La Opinión de Cuenca

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En un país multicolor... nació una abeja bajo el sol

Opinión


Desde tiempos inmemorables se ha vaticinado el fin del mundo. Ya Nostradamus (Michel De Notre-Dame), boticario francés, en su libro “Las Profecías” ejercía de adivino como segunda profesión. Dejó escritas nada menos que 6.338 profecías, todas en un lenguaje muy ambiguo e intencionadamente abierto. Que si un asteroide chocará contra el planeta Tierra, que si un diluvio anegará la superficie terrestre, que si la luz del Sol se apagará algún día o que si una pandemia mundial acabará con la especie humana. 

Las interpretaciones de los escritos de Michel, aseguran que sus aciertos se han ido cumpliendo tal y como los describió. Por ejemplo, frases como las que aquí transcribo: “Pocos jóvenes: medio muertos para empezar/ Padres y madres muertos de infinitos dolores / Mujeres de luto, la pestilente monstruosa: / El Grande no será más, todo el mundo se acabará”, son descripciones de Nostradamus que habría dedicado a 2021 según portales como Yearly-Horoscope. Los más imaginativos han visto en estas palabras el augurio de un apocalipsis zombie, mientras otros, interpretan que se refiere al coronavirus. Así, tal y como relata, entre paréntesis, muchos dilucidan: "Y en el año de los gemelos (léase 2020) / Surgirá una reina (Corona) / Desde el oriente (China) / Que extenderá su plaga (virus) / De los seres de la noche (Murciélagos) / A la Tierra de las siete colinas (Italia) / Transformando en polvo (matando) / a los Hombres del crepúsculo (ancianos) / Para culminar en la sombra de la ruindad (hundimiento total de la economía)”.

Sin embargo, yo tengo mi particular forma de explicar el fin del mundo, el cual creo que un día llegará, y no me considero ninguna vidente alocada sino, más bien una científica con un grado de curiosidad, que indaga precisamente en la explicación más lógica de las cosas. Quizás, no haga falta formarnos una idea tan catastrófica del fin de la existencia. Tal vez, será algo mucho más natural, simple y racional que todo lo anteriormente expuesto por estudiosos expertos del universo, videntes o filósofos extravagantes. No hace falta que los alienígenas nos invadan, ni que el agua oculte la tierra, ni que el Sol apague sus rayos de luz. El fin de la vida humana y la vida, en general, llegará cuando no exista ningún ejemplar de Apis mellifera.

Los antófilos, estos pequeños y olvidados insectos, o abejas, controlan el funcionamiento del mundo. Habitan en todos los continentes de la Tierra excepto en la Antártida, y se trata de uno de los insectos más antiguos, del que se sabe, puebla nuestro planeta desde hace más de de 30 millones de años. Se conocen más de 20.000 subespecies distintas de abeja divididas en 7 familias reconocidas. 

Las abejas son las encargadas de realizar un proceso conocido como polinización, función esencial para el equilibrio de la naturaleza,  ya que contribuyen activamente a la supervivencia de las plantas que se reproducen gracias al transporte de polen que llevan a cabo estos pequeños animales al alimentarse del néctar de las flores. Muchas de estas plantas las usamos los seres humanos para producir algunos de nuestros alimentos. Sin estos pequeños seres voladores, que no miden más de 1,5 centímetros, pero son auténticamente prescindibles para la vida en la Tierra, no habría plantas, sin plantas no habría agua, sin agua no habría tierra, sin todo esto no habría, animales, sin animales no habría vida…

Finalmente, habría un planeta, si, pero sensu stricto, un planeta de minerales, moléculas inorgánicas, elementos químicos sin un orden aleatorio, átomos dispersos, es decir, sin vida. 

Actualmente, las abejas, son una especie protegida. Cualquiera, podemos ser multados si nos deshacemos de un panal o extorsionamos su proliferación. De hecho, estamos obligados a llamar a los bomberos o a tu ayuntamiento, para comunicar el descubrimiento de determinado lugar en el que habiten. Un especialista, se encargará, si se han colado en el quicio de tu ventana, de rescatar a la reina, la cual una vez sacada de la estructura de celdillas, será seguida por su séquito de zánganos y obreras.

Texto: María Lago

Sección: El Microscopio

 
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