La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Notas relativas a la Guerra de la Independencia en Cuenca y provincia (II)

Historia


Tras las sucesivas entradas de la soldadesca napoleónica en la ciudad de Cuenca, siempre acompañadas de saqueos y violencias de todo tipo, Bassecourt cambió de estrategia y, aunque la, llamémosle victoria, no vino esencialmente por  hechos de armas, sí llegó por una estrategia no empleada hasta entonces: abandonar la ciudad todos sus habitantes con tiempo suficiente antes de la entrada del enemigo, llevándose consigo ganados y vituallas, y dejar Cuenca prácticamente vacía, mediante un plan de observación sagazmente trazado por este comandante general de la provincia. 

Esto es lo que refería “La Gaceta del Gobierno de México” en junio de 1810:

Valencia, 23 de junio de 1810:

Son muy recomendables las acciones del señor comandante general de la provincia de Cuenca don Luis Alexandro Bassecourt, en las que, desplegando su valor militar, ha manifestado con energía aquella prudencia que es propia de un noble y valiente guerrero. Muy distante su corazón de una temeridad seductiva y peligrosa, ha sabido sostener con valor los puntos en que ha sido atacado, inspirando a sus tropas el entusiasmo más activo que supo imponer respeto al furor de los vándalos, siendo aún más recomendable su prudencia militar en las sabias retiradas cuando lo ha exigido la ocasión, dejando burladas las suspicaces miras del enemigo. Tal es sin duda el carácter de la siguiente que consta en el parte dado por el mismo comandante general al Excmo. señor capitán general del reino de Valencia:

Excmo. Sr.: Por desgracia, se verificaron los prudentes recelos que anunció a V. E. en mi oficio del 16 del presente, pues a las pocas horas de haberlo escrito recibí partes de mis avanzadas avisándome que los enemigos adelantaban sobre Cuenca por el camino Real de Madrid con la fuerza reunida  de ochocientos a mil caballos, de dos mil a tres mil infantes y cuatro cañones; y que se iban replegando mis partidas de descubierta sin dejárseles acercar por marchar los enemigos reunidos en una gran masa.

Repetidos estos avisos verbalmente cada momento, y hallándose ya los franceses dominando los puentes Palmero y Fernández sobre el Júcar, recelé justamente que tratarían de ocuparlos, en cuyo caso quedaría cortada mi retirada por el camino de Almodóvar del Pinar, por el que marchaba mi infantería desde la madrugada. 

Aun en esta situación permanecí en la capital todo el tiempo necesario para hacer salir a los enfermos del hospital, entre ellos los prisioneros heridos, dar mis instrucciones al teniente coronel comandante de los húsares de Daroca don Joaquín Navarro, que mandaba toda la caballería, y al coronel don Juan Martín (Empecinado) para que avisase a su tropa que se hallaba en Peralejos expuesta a ser cortada. Cuidé también en aquella situación crítica de concluir la saca de efectos militares y de Real hacienda con tanta prontitud y felicidad, que de seguro no quedó en Cuenca cosa que mereciese la pena de atender a ella.

Concluidas estas operaciones, emigrado ya todo su vecindario y no habiendo objeto alguno que exigiese mi presencia, salí con una corta guardia de la expresada capital, dirigiéndome a la villa de Almodóvar del Pinar.

Entretanto, el referido Navarro se venía también retirando sobre Cuenca, haciendo siempre frente a los enemigos con serenidad y mucha cercanía, tanto que les impuso de modo que en toda la tarde y noche del 16 adelantaron tan poco que, a pesar de hallarse al medio día viendo las torres de Cuenca, no consiguieron ocuparla en todo aquel día.

En el siguiente, 17, continuó aquel intrépido comandante haciendo frente a los enemigos a pesar de su conocida superioridad, tanto que les retardó su entrada hasta las 12 del día 17; pero manteniéndose siempre a su vista nuestras guerrillas.

Inmediatamente que entraron en la capital, destacaron una columna de caballería para perseguir a las nuestras, mas, lejos de atreverse a atacarla, la tuvo parada muchas veces la unión, fuerza y serenidad con que marchaba Navarro por las llanuras que hay desde Cuenca a Fuentes, en cuyo pueblo se alojó nuestra caballería, llena de una noble superioridad y firme confianza.

Los partes que sucesivamente me iba dando el referido comandante me obligaron a poner en marcha para esta villa toda la infantería, comiendo en la del Campillo sus ranchos, y viniendo a dormir aquí el 18 del presente.

Todavía continuaba Navarro a la vista de Fuentes, no sólo conteniendo a los enemigos, sino también batiendo y persiguiendo a sus guerrillas con un valor digno del mayor elogio. Entonces se reforzaron los franceses y, observándolo aquél de cerca, dispuso pasar a la villa de Monteagudo a dar algún descanso a su tropa, dejando partidas de observación sobre los enemigos y dándome parte de su situación y número.
Con esta noticia le previne que, al amanecer del 19, reconociese su fuerza, emboscándose enseguida en los grandes pinares que hay entre Fuentes y Almodóvar.

Así lo ejecutó con toda la dignidad y carácter que distingue a este jefe aguerrido, retirándose después a la villa de Navalramiro, desde donde continuó observando a los enemigos. Incomodados éstos con su cercanía, adelantaron, reunidas todas sus fuerzas, hasta la entrada de dicho pinar, con lo que Navarro siguió retirándose paso a paso hasta Almodóvar, dejando sus guerrillas en Navalramiro, que es el último estado de esta acertada y feliz retirada.

El resultado de ella ha sido obligar a los enemigos a consumir quince días en 19 leguas de distancia, desde las barcas del Tajo hasta la posición que hoy ocupan, habiéndolos obligado con mis movimientos y llamadas a marchas y contramarchas precipitadas sobre sus flancos y retaguardia, y a estar noches enteras sobre las armas, en términos que me consta han llegado a Cuenca muy estropeados.

Igualmente he sabido que se resienten de este género de guerra, confesando ser atemperado a las circunstancias y a la calidad de nuestras tropas, la mayor parte bisoñas, indicando su desconfianza de acabar la conquista si nos conducimos con esta prudente parsimonia. No ha contribuido poco a su desesperación no haber hallado el menor efecto en la ciudad de Cuenca, como lo esperaban y estaban acostumbrados, y no haber encontrado tampoco gentes ni subsistencias en los pueblos de su tránsito; pues, como se ha conseguido entretenerlos tantos días, han tenido estos naturales tiempo sobrado para retirar sus frutos y ganados, emigrando sin los sustos y desórdenes de las entradas anteriores.

(Continuará...)

Imagen: Plano de Cuenca del primer cuarto del siglo XIX. (Biblioteca Nacional)


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