habían quedado pegadas al lienzo y aparecían manchas escarlatas del color de la sangre; tan pegadas quedaron que fue imposible despegarlas. El clérigo quedó maravillado y todo el ejército con él del milagro que había sucedido; lloraban y clamaban al Cielo por la presencia de Jesús entre ellos.

Con los ánimos en alza por la pequeña victoria del día anterior y la presencia de Dios entre ellos, recobraron nuevas fuerzas y enormes deseos de acabar de derrotar al enemigo, así que don Berenguer de Entenza mandó asaltar el castillo de Chío. Los moros cuando vieron que los cristianos les atacaban sin esperarlo, con ese brío que da el saber que Dios estaba con ellos, salieron huyendo. Don Berenguer dio orden de derrocar las murallas y quemar todas las casas, con gran victoria sobre los moros del lugar, reparto de despojos y banderas.

Pero todo el oro y bienes ganados a los moros en la victoria no se igualaban con la posesión de los Sagrados Corporales, todos querían para sí y para su ciudad llevar el cuerpo y la sangre de Cristo que había obrado tan gran milagro. Valencia los reclamaba, porque se había producido en su lugar, Teruel los quería por estar frontero con los enemigos, haber sufrido más daños, derramado más sangre y haber contenido a los moros sin que pasasen a otros lugares. Calatayud decía que había aportado más soldados a la batalla; Daroca también los reclamó porque fue mosén Mateo quien los custodió. Don Berenguer decidió que fuera la suerte o Dios quien eligiera el lugar donde se habían de guardar, así que echaron dados y por tres veces ganó Daroca. Pero ningún noble ni soldado se conformaba, y alegaron que fue la suerte de los dados y no Dios quien había decidido el destino.

Después de muchas sugerencias para resolver la cuestión, una fue aceptada por todos. Habían ganado entre los despojos una mula de los moros que nunca había pisado tierra cristiana, ni conocía lugar alguno de los que pretendían hacerse con los Sagrados Corporales, de manera que ataron sobre su lomo un cofre con las hostias en su interior y la dejaron a su libre albedrío para que Dios guiara su camino. La procesión comenzó su andadura: la mula delante, mosén Mateo con una cruz detrás e inmediatamente don Berenguer con los nobles de Daroca, Calatayud, Valencia y Teruel, y todas las huestes de soldados que les quisieron acompañar. Pasaron de largo Játiva. En La Puebla de Artiaza un endemoniado gritaba al paso de la mula: “Jesucristo, Hijo de Dios, ¿por qué antes del tiempo designado viniste a atormentarnos y perdernos? ¿No bastaba que la sangre derramada en la Cruz nos perdiera, quitándonos el mando, el principado y señorío, que cargaste sobre tus delicados hombros, sino que ahora de nuevo dispones atormentarnos con el infinito poder de esa visible Sangre del Creador?”

En los montes entre Jérica y Aragón se obró el segundo milagro de los Santos Corporales. Entre lo recóndito de los montes, dos ladrones han puesto un cuchillo sobre el cuello de un comerciante para robarle; el mercader presintiendo la presencia de Jesús y la procesión, solicita a los ladrones, como última voluntad, le permitan confesarse con el cura que viene en ella; los ladrones al alzar la vista y ver la gran comitiva acompañada de soldados huyen despavoridos, el mercader se acerca y se confiesa; al rato vuelven los ladrones y se entregan diciendo que han percibido suaves fragancias en el ambiente y luces brillantes alrededor del sol. Confesaron sus culpas, devolvieron el dinero sustraído y fueron dados por libres tras prometer que irían a un lugar desierto para hacer penitencia y expiar sus pecados.

La mula llegó a Teruel. Las gentes le ponían pienso y comida para que se detuviese en su ciudad, pero nada la hizo desistir del trazado que había elegido voluntariamente en su camino. Cada población que atravesaba era más numerosa la gente que salía al camino y se unía a la procesión, intrigados por el destino final que elegiría la mula. Por fin, al amanecer del 7 de marzo de aquel año de 1239, después de recorrer las más de cincuenta leguas que separaban a Luchente de Daroca, con todo el clero y la población a las puertas de la ciudad, la mula llega hasta allí, pero, ante la sorpresa de todos, rodea la muralla y continua por el camino de Calatayud. El desánimo y la tristeza embarga a todos por lo que creen perdido tan gran tesoro, pero, en ese mismo instante de pesadumbre, la mula gira sobre sus pasos y rápidamente se dirige al hospital de San Marcos de Daroca, después pasa junto al convento de la Santísima Trinidad y allí dobló las rodillas, cayó al suelo y murió desfallecida. Las Sagradas Formas se llevaron directamente a la iglesia de San Cristóbal, donde era cura mosén Matías, por ser él quien las había consagrado. Después de algunos días decidieron pasarlos a la Iglesia Mayor donde se guardan hasta ahora.

Dicen que Zeit Abuceit, el rey moro de Valencia destronado, fue hasta Montpellier para dar noticia al rey don Jaime de la conquista del castillo de Chío y el milagro de los Corporales. El magnánimo y justo rey, devolvió a los moros el castillo conquistado de Chío, pues se había ganado en contra de sus tratados de paz, castigó a los desobedientes y se trasladó con su séquito hasta Daroca, donde cayó de rodillas ante las Sagradas Formas.

Desde entonces, el Cabildo y concejo de la ciudad de Daroca acordaron fundar una capellanía para que todos los días del año se diera una misa del Santo Sacramento, y ordenaron que todos los siete de marzo se hiciese una solemne procesión con todo el regocijo, música y acompañamiento posible. Fue tanta la gente que acudía a la procesión de todos los lugares del reino que no cabían ya en el pueblo, así que decidieron hacer una torrecilla en el campo donde llevaban los Corporales en procesión, y un sacerdote se subía a ella para mostrarlos por las ventanas de la torre a todo el gentío que se concentraba en el campo.

Hasta Daroca llegaron doña Isabel y don Fernando, acompañados de los infantes, Isabel, Juan, Juana, María y Catalina para arrodillarse, rezar y pedir favores para el reino y sus personas ante los Corporales, el 25 de noviembre de 1495, acompañados de su corte, prelados y nobles, entre ellos el Gran Cardenal don Pedro González de Mendoza, arzobispo primado de Toledo, quien ofició misa y descubrió los corporales a los reyes, quienes quedaron maravillados del milagro. Los reyes concedieron un relicario de oro para guardarlos y, a cambio, el Cabildo regaló a los reyes la Santa Hijuela manchada de la misma sangre.

La Santa Hijuela del cáliz que quedó encima de las hostias consagradas, quedó impregnada de la sangre de Jesús y se conserva en el convento de Santa Cruz de Carboneras de Guadazaón, en el marquesado de Moya, Diócesis de Cuenca, que fue de frailes dominicos del Sagrado Orden de Predicadores. Allí la puso en guarda de los dominicos, doña Beatriz de Bobadilla, primera marquesa de Moya y camarera principal de la reina Isabel la Católica, a quien consideraba y trataba como hermana, quien había solicitado a la reina repetidas veces le concediese el gran honor de recibir la Santa Hijuela para llevar como reliquia a ese convento que había fundado junto con su marido don Andrés de Cabrera, maestre sala de los reyes; finalmente, la reina, en los últimos años de su reinado, cercana ya su muerte, la entregó a doña Beatriz.

Carboneras de Guadazaón celebra desde entonces cada segundo domingo del mes de mayo la Santa Hijuela, y este año ha sido especial ya que varios conventos de religiosos dominicos y religiosas dominicas se han recuperado de una destrucción segura, gracias al 800 aniversario de la muerte de Santo Domingo de Guzmán, junto con el Sagrado Orden de Predicadores.

Los conventos incluidos en la celebración han sido los de dominicos de Villaescusa de Haro, Huete y Carboneras de Guadazaón, junto con el convento de Villanueva de los Infantes, y los de dominicas de Villamayor de Santiago, Uclés y Belmonte. Todo bajo la dirección de don Benjamín Prieto, anterior presidente de la Diputación de Cuenca, alcaldes de los pueblos mencionados, Cayetano Solana, Fran Doménech, Carlos Arteche, y numerosos amigos, amantes de la historia y del patrimonio de Cuenca. 

Texto: Enrique Lillo Alarcón

Imagen: Santa Hijuela de Carboneras de Guadazaón

 


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