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Ucrania

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Para mí, no es el momento de juegos de palabras ocurrentes ni metáforas ingeniosas. Estamos en guerra y todos los asuntos que nos ocupaban y preocupaban hace apenas unos días han pasado a segundo plano.

La vida sigue, es verdad, excepto para los que la tienen paralizada por el terror, la angustia y la muerte. En occidente estamos espantados por lo que pasa en oriente, pero no en el lejano oriente ni en el cercano oriente, que esos no son tan nuestros. Estamos horrorizados porque volvemos a tener la guerra en casa y son como nosotros, somos nosotros.

Putin invade Ucrania con las excusas del dictador marrullero, que enseña una mano mientras con la otra tira la piedra o la bomba y el mundo queda atónito, porque no estamos preparados para pensar en lo peor pudiendo creer en lo mejor. La guerra nos parece algo de la tele, irreal y entretenido a partes iguales, que nos permite la empatía y la solidaridad, pero que todavía, pensamos, no nos toca ni nos llega. Pobres ucranianos, tan valientes, defendiendo como David frente a Goliat su libertad y su casa. 

Vemos el éxodo de miles, de cientos de miles, pero no en Sudán o Siria, sino a tres horas y media de vuelo desde Barajas. Las bombas resuenan en centros comerciales con Primark y Zara, Carrefour e Ikea, que el consumo nos iguala en el mundo globalizado.

Y entre el estupor, la rabia y la pena, se alzan las voces de los que invocan permanentemente la paz, como un mantra necesario, como una coartada de una sociedad enferma.

Vegencio, autor del Epitoma rei militaris, un tratado de estrategia militar dedicado a Teodosio el Grande, recoge la frase que tantas veces hemos oído y pronunciado: si vis pacem, para bellum, si quieres la paz, prepara para la guerra. Esto que ahora resuena, para el sentir políticamente correcto de los últimos años, como un alegato belicista y peligroso, nos demuestra que hace casi 1700 años estaban mejor preparados o, al menos, se sabían mejor la lección.

Ahora pensamos, imbuidos de ese pensamiento infantiloide y peligroso, que basta con cerrar los ojos para que el monstruo desaparezca, que negando la mayor el mal será menor; especialmente si el mal se lo infligen a otro.

Oigo a una ministra del gobierno de España, llena de ingenuidad, espero, porque otra cosa sería criminal, que armar a la víctima no es la solución. Supongo que la solución para que la guerra acabe será que la víctima deje de resistirse o que muera, así tendríamos paz, aunque sea la de los cementerios.

¿Mandarías tú a tus hijos a una guerra?, me pregunta una amiga a bocajarro. Claro que no, le respondo. El problema es cuando la guerra nos alcanza. A ellos, a mí, a todos. Porque la pregunta no es qué estás dispuesto a hacer para mantener tu libertad, sino qué precio estás dispuesto a pagar para garantizar tu seguridad.

Llevamos decenas de años poniendo nuestra seguridad en manos ajenas, conformándonos con un papel secundario, o terciario, o menos que eso, que viendo las reuniones de nuestros socios yo diría que pintamos menos que la Tomasa en los títeres. Este dicho de mi padre, del que siempre he desconocido el fundamento, me parece que describe el escasamente digno de los que estamos instalados en la comodidad frente al heroísmo de los que se enfrentan, con armas o a pecho descubierto, con los que invaden su país. 

Porque aquí no estamos ante una guerra, sino ante una invasión, una agresión terrible y criminal de Rusia hacia Ucrania, de un líder terrible a un pueblo que quiere decidir su futuro. Y los que piden diálogo, que piensen no en países sino en personas, que dejen el panfleto y la soflama y digan si la víctima tiene que dialogar con el agresor cuando la está violando, agrediendo, matando… 

Los matones, por desgracia, son renuentes a la palabra, y solo la amenaza de la fuerza o su ejercicio los para. Esa misma exhibición de fuerza que ayudará a alejar a los corifeos que le dan aliento y cobertura, por miedo, por aprovechamiento o por falta de vergüenza, tanto me da. Y si el precio para obtener la paz ha de ser la guerra, será una triste tasa la que tendremos que pagar. Pero es indigno que mientras Ucrania pierde a sus hijos, los demás nos preocupemos en cómo nos va a afectar en esta sociedad tan cómoda que ve la guerra en la televisión porque, como con la pandemia, nos creemos a salvo de todo. 

Quede este artículo como expiación personal, por mi cobardía tantas veces, por mi egoísmo tantas más, porque ahora no se me ocurre más ayuda que el donativo y la oración. Y porque, Dios me perdone, a veces añoro el dios vengativo y justiciero de los judíos, olvidando que Dios nos hizo libres, también para elegir el mal. Hoy Ucrania me lo recuerda otra vez, eligiendo ser libres para ejercer su libertad.

Texto: Silvia Valmaña Ochaita. (Profesora Titular de Derecho Penal. Universidad de Castilla-La Mancha)

Sección: De frente y por derecho

 

 

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