La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Las Comunidades. “La noche de San Lucas”. Cuenca, 18 de octubre de 1520 (II)

Historia


El nuevo teniente de corregidor había recibido instrucciones para contemporizar con los insurgentes, aparentando ser uno más de ellos, mientras don Rodrigo de Cárdenas planeaba el golpe definitivo que acabase con la Comunidad en Cuenca. En una ciudad pequeña donde todo el mundo se conocía y donde se vivía con tranquilidad y confianza a pesar de la vigilancia, ciertamente poco estricta, ejercida sobre los sospechosos, los comuneros juzgaban imposible que sus contrarios fueran capaces de urdir en secreto un plan que desbaratase su opción política. Se había impuesto desde el concejo la prohibición de portar armas por la calle. No obstante, concedieron algunas licencias para llevarlas a personas que consideraban leales, como por ejemplo a Alvar Ruiz, para sacar un arnés que Jorge Ruiz de Alarcón había prestado a don Alonso Carrillo de Mendoza. El tal Jorge Ruiz de Alarcón era nieto de Lope Ruiz de Alarcón quien, en unión del obispo Barrientos, librase a Cuenca en 1449 de ser tomada por Diego Hurtado de Mendoza al servicio de don Alonso de Aragón.

El control ejercido sobre los partidarios de don Carlos se fue debilitando, y a mediados de octubre de 1520 se daba autorización a los criados que vivían en casa de sus señores para servirlos y acompañarlos con sus armas sin que pudieran sufrir castigo ni pena alguna por tal circunstancia. Asimismo se relajó la vigilancia de las puertas de acceso a la ciudad, rebajando los guardias a la mitad con el pretexto de las penurias económicas que aquejaban a la población.

Los contrarios, más sagaces y a la chita callando, habían reunido en Palomera a unos setecientos hombres a cuyo frente se hallaba el comendador de Zalamea don Rodrigo Manrique en compañía de su primo hermano el canónigo don Diego Manrique. También se hallaban en dicho lugar, entre otros, Gómez Carrillo de Albornoz, el regidor del concejo Juan Rodríguez de Pisa, el prior de San Juan don Diego de Toledo junto con su capitán Fernando Pérez y un tal Tejeda, criado de don Luis Carrillo de Albornoz, circunstancia que hizo pensar en la traición de este último a pesar de haber sido en su casa donde se jurase la comunidad, amén de Juan Rodríguez de Pisa, del estado noble, y el canónigo Eustaquio Muñoz.

En Palomera, los conjurados planificaron un ataque por sorpresa y con nocturnidad para así eliminar a los cabecillas de la resistencia y tomar las riendas de la ciudad y su tierra. Hasta allí se había desplazado el licenciado Castillo la víspera del proyectado ataque para informar a sus conmilitones de quiénes, en la ciudad, permanecían a favor y quiénes en contra. Los “partidarios” de don Carlos lo eran si a cambio obtenían gajes y beneficios tales como hábitos de caballeros, encomiendas y ejecutorias de hidalguía para optar a cargos del concejo y verse libres del pago de impuestos. Sin embargo, Castillo no dio nombre alguno de los regidores, canónigos ni caballeros comprometidos con los imperialistas por si acaso fracasaba el golpe y era él quien pagase luego las consecuencias.

En las cercanías de Cuenca y en los caminos, de forma escalonada, habían puesto los conjurados patrullas armadas para impedir que ningún emisario comunero pudiese llegar a su destino para solicitar auxilio exterior. Y dentro contaban con un importante grupo de implicados que, según lo acordado, se encargarían de abrir las puertas a los atacantes.

En la noche de San Lucas, 18 de octubre de 1520, apenas asomaron los conjurados de Palomera, se dio la voz de alarma y los comuneros rechazaron con brío a los asaltantes, los cuales sufrieron bastantes bajas entre muertos y heridos, entre ellos los regidores Juan Ortega, Tristán de la Muela y Cristóbal Vaquero y también los canónigos Garci Sánchez y el anteriormente citado Eustaquio Muñoz, todos ellos con graves heridas. Un sobrino de Juan de Ortega, llamado Diego Fernández, resultó muerto. De igual modo se produjeron bajas en el bando defensivo.

Antes incluso de que los atacantes llegasen a las proximidades de Cuenca pudieron vislumbrar los resplandores de fogatas en distintos barrios. No se trataba de que sus correligionarios hubieran prendido fuego a las casas de los comuneros más significados, sino que había sido al revés: los de la Comunidad quemaban las viviendas de quienes sabían partidarios de Carlos I, dispuestos éstos a convertir, en la trágica noche de San Lucas, a Cuenca en una hoguera y acabar con al menos la mitad de la población. Los comuneros, sintiéndose vencedores, se habían propuesto incendiar las viviendas de los vencidos; pero Francisco de Calahorra y doña Isabel de Barrientos lograron apaciguar los ánimos vengativos de sus compañeros de bando, impidiendo que la venganza se completase. Los demás vencidos se vieron urgidos a emprender la huida hacia diferentes puntos diferentes y nunca a Palomera donde consideraron sumamente arriesgado refugiarse. 

Cuando los levantiscos que habían quedado en la ciudad supieron que habían sido descubiertos, emprendieron una precipitada huida; entre ellos el canónigo Juan del Pozo, quien un par de años después fundaría el convento de San Pablo y un decenio más tarde el puente del mismo nombre. El mencionado clérigo fue descubierto cuando escondía las armas que tenía preparadas así como otras pruebas de su complicidad con los enemigos de la Comunidad. Junto a él fueron asimismo sorprendidos otros dos canónigos: García Sánchez de Villarreal y el ya mencionado Eustasio Muñoz, que resultó herido de gravedad, a los cuales algunos exaltados intentaron quemarles sus casas, si bien no llegaron a hacerlo porque un mes antes  los comuneros habían acordado no molestar a los religiosos españoles.

Un mes más tarde, los partidarios de Carlos pidieron el levantamiento del destierro, en primer lugar del corregidor Rodrigo Manrique, en tanto otros solicitaron la devolución de las armas requisadas. Tras la toma de Tordesillas, a comienzos de diciembre del mismo 1520 y cuando la reina doña Juana dejó de reinar, las autoridades de Cuenca se fueron desentendiendo de la Comunidad y declararon que ellos no tenían las varas de justicia por la reina, sino que la tenían por sus majestades cuya cabeza visible era un religioso extranjero: Adriano de Utrecht.

He aquí la descripción que hace don Diego de Valera, escribano del concejo, en la carta que éste dirigió a la Junta, al obispo y al mismo regente (“Correspondencia de la ciudad de Cuenca con S.M. Archivo General de  Simancas”. Signatura:PTR,LEG,1,DOC.84):

Muy magníficos señores:

Conociendo el santo celo y propósito que a V.S. y Ayuntamiento, y viendo cómo lo efectúan mandando castigar reciamente los males y agravios que en estos reinos han sucedido y suceden, como de nuestros procuradores, señores largamente certificados y de vista lo vemos, os damos de hacer saber a V.S. lo que en esta ciudad ha sucedido. Y es que el día de San Lucas, que fuera dieciocho del presente, y a las dos horas después de medianoche, vino a esta ciudad Rodrigo Manrique, comendador de Zalamea, y con él un canónigo, Diego Manrique, y otros muchos vecinos de esta ciudad que, por su voluntad, fuera de ella con él se estaban con más de setecientos hombres de guerra, a pie y a caballo, con concierto y con algunos traidores clérigos y legos vecinos de esta ciudad. Tenían hecho que a aquella hora les darían la puerta y se juntarían con ellos para quemar y destruir esta ciudad y matar a muchos de los que en ella estaban, lo cual todo sucediera, según la hora a que vinieron y disposición de la ciudad, si Dios nuestro Señor por su clemencia y méritos de San Julián, nuestro patrono, no la guardara; los cuales, poniendo en efecto su mal propósito, llegaron a la puerta y con toda diligencia, siendo sentidos por la guardia y por gente de la ciudad que acudió a resistirlos, trabajaron la entrada peleando muy reciamente, la cual, por la voluntad de Dios, les fue defendida y les hicieron volver por donde vinieron.

Y os suplicamos que, pues esta ciudad y comunidad con entera lealtad siempre ha estado en servicio de sus majestades, y en el bien universal de estos reinos muy entera, le mande hacer muy cumplida justicia de los que, con traición, la quisieron destruir sin causa ni razón alguna. Y tenga V.S. por muy cierto que si su traición hubiera efecto, que fuera mayor el daño de esta ciudad que el que en Medina del Campo sucedió y por más entera hallaría. Tras esta nuestra carta enviaremos larga información de lo que en ella se contiene y pasó en verdad, y nuestros procuradores más particularmente informarán a V.S.

Suplicamos ellos sean oídos y sea dada entera cuenta a lo que dijeren y nosotros enviaremos. En todo sea hecha muy entera justicia a esta ciudad, como su antigua lealtad y fidelidad lo merecen.

Cuenca, 26 de octubre de 1520.

Por mandato de la ciudad de Cuenca y su capitán, y honrada comunidad.

Diego de Valera, escribano del concejo.

Imagen: Desarrollo de la batalla de Villalar (Óleo de Manuel Picolo, siglo XIX)

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