La Opinión de Cuenca

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Nos han copiado, San Nicolás era de Almonacid

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En un lugar de la baja Austria de cuyo nombre si puedo y quiero acordarme, corría el mes de diciembre del año 2004, cuando una pareja daba un paseo un sábado por la calle principal del pueblo en una tarde gélida y plomiza.

A pesar del tiempo y que de las gentes de aquellos lugares no son tan propicias a salir a la calle como los españoles, había cierto ambientillo de gente joven y mayor con críos, como esperando que algo pasara. En un momento dado los que estaban en la calle se pusieron nerviosos y comenzaron a andar deprisa hacia el extremo contrario de la calle. Casi al mismo tiempo comenzó a oírse un estruendo, un estruendo que no me era ajeno, algo conocido,…, brum, brum, brum,…, y cada vez estaba más cerca, se iba acercando. Por fin caí y pude reconocer aquel ruido, “¡Son cencerros!”

Casi sin poder decir amén, aparecieron en la calle unos seres con pieles de cabra, caras burlonas, cuernos de cabra y cencerros a la espalda de tamaño familiar. Llevaban varas finas de avellano en las manos, y tenían cierto aire marcial al entrar en la calle. Pero a la señal de uno que parecía el más feo y fiero de ellos, se desato el caos. Cada uno de aquellos seres salió en una dirección distinta, blandiendo la vara en alto, y comenzando a perseguir primero a los novios de las mozas, y después a ellas, para regalarles a todos un poco de jarabe de vara de avellano. Si la víctima se resistía o era conocida por el cortejo de seres diabólicos, recibía ración doble de vara sin coste alguno, si no fuera por el aspecto diabólico aquello parecía una concentración de seguidores del “Tio la Vara”.

Exactamente la palabra clave, es “diabólico”, aquellos que llevaban esas pintas eran los diablos. Diablos salidos de los bosques y que estaban desbocados. Camparían a sus anchas por el pueblo hasta que alguien los llamara al orden. Evidentemente para poner en orden a los diablos, tiene que ser alguien de carácter divino. Pero de momento hasta que ese personaje divino llegara aquello era un ir y venir de diablos, mozos, mozas, chasquidos de vara y quejidos.

Tanto es el desmadre al que se puede llegar que se hace obligatorio inscribirse en la comisaría de policía para salir haciendo de “Krampus” que así llaman por aquellos lares a esos diablos. Imagínense que como no hay una cabeza buena, salir a la calle sin mostrar tu cara de verdad con licencia para varear a la gente y algunos jóvenes bajo los efectos del alcohol.

Quien pondrá paz a tanto desmán de los Krampus será San Nicolás. San Nicolás llegara el 6 de Diciembre, y en ese momento las cabras locas de los Krampus se volverán cabritos mansos. San Nicolás, obispo de Mira, y que dio con sus santos huesos en Bari, aparece con los atributos de su poder, báculo, mitra y cruz pectoral. San Nicolás recorre los colegios y asilos de mayores, así como casas particulares ese 6 de Diciembre regalando presentes sobre todo a los niños. Los niños que suelen tener una mala tarde durante todo el año, ese día les cambia la cara cuando San Nicolás les pregunta teniendo a un Krampus a su derecha y otro a la izquierda si va a ser bueno durante el resto del año. Es como una escena del Padrino, donde Don Corleone dice  que le hará una oferta que no pueda rechazar.

Cuando ví todo aquello por primera vez, lo primero que se me paso por la cabeza, es que los diablos de Almonacid del Marquesado habían venido hace siglos a poner una pica en Austria y trajeron esta tradición. Si, las fechas difieren en Almonacid a la salida del invierno, en días crecientes, pero la estructura, la presencia de los diablos y el poder del Santo Obispo son idénticas.

Un nacionalista hubiera dicho que los Krampus eran una copia burda de la fiesta tan particular de la Endiablada de Almonacid del Marquesado, e incluso lo mismo intenta demandar ante algún tribunal a San Nicolás y los Krampus por plagio. Hasta ese punto llega el ridículo del nacionalismo que para afirmarse tiene que negar al otro. Por que no se engañen el nacionalismo siempre es excluyente, y como diría mi abuela “para dejar al otro ciego me quedo yo tuerto”.

Desgraciadamente esa forma de actuar está cada vez más presente en la vida pública donde para ensalzar a algo o alguien, se rebaja y denigra a otros.

La gente normal, a los que no nos ha picado el veneno del nacionalismo, disfrutamos con ambas fiestas, sin buscar tres pies al gato, echando unas frescas en uno y otro lado, y dando por supuesto que la posible semejanza entre fiestas que distan 2000km es un origen común posiblemente celta que se pierde en la noche de los tiempos

¡Viva San Nicolás, Viva San Blas!

¡Que San Nicolás y San Blas nos protejan de todo mal y  los diablos!

Texto: José Carlos Martínez Ávila

Sección: El último mohicano

Imagen: “Krampus” o diablos austriacos.

 

 
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