La Opinión de Cuenca

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Los peligros de la religión política

Opinión


Yahvé dijo a Moisés: “ Así dirás a los hijos de Israel (…) No os hagáis dioses de plata ni dioses de oro para ponerlos junto a mí”. (Éxodo 20: 1-6)

El recurso metafórico para referirse a la política como si de una religión se tratara es un instrumento académico fecundo para referirse a los regímenes totalitarios del S. XX y, por extensión, podría aplicarse a los populismos del S. XXI. Con la única intención de sugerirles que piensen en el asunto, me permito proponerles algunas consideraciones sobre los peligros que puede comportar elevar a la categoría de dogma algunas creencias políticas llevadas al extremo, incluso en los ámbitos más próximos.

Parece obvio que todas las religiones tienen como fundamento de su formulación la trascendencia de lo terrenal para encontrar razones que hagan merecedores a sus fieles de un más allá glorioso si se siguen los preceptos señalados, así como el castigo seguro para quienes no lo hagan. Pues bien, en esta era posmoderna, el laicismo militante tiene verdadera obsesión por crear espacios públicos sin Dios; lo cual no impide, más bien potencia, que se creen nuevos cultos y nuevos becerros de oro con los que se ofrece el mensaje de salvación gloriosa que antes quedaba recluido en la esfera religiosa.

En la tabla donde se fijan esos nuevos mandamientos de las religiones políticas aparecen grabadas a fuego y publicitadas ciertas palabras con las que se fija una especie de decálogo con el que se pretende ganar la legión de prosélitos suficientes que sustenten tales creencias o, al menos, a quienes las proponen:  Patria, Bandera, Unidad, Mercado libre sin restricciones, Ejército, Monarquía, Antieuropeísmo, Ortodoxia tradicional… que se podrían resumir en este único mandamiento:   “In interiore Hispaniae hábitat veritas”, recordando a Ganivet. Acaso podríamos llamar Españolismo a esta religión política. Frente a ella, estos otros mandamientos, mantras que dirían los budistas: Feminismo, Estado de bienestar, Ecologismo, Sostenibilidad, Nación de naciones, Pacifismo, Estado, República… que sus fieles resumen igualmente en un mandamiento que engloba todos los anteriores, se cumplan o no: Progresismo.

Y lo peor del caso es que los sacerdotes de una y otra ortodoxia, incluso los fieles más convencidos de sus creencias, no admiten términos medios para el ecumenismo y si alguien osa poner en duda la validez absoluta de alguno de esos mandamientos inmediatamente es tildado de anatema por los prosélitos de la otra religión, como en la Edad Media de las ideas.

No hará falta recordar los abusos que se han cometido en aras de tales ortodoxias pues están en la memoria de todos los que no quieran padecer amnesia voluntaria. Sin llegar a esos extremos de infame recuerdo, se toman algunas decisiones políticas apoyadas en los mandamientos de cada una de esas religiones que es más que dudoso que contribuyan al pretendido bien común ni a la salvación futura. Me referiré tan solo a algunas actuaciones que afectan a nuestra ciudad y que se sustentan en los mandamientos del Ecologismo y la Sostenibilidad: me refiero a la, al parecer, próxima implantación de una Zona de Bajas Emisiones (ZBE), así llamada dentro del Plan de choque de movilidad sostenible, segura y conectada en entornos urbanos y metropolitanos, vinculada seguro al PlanXCuenca, y que se ha visto enriquecida por el anuncio de nuevas peatonalizaciones. Supongo que todas estas acciones en aras de los mandamientos de referencia están motivadas por los enormes atascos que sufrimos todos los días, así como por la contaminación producida por las chimeneas que humean en nuestra intensa actividad fabril y para preservar espacios saludables y habitables; eso sí, como estamos muy desarrollados y somos muy contaminantes dotamos al Programa con 201.054, 60 euros, frente a los 5.091.647,92 euros de la empobrecida y necesitada de ayuda Albacete; además de sostenibles, hay que ser solidarios con los menos favorecidos. Me recuerda este empeño conservacionista aquel argumento de juventud con el que imputábamos al clero los torpedeos para impedir el progreso de Cuenca por querer elevarla a la categoría de Reserva Espiritual de España: nada de fábricas Cuétara, fuera la Cuberg, cierre de Travenol, fuera las canadienses por afectar a la buena moral… Pareciera que ahora nos quisiéramos convertir no en la reserva espiritual sino en la reserva ecológica de la tierra: no al transporte contaminante, no a las actividades productivas que alteran la calidad prístina del aire, no al ATC, no a los trazados de carretera que pueden alterar el entorno, no al tren convencional porque puede ser reclamo para la instalación de industrias contaminantes… Todo ello en aras de esa religión salvífica que nos promete una arcadia feliz: una ciudad sin coches y con bicicletas y monopatines que supongo tendrán que utilizar las mascotas cada vez más abundantes y los pocos sexagenarios que quedamos, pues no se ven muchos jóvenes ni se les espera dado el estado de postración al que estamos llegando.

La jerarquía parece ser consciente de este final de los tiempos que se nos avecina y está tomando abundantes medidas para la salvación; eso sí, con los límites que impone la curia y los mandamientos a los que se ha jurado fidelidad para no subvertir esa esperanza de progreso seguro como premio al buen comportamiento. En realidad, son los últimos sacramentos que se administran a una sociedad agonizante, parches, cuidados paliativos que solo sirven para alargar y edulcorar este Valle de lágrimas en el que estamos sumidos. Basta ya de resignarnos, otra vez, a ser reservas de ninguna clase. Necesitamos incorporarnos al progreso de verdad, que pasa por el progreso material de las personas, no con palabras sino con acciones que contribuyan a la riqueza material de los hipotéticos fieles de esta parroquia tan despoblada. Por supuesto, con el debido respeto a lo que tienen de sentido común los mandamientos referidos pero desterrando de los púlpitos a los falsos profetas que nos ofrecen esos becerros de oro que, en realidad, solo son de oro los altares sobre los que se sientan ellos mismos como profetas. En todo caso, siempre habrá que creer en esa tierra prometida para cuyo logro habrá que desterrar los caminos engañosos. En definitiva, estas religiones, como todas, no son de obligado cumplimiento. Que así sea.

Texto: Martín Muelas

Sección: Mirando a los clásicos

 
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