La Opinión de Cuenca

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El desastre de Annual (XI)

Historia


Sammar. Más indigna que la precedente fue la pérdida de esta posición. El fuerte no llegó a efectuar ningún disparo porque el teniente Marco, jefe de la tropa, se opuso a ello hasta tener a los moros muy cerca. Por otra parte, el teniente de policía trató de convencer al jefe de la posición de que la rendición era lo más conveniente, y que el primero mantenía sospechosas conferencias con el enemigo del exterior. Y, además, el médico apoyaba la idea del teniente de la policía. De estos policías, unos desertaron y otros hicieron armas contra los defensores. El teniente jefe, en vista de las circunstancias, se decidió a abandonar el fuerte y al hacerlo fueron atacados por los moros. El teniente de la policía y el médico lograron huir a caballo en tanto que el teniente jefe de la tropa murió junto con otros soldados y dispersándose los demás.

Las posiciones del Zoco de Telatza sufrieron la misma suerte que la de la cabecera. Las de Haf y Arreyen Lao fueron destruidas como también las de Tazarut-Uzai y Loma Redonda; Sidi Alí e Iben-Hidur trataron, según orden recibida, de incorporarse a la cabecera, siguiendo a la zona francesa, lo que sólo en parte lograron porque cuando iniciaron la evacuación fueron perseguidos por el enemigo, que les causó muchas bajas cuyos muertos y heridos, en buena parte, no pudieron recogerse. La posición de Gueruao fue rescatada mediante pago de 2.500 pesetas. De las de Teniat-el Amaro y Sidi Yagub, guarnecidas por la policía de la 6ª y 9ª mías respectivamente, sólo se llegó a saber que desertaron y se unieron a los rifeños. Por último, Alfsó no tenía más defensa que dos ingenieros telegrafistas, un cabo y cinco individuos de la Comisión de Límites, los cuales se dispersaron en su mayoría marchando a la zona francesa.

No obstante todo lo penoso anteriormente narrado, hubo una defensa digna y brillante del pozo número 5 de Tistutin. Dicho lugar estaba a kilómetro y medio de Tistutin y pertenecía a la circunscripción de Telatza. La posición estaba formada por un pequeño fortín de planta baja y azotea aspillerada, protegiendo el motor y bombas de un pozo de agua salobre en el que abrevaba el ganado. Su guarnición se componía de un cabo y tres ingenieros para el servicio de la maquinaria del pozo. El 19 de julio, el cabo de la compañía provisional del Regimiento de África fue destacado a ese fortín con otros dos soldados para refuerzo de aquél. El cabo ignoraba la llegada a Batel del general Navarro el día 23, y el 24 comunicó telefónicamente haber sido acometido, solicitando instrucciones. Se le previno que, para no complicar la situación, se continuara dando agua del pozo y que no se atacase sino en caso de agresión del enemigo al fortín al objeto de economizar munición. El 24 por la noche fueron atacados y del 25 al 27 cesaron las hostilidades. Ese día 27, el cabo vio salir al general Navarro para Tistutin. Refería el cabo que los niños moros iban por agua al pozo y les dejaba cargar. Que una noche sufrieron tiroteo al que respondieron con veinte disparos por plaza. No pudieron ser auxiliados ni recogidos cuando el general Navarro marchó a Monte Arruit, y desde el 28 de julio quedaron solos y aislados. Eran seis hombres con seis fusiles, ciento treinta cartuchos por fusil y un pedazo de pan, y a doce kilómetros del campamento más próximo. Enarbolaron una bandera improvisada, empleando para ello un pañuelo de percha con los colores nacionales.

Para comer, tuvieron que matar los animales domésticos que tenían. Uno de aquellos días se presentó un niño moro con una carta escrita en árabe cuyo contenido no supieron descifrar por desconocer el idioma. Pidieron a los nativos que se la tradujesen, y los jefes de la cabila se la enviaron traducida al día siguiente. En ella se les aconsejaba entregar los fusiles e irse a vivir con ellos o a Melilla, a lo que respondieron cerrando el fuerte y colocándose en sus puestos en la azotea.

Otro día vieron correr a un español perseguido por los moros para refugiarse en el fortín. Por medio de disparos consiguieron detener a los perseguidores y el hombre logró refugiarse en el fuerte. Se trataba de un soldado español del campamento de Tistutin.

Los moros saquearon el campamento donde había estado el general Navarro, y molestos al ver la bandera en el fuerte, comenzaron a atacarlo. Atrancaron la puerta y prepararon la defensa. Abrieron las latas de gasolina y las prepararon para rociarlas sobre los asaltantes con algodones encendidos, decididos a morir quemados, pero quemando al mismo tiempo al enemigo, manteniendo en alto la bandera que aquella noche no arriaron para que no creyeran los moros que estaban acobardados. Al final consiguieron rechazar al enemigo con el fuego de fusil.

Ante lo increíble de que solamente seis hombres se defendieran de tal modo, y tanto por esa lealtad como porque el calor comenzaba a ser insoportable para gente de las cabilas y de los ganados —el cabo de Ingenieros Lillo había desarmado el motor que elevaba el agua—, los defensores condenaban a muerte por sed como castigo a los moros. Éstos intentaron un último ataque-sorpresa, pero fueron descubiertos y rechazados. A los defensores les quedaban entonces seis cartuchos por cabeza y acordaron, como último recurso, incendiar el fuerte. Los moros, viendo que la vida para ellos resultaba inviable, propusieron la paz a cambio de agua y así se acordó, pero a condición de que no se escuchara un solo disparo, que les fuesen llevados víveres y que devolviesen al fuerte a los prisioneros cristianos que tuviesen en su poder. Así se cumplió todo y llevaron al fuerte al alférez Ruiz Tapiador y al artillero Manuel Silveiro así como las provisiones acordadas los días 3 y 4 de agosto de 1921.

En el día 5, y como sólo quedasen cinco litros de gasolina y se iban a ver obligados a no dar agua y faltar a lo acordado, decidieron someterse al criterio general de una de estas dos soluciones: continuar en el frente, resignándose a la muerte, a ser prisioneros de los moros o evacuar la posición con todos los elementos y con la esperanza de alcanzar la libertad. Se optó por la segunda solución, relevando todos los compañeros al cabo que hacía de jefe de toda responsabilidad, y como no contaban con munición, inutilizaron y enterraron los fusiles y desarmaron el motor del pozo, llevándose el magneto y las bujías. Por la noche salieron hacia la llanura.

Al amanecer encontraron a dos moros, uno de los cuales les amenazó con un fusil; pero el cabo Arenzana aprovechó un descuido, le quitó el fusil al moro y lo mató, y a continuación apuñaló al otro rifeño, matándolo también. Finalmente alcanzaron la zona francesa.

Como aquellos valientes dieron una lección de dignidad y de honor militar, merecieron que sus nombres se consignasen por haber sobresalido entre tantas posiciones que se perdieron de forma tan lamentable:

Defensores del Regimiento de Infantería de África:

  • Cabo Jesús Arenzana
  • Soldado Virgilio Rodríguez
  • Soldado Rafael Sordo

Defensores del Regimiento de Ingenieros:

  • Cabo Rafael Lillo
  • Soldado Emilio Muniesa
  • Soldado Jesús Martínez

(Continuará...)

Foto: Los generales Silvestre (en el centro, antes de su muerte) y Navarro, de Revista “La Esfera”.
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