La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Pícaros, embaucadores, hechiceros y nigromantes. Jerónimo de Liébana (III)

Historia


A continuación, es Juana Ponce de León, mujer de Juan Lorenzo, vecina de Cuenca, la que declara lo siguiente:

Dijo que conoce a Jerónimo de Liébana, el cual anda con media sotanilla y ferreruelo de jerguilla acanelada, y con cuello de clérigo. Y asimismo esta testigo le ha oído a Liébana jurar por la fe de sacerdote, poniendo la mano en el pecho. Y que estando la testigo en su casa el día de San Antonio de Padua que pasó de este presente año, llegó Jerónimo de Liébana a cosa de las ocho de la noche y llamó a la puerta. La testigo le dijo qué quería y le respondió que quería hablar a su marido. Esta testigo le dijo que no estaba en casa y no sabía cuándo vendría. El susodicho tornó a replicar y le dijo: “Dígame vuestra merced si ha cenado o tardará mucho en venir”. Y le respondió. “No ha cenado, pero no sé cuándo vendrá”. Liébana aguardó a que viniese su marido, que fue a cosa de las diez de la noche. Y así como su marido llegó le dijo Liébana: “Señor Juan Lorenzo, sea bien venido, que una noche que le habíamos menester parece que se ha tardado vuestra merced”.  Y le dijo con licencia: “¿Queréis palabras de secreto? Que me place”, le respondió su marido. Y con estas razones se apartaron a una callejuela junto a casa de esta testigo y allí estuvieron los dos durante media hora y más, hablando. Y después de haberse despedido su marido y Liébana, Juan Lorenzo entró en su casa y le dijo a esta testigo: “Has de saber, hermana, que aquel hombre con quien he estado hablando me ha dicho cómo nos dará orden para sacar cierto tesoro que bendijo los días pasados”. Y que para sacarlo era necesario darle una persona virgen y que la había de tener en su poder nueve días; y quedándose la persona virgen, sacaría el tesoro. Y esta testigo le respondió a su marido: “Hermano, bien sabes tú que no tenemos ninguna hija, sino es unos muchachos”. Y que no gustaba de dar a nadie sus hijos, y especialmente para lo que Liébana lo quería. Y al cabo de dos o tres días, Liébana envió a una criada del licenciado Diego de Liébana, su hermano, y le dijo a su marido que qué determinaba de aquello que tenían tratado. Y su marido le dijo: “Dígale vuestra merced al Jerónimo de Liébana que yo me veré con él y conferiremos lo tratado”. Y a otro día su marido fue a casa de Liébana y le dijo: “Si vuestra merced no tiene persona virgen yo le daré uno de mis muchachos”. Y de lo que trataron se lo dijo su marido y esta testigo no se acuerda para poderlo decir. Ese día, al anochecer, vino Jerónimo de Liébana a casa de la testigo y llamó. Le preguntó la testigo qué quería y en esto llegó su marido. Entraron en casa y le dijo Liébana a su marido: “Búsqueme vuestra merced o dígame dónde hay por aquí una posada y si me ha de dar el muchacho, para que entrambos a dos nos vayamos a ella para que yo haga lo que tenga de hacer”. Y esta testigo, recelándose de algo, le dijo a su marido. “Hermano, más vale que se queden en casa.” El Liébana se quedó y se acostó con el muchacho más de quince noches, y viendo su marido que se habían pasado los nueve días y algunos más, le dijo a Liébana que cuándo se había de sacar el tesoro, a lo que le respondió que si no le buscaba una niña de siete años no podría hacer cosa. Y a esta razón le dijo el marido que él tenía una niña de tres años, que, pues le había dado el muchacho, también le daría la niña. Liébana dijo que era muy pequeña y su marido le respondió que no sabía dónde buscarla. Entonces, Liébana dijo que quién era una mujer vecina de la testigo que tenía una muchacha que era a propósito para hacer él su negocio. Y que si habría orden de llamar en achaque de un poco de paño que vendía. Entonces la testigo le dijo a su marido que fuese y la llamase, la cual vino y se llama Isabel Ximénez. Le dijo Liébana que le habían dicho que tenía un poco paño que vender; que, si lo quería dar, él lo compraría. Y con este achaque Liébana llamó a la dicha Isabel Ximénez en secreto y lo que trataron esta testigo no lo sabe.

Estando el dicho Liébana en casa de la testigo, le dijo: “Señora, para haber de sacar dicho tesoro es menester hacer las diligencias que yo le diré a vuestra merced”. Y esta testigo entró con Liébana y su marido a un aposento y, estando dentro, el dicho Liébana les hizo un rolde (sic) grande redondo, en un pliego de papel, en el cual estaba el sol, la luna y otras figuras que la testigo no conoció; y con una candela encendida en la mano, Liébana le dijo a su marido: “Póngase de pie encima y diga las palabras que yo dijere”. El cual lo hizo así. Y luego dijo a esta testigo que hiciere lo propio. Y viendo Liébana que la testigo no acertaba dichas palabras, le dijo que saliese fuera. Liébana puso encima de un arca una sábana en forma de altar, con un libro abierto y una vela encendida. El susodicho decía unas palabras que la testigo no entendía. Y después de esto dijo Liébana al marido de esta testigo que habrían de ir a sacar el tesoro otra noche. Y la testigo sabe que fueron Liébana, su marido, su hijo y María Martínez y su hija Ángela a ver dónde estaba el tesoro, los cuales fueron junto a los lavaderos de esta ciudad, que están junto a la isla; y lo que hicieron estando allá, esta testigo no lo sabe. Y que otra noche siguiente le dijo al marido de la testigo que fuesen a sacar el tesoro los que fueron, y llevaron dos costales para traer lo que sacaran, los cuales se estuvieron aquella noche, y a la mañana, cuando vino su marido a casa, dijo a la testigo que Jerónimo de Liébana había hecho burla de ellos porque se había ido y los había dejado. Por todo ello esta testigo tiene al Liébana por hombre embelecador y embustero porque a su marido lo ha traído embelecado y le ha hecho gastar su hacienda. Y lo propio le ha hecho a un hombre de Palomera, que no sabe cómo se llama, y a Tomás Martínez, vecino de esta ciudad, a los que ha hecho gastar su hacienda. Y que, además de esto, ha dicho que el Liébana trajo a su casa unos fuelles y unos crisoles para el hecho, los cuales están en casa de la testigo. Y asimismo le llevó una capellina de color en que el susodicho tenía envueltos unos corporales. Y asimismo les llevó tres coronas de oro, tres reales en plata y otros cuartos que dijo eran necesarios para sacar el tesoro. Y que esto es la verdad so cargo del juramento que hecho tiene.  Y no firmó por no saber escribir. Y dijo ser de edad de cuarenta y un años. 

Se produce a continuación la declaración del acusado el cual niega todos los cargos que se le imputan de embaucador, estafa, engaño y enredos, así como haberse declarado presbítero y afirmar que era clérigo de menores.

El 6 de febrero de 1631, el tribunal eclesiástico de Cuenca pronunciaba la siguiente sentencia contra Jerónimo de Liébana:

...Fallamos, atento los autos y méritos de este proceso, y a que nos referimos, que debemos declarar y declaramos el dicho fiscal haber probado su acusación legítimamente, y el dicho Jerónimo de Liébana no haber probado exenciones ni defensiones algunas, como probar le convino, que le puedan relevar. Declarámoslo así en consecuencia. De lo cual debemos condenar y condenamos al dicho reo acusado a que sea sacado de la cárcel donde está en una bestia de albarda, desnudo de la cintura arriba y con soga de esparto a la garganta, y sea llevado por las calles acostumbradas de esta ciudad con voz de pregonero que manifieste los delitos de haberse fingido clérigo presbítero sin serlo, y por el de falsedad, enredos y embustes de que ha sido acusado; y sean dados doscientos azotes, sin embargo de cualquiera apelación. Y asimismo le condenamos a seis años de galeras a remo y sin sueldo, y en veinte mil maravedís de pena, que aplicamos a la Cámara y costas a nuestra tasación, y para lo de adelante. Y amonestamos que se vuelva a Dios Nuestro Señor de todo corazón y se aparte de semejantes falsedades, enredos, embustes y otras marañas y delitos como de los que ha sido acusado, con apercibimiento de que se procederá contra él a mayores penas.

Y por la nuestra sentencia definitiva, juzgando así lo pronunciamos y mandamos en estos escritos y por ellos. - El licenciado don Fernando de Mera Carvajal. 

(Continuará...)

Imagen: El almuerzo. Diego Velázquez. Año 1618. Museo del Hermitage. San Petersburgo.


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