La Opinión de Cuenca

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¿Menosprecio de corte y alabanza de aldea?

Opinión


(...)“ Es privilegio de aldea que no tengan allí los hombres mucha soledad ni enojosa importunidad, del que no gozan los que andan en la corte y viven en los pueblos grandes, a do cada día les faltan los dineros y les sobran los cuidados.(...) En lugar de estos cuidados, tiene el aldeano otros pasatiempos, es a saber, oír balar las ovejas, mugir las vacas, cantar los pájaros, graznar los ánsares, gruñir los cochinos, relinchar las yeguas, bramar los toros, correr los becerrillos, saltar los corderos, empinarse los cabritillos, cacarear las gallinas, encrestarse los gallos, hacer la rueda los pavos, mamar las terneras, abatirse los milanos, apedrearse los muchachos, hacer puchericos los niños y pedir blancas los nietos. Es privilegio de aldea que allí sean los hombres más virtuosos y menos viciosos, lo cual no es así en las grandes repúblicas, a do ay mil que os estorben el bien y cien mil que os inciten al mal”.(...)

 Pertenece este fragmento al libro de Fray Antonio de Guevara así titulado- salvo en las interrogaciones que me he permitido añadir por las razones que luego se verán- y publicado en 1539. Es uno de los libros más influyentes de la época, hasta el punto de convertirse en un auténtico “best-seler” europeo que fue utilizado como pretexto propagandístico de Carlos V para erigirse en el “Pastor bonus” de la mítica Edad de Oro que pretendía recuperar; la orden franciscana había de jugar un papel central en esta pretensión. Como ya les he avisado otras veces, no se me asusten con esta larga cita y digresión inicial pues no se trata de glosar la obra de este fraile-obispo, si bien pueden disfrutar de su lectura al ser de acceso libre en internet. No obstante, he querido recuperar la actualidad de este clásico para comentar algunos aspectos de este que fue tópico literario heredado de Virgilio y que ha recobrado actualidad en la España del siglo XXI.

No parece descabellado aventurar que el desarrollismo tardofranquista quiso darle la vuelta al clásico y apostar para ese desarrollismo por una alabanza de ciudad y un desprecio de aldea; lo cual, unido a otras razones que no vienen al caso, traería consigo un descrédito de lo rural en favor de la cultura y la sociedad urbanita que nos llevaría a esta situación que se ha dado en llamar España vacía, España vaciada y a la que yo prefiero llamar España desaprovechada, con matices de significado que tampoco procede explicitar aquí. Sucede, en cualquier caso, que se están tomando iniciativas mil para revertir esta situación y que por los logros conseguidos no se termina de dar con la tecla adecuada; es decir, no acierta la mano con la herida para evocar a Machado.

En este mundo globalizado, aunque no siempre por suerte en algunas zonas rurales, cualquier intento para aprovechar esa España de baja densidad demográfica tiene que pasar necesariamente porque se logre el nivel de servicios básicos y estructurales propios de una sociedad que se llama moderna. De ahí se tendría que partir, aunque no será suficiente si no es que lo único que se pretende es urbanizar la aldea- como a veces parece-, pues sería hacer un pan como unas hostias. Intento explicarme; aunque esa España desaprovechada es muy diversa, los intentos que conozco para recuperarla pasan casi todos por llenarla, con subvenciones, de casas rurales a cual más suntuosa y gestionadas por lo general por personas o agencias urbanitas, actividades en la naturaleza con los mismos gestores o manifestaciones culturales y folclóricas llevadas a escena no siempre con arraigo sobre el terreno, macroproyectos con no se sabe qué fundamento y desvinculados del entorno humano donde se quieren localizar... Esfuerzos todos ellos muy loables y que las instituciones deben potenciar pero que insisto de nuevo no pueden tener como fin urbanizar la aldea, con unas consecuencias nefastas tal y como viene sucediendo con frecuencia: visitantes o retornados que protestan por el canto del gallo al amanecer, que piden silenciar las campanas, que aparcan en cualquier sitio, que no respetan la propiedad privada que no esté vallada, que no respetan las sagradas horas de la siesta, o que protestan por cualquier incidencia mínima y puntual en la prestación de algún servicio.

Si esos fueran los peajes que hubiera que pagar para llenar esa España vaciada, acaso sería mejor reclamar aquello de Virgencita, Virgencita que me quede como estoy. No se trata de reivindicar para la aldea el concepto de Arcadia feliz, pues en ese medio también se cuecen habas que no siempre son debidas a deficiencias materiales y humanas; antes al contrario, la abundancia de unas y otras son el origen de no pocos conflictos en esos entornos rurales desnaturalizados.

España vacía, España vaciada, España desaprovechada son términos que han calado en el subconsciente colectivo a través de unos machacones mensajes que, por lo general, se proclaman desde la cómoda situación de urbanitas que pretenden trasladar a la aldea modelos de vida propios de la ciudad olvidando con demasiada frecuencia a los aldeanos. Y es que, a mi modo de ver, el buen gobierno de esta tensión entre corte y aldea, sea esta vaciada o no, pasa necesariamente por las inversiones públicas que permitan la modernidad material; pero pasaría, sobre todo, por poner en valor y publicitar los valores propios de la sociología y antropología de los aldeanos, que los hay, y que no deben ser colonizados ni sustituidos por aquellos de quienes desde la ciudad solo les interesa el medio externo de lo rural . Y ese medio externo constituye un ecosistema de integración con el capital humano que, de romperse, podría suponer la destrucción de ambos para dar origen acaso a la que podríamos llamar España desnaturalizada.

P.S. Desde luego, debieran quedar censurados todos aquellos mensajes e imágenes negativas de lo aldeano a cuya especie, si la hubiera, me siento muy orgulloso de pertenecer. Así veo el asunto como tal y ¡ buenos días!, como nos saludamos cada mañana por estos lugares.

Texto: Martín Muelas

Sección: Mirando a los clásicos

 
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