La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Notas relativas a la Guerra de la Independencia en Cuenca y provincia

Historia


“Las tropas del general San Martín atacan a los enemigos en Huete, obligándoles a retirarse a Tarancón.”
Archivo Histórico Nacional
Signatura. DIVERSOS-COLECCIONES,95,N.44

Excmo. Sr.:
Habiendo tenido noticia el día siete del corriente mes de que una división enemiga se había situado en la ciudad de Huete y estaba haciendo exacciones y vejaciones de todo género en dicha ciudad y pueblos inmediatos, me propuse liberarlos de ellas. Y a este fin salí de Cuenca con parte de las tropas de mi mando con toda la rapidez y precauciones necesarias para lograr un golpe de sorpresa.

En efecto, conseguí llegar hasta las inmediaciones de dicha ciudad sin que el enemigo tuviese noticia alguna de mi marcha; pero ya muy cerca de ella y cuando se iban a ejecutar mis órdenes, reducidas a que la fuerza de mi mando dividida en dos columnas atacase, alcanzó a vernos una descubierta enemiga que corrió a la ciudad sin que hubiese podido ser cortada; y dando aviso a los enemigos, que estaban formados en la Plaza al toque de diana, tomaron con toda celeridad el Camino de Tarancón, dejándose en la ciudad (Huete) las ollas de campaña con el rancho puesto y algunos caballos y equipajes de que se apoderaron mis soldados.

Viendo frustradas mis esperanzas de sorprenderlos, traté de picarlos en su retirada y a ese efecto entré en la ciudad, siguiéndoles con la poca caballería de mi División y las guerrillas de infantería que venían adelantadas. Los enemigos trataron al principio de hacerse fuerte en una altura, pero la abandonaron al ver el movimiento que yo mandé hacer a la caballería para embeberlos por su espalda, mientras daba lugar a que llegase mi infantería a atacarlos en su posición. Los enemigos no dieron lugar a esto y siguieron a Tarancón con una celeridad increíble. Mi infantería, todavía algún tanto distante y fatigada de una penosa marcha de toda la noche, no pudo alcanzarlos a pesar de que caminaba con mucha viveza, animada del deseo de llegar a las manos con el enemigo. Me hube, pues, de limitar a perseguirle con la caballería y cien hombres de guerrilla de infantería, haciéndoles fuego por mor de dos leguas, del que, según las noticias que he recibido, sufrieron treinta y cinco muertos y más de cincuenta heridos. De nuestra parte no hubo más desgracias que la del subteniente de los escuadrones de Cuenca don Sebastián Cuenca, que ha fallecido de resultas de la herida grave que recibió, y tres soldados y otros tantos caballos ligeramente heridos.

Las tropas que se batieron se portaron con mucha bizarría y las que no pudieron llegar hicieron por hallarse en el combate más de lo que pudiera esperarse.

Después de dar un corto descanso a la tropa, marchaba con dirección a Villarejo de Fuentes a atacar otra división enemiga que había allí, pero con noticia que tuvo del suceso de Huete se retiró precipitadamente a Tarancón, donde se hallan fortificados en un convento y con cinco piezas de artillería. El general D’Armagnac, que se llama gobernador de esta provincia de Cuenca y el prefecto de la misma, D. Luis Saiz, sin atreverse ahora a entrar en sus distritos, pues Tarancón es de la provincia de Toledo.

Tengo el honor de asegurar a V.E. que esta División ha manifestado en los diversos encuentros que ha tenido con el enemigo, que se observa en toda su conducta una disciplina, subordinación y entusiasmo patriótico, que hace esperar que un día sea benemérita a la Patria en grado continente.

Dios guarde a V.E. ms. as.
Palomares, doce de marzo de 1811.
José Martínez San Martín.
Excmo. Sr. Jefe del Estado Mayor General.

“Carta del ministerio de Gracia y Justicia al obispo de Cuenca”
Archivo Histórico Nacional
Signatura: Sección CONSEJOS,17791,29

Durísima carta del 8 de julio de 1808 dirigida al obispo de Cuenca don Ramón Falcón y Salcedo por don Sebastián Piñuela Alonso, a la sazón secretario de Gracia y Justicia nombrado por Fernando VII, reprendiendo su conducta porque, debiendo ejercer su ministerio en la persuasión por la tranquilidad y obediencia en sus feligreses, había fomentado la rebelión.

El obispo don Ramón Falcón, a partir del 3 de julio, fecha en que dieron comienzo una serie de crueldades y desmanes llevados a cabo en la ciudad y en el tribunal de la Inquisición, se alineó claramente con los que se habían levantado contra las tropas invasoras francesas. La carta nos da idea de la traición perpetrada por Fernando VII y sus servidores por la entrega de España a Napoleón, así como la justificación de los crímenes y delitos de las tropas napoleónicas. La misiva rezaba así:

Con esta fecha digo al obispo de Cuenca lo siguiente:

Cuando el espíritu de mansedumbre y de paz debiera ser la regla de la conducta de V. I., y cuando siguiendo el ejemplo de Jesucristo debiera V. I. agotar todos sus recursos para conservar en el rebaño que se le ha confiado la tranquilidad, buen orden y respeto a las autoridades legítimas, ha llegado a entender el señor lugarteniente general del reino que, lejos de guiarse V. I. por estos saludables principios, ha distraído de ellos a sus ovejas y feligreses, imbuyéndoles máximas perniciosas para separarlos del camino que debieran seguir; y ha llevado su ánimo inquieto hasta el punto de esparcir sumas destinadas por los cánones a más piadosos fines para causar en su diócesis una rebelión cuyas consecuencias han sido derramar la sangre inocente de una porción del rebaño de V. I. fascinada por su mismo pastor; de cuyo exceso es V. I. responsable a Dios y a las leyes, siendo cierto.

La ciudad de Cuenca, que había recibido a la división del señor general Moncey con todas las muestras de verdadera amistad y hospitalidad, que conservó hasta su salida, se alborotó después de ella por las instigaciones de V. I. que, engañando y seduciendo a una porción de incautos individuos, los precipitó hasta ser víctima de las armas del señor general Caulaincourt, que, a su pesar, tuvo que valerse de ellas para disipar sus cuadrillas y poner a cubierto de su saña a los fieles y leales vasallos, restableciendo el orden y sosiego públicos.

En vista de todo, han resuelto el señor lugarteniente general del Reino y la Junta Suprema de Gobierno que V. I. venga inmediatamente a esta corte y se presente al gobernador interino del Consejo para sincerarse si, por fortuna, fuesen falsas las noticias recibidas sobre el manejo de V. I. y recibir, en caso contrario, las benignas y saludables instrucciones, que deberán servir a V. I. de una regla infalible y constante para llenar debidamente las obligaciones de vasallo y de prelado. 

Lo que participo a V. I. de Real orden para su inteligencia, y pronto y puntual cumplimiento.

De la misma Real orden lo traslado a V. I. para su inteligencia. Dios guarde a V. I. muchos años.

Palacio, 8 de julio de 1808. – Sebastián Piñuela.

 
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