La Opinión de Cuenca

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El desastre de Annual XIII

Historia


Una vez evacuada la población y reunidas las escasas fuerzas disponibles, se comenzó a organizar la defensa y elegir el sitio más propicio para hacerse fuertes, decantándose por la fábrica de harinas, donde se reunirían todos. Entre esas fuerzas se encontraba una compañía de la Guardia Civil mandada por su capitán, auxiliado por el teniente don Valero Pérez Ondategui, perteneciente a la comandancia de Marruecos. Los guardias se significaron y pusieron en la heroica defensa de la posición el timbre de honor y gloria. 

A Melilla se mandaron la enfermería, cuarenta cajas de munición, casi ciento treinta fusiles y la bandera de la brigada. Se prendió fuego al barracón donde estaba el resto del armamento y municiones, toda vez que se consideró que ya no quedaba tiempo de su traslado a la fábrica de harinas. Luego se vio que se había prendido el fuego con demasiada precipitación, porque las municiones del barracón comenzaron a explotar y los moros lo interpretaron como el momento oportuno para iniciar el ataque, y que de haber pospuesto el incendio hubiera podido evitarse el saqueo de Nador aquel día 24 y tal vez salvarlo si hubiera llegado a tiempo el harka amiga de Frajana. Así, los defensores habían quedado sitiados en la fábrica.

El mismo día, un soldado se ofreció voluntario para llegar a Melilla a nado por Mar Chica y entregar una carta que escribió el teniente coronel Pardo al coronel de Estado Mayor, exponiéndole la situación casi desesperada de la defensa por el decaimiento del ánimo y la salud de la tropa, indicándole ser “caso de conciencia” proporcionar los medios de evacuarla y la posibilidad de llevar a cabo la escapada por el muelle de Mar Chica. Nunca se supo si aquella carta llegó a su destino.

El día 26, los defensores pudieron ponerse en contacto a través del heliógrafo, aunque con muchas dificultades y lagunas en el contenido de la transmisión, con el Atalayón y Sidi Hamed el Hach, En ese día se recibió un despacho del general Sanjurjo transmitiendo el aviso del alto comisario de que “espero no tardar dos días en ir y conviene resistan”. En otro despacho se les anunciaba la posibilidad de que con moros amigos se intentase llevarles rancho en frío, pero todo fueron palabras y más palabras. Nada se materializó y el ánimo de la tropa, ya muy decaído, acabó por venirse abajo. 

El 1 de agosto se les indicó que resistiesen y no evacuasen la posición porque recibirían indicaciones de cómo llevarla a cabo, pero que deberían aguantar seis o siete días más, que era lo que calculaba el alto comisario que podía tardar en moverse hacia Nador. Mientras tanto, el asedio se acentuaba. El enemigo redoblaba los ataques e intentó en días sucesivos prenderle fuego al edificio con haces y sacos de paja impregnados de petróleo. Lanzaba bombas y granadas de mano, abría brechas por medio de explosiones con dinamita, sostenía el fuego de fusilería y hacía disparos de cañón, sin resultado el día 29 de julio pero con eficacia el 31.

Faltaban municiones y medicamentos debido a las prisas por refugiarse en la fábrica de harinas. Víveres solamente quedaba harina de trigo y cebada. Por haberse roto la tubería que conducía el agua el día 27, comprobaron que sólo tenían agua salobre. Las bajas sufridas y la pérdida de la esperanza en ser auxiliados hicieron que las desoídas propuestas de rendición efectuadas por el enemigo en los días 26 y 31 de julio y 1 de agosto fueran, al fin, tomadas en consideración, pues la oferta era que dejarían salir a la guarnición si entregaban armas y municiones y demás efectos que guardasen en la fábrica, comprometiéndose el enemigo a transportarlos en barcas hasta el Atalayón. El teniente coronel puso un telegrama al alto comisario solicitando que la lancha “Cartagenera”, remolcando barcazas, fuese por Mar Chica sin peligro, de acuerdo con los jefes de las cabilas que querían salvarlos.

El día 2 de agosto, a las nueve de la mañana, se presentó otro moro diciendo que los jefes mantenían su oferta siempre que la posición se evacuara antes de la una. El teniente coronel convocó una reunión de urgencia de jefes y oficiales para exponerles la situación y consultar con ellos acerca de las proposiciones de los moros. Todos se mostraron conformes con que  ya resultaba imposible la defensa y, considerando que se había dejado a salvo el honor militar y resultar baldío el sacrificio de más vidas de militares y paisanos, creyeron aceptables las condiciones impuestas por los rifeños, votando la mayoría por la evacuación según la propuesta efectuada.

Consecuentemente, el comandante Almeyda salió a parlamentar con el mizzián  para ultimar las negociaciones. Se dio aviso a los sitiadores, se ordenó la reunión de todo el armamento y municiones, haciendo entrega de ciento cincuenta fusiles, de ellos sesenta inutilizados, y de unos tres mil cartuchos. Se dispusieron los medios de conducción de heridos y enfermos, y salió la guarnición con banderas blancas, acompañada de los jefes moros. Llegaron al Atalayón a la una de la tarde.

En esta ocasión y al contrario de lo que iba a ocurrir unos días más tarde en Monte Arruit, los rifeños respetaron lo pactado en la capitulación y no perpetraron ningún exceso contra los vencidos. Cuando abandonaron la casi derruida fábrica de harinas, fue formada una columna con los supervivientes, los cuales, enarbolando en primera línea una bandera blanca, encaminaron sus pasos hacia Melilla.

Ningún guardia civil murió en esta acción. Y como anécdota hay que decir que, una vez entregadas sus armas largas y formar junto al resto de la tropa, pudieron conservar sus pistolas por formar parte de su uniformidad; el jefe de los rifeños quiso distinguirlos de esa manera en muestra de la consideración y el respeto a que aquellos bravos combatientes se habían hecho acreedores.

Continuará...

Imagen: Fábrica de harinas de Nador


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