La Opinión de Cuenca

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¿Viviremos en una España pobre y triste?

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Eso que llaman globalización y que en 2015 todos los Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas aprobaron la llamada Agenda 2030 para el «Desarrollo Sostenible», un plan de acción supuestamente favorable a las personas y al planeta, en el cual quedaban englobados 17 «objetivos de desarrollo sostenible», cambiará a medio plazo el mundo que hemos conocido. Y mucho me temo que sea para mal, achacándoselo a la superpoblación que amenaza con hacer inviable la alimentación de toda la humanidad, y al cambio climático que envenenará la atmósfera y las aguas, y acabará con la vida en el planeta Tierra. Así que todo ha de ser “sostenible”, palabreja imprescindible en las bocas de todos los políticos, que, en la práctica, no quiere decir otra cosa que: restricción por acá y restricción por allá. Pero no se alarme nadie, que lo único que pretenden, por el “amor” que profesan a los ciudadanos más desprotegidos, es librarlos del colesterol traidor que atasca las arterias, causando muertes e incapacidades con infartos y trombosis. Para ello quieren, más pronto que tarde, que la ternera dé paso a la cucaracha y el jabugo a los grillos; los capones a los saltamontes y los chorizos de Cantimpalo a los gusanos, porque las carnes, en general, y más las procesadas, son cancerígenas y no quieren que los más vulnerables —como se les llena la boca hipócritamente— mueran de enfermedad tan terrible. Resumiendo: el «pata negra», los chuletones de ternera gallega y las langostas (marinas), para unos cuantos afortunados: entre ellos, los señores políticos. Para los demás, moscas y lombrices, que es comida muy sana y proteica.

Por otra parte, como son tan amantes de los animales [la inmensa mayoría estamos contra el maltrato animal], quieren que los protejamos como las joyas más preciadas y que sus derechos superen a los de las personas. Ha quedado prohibida su actuación en circos, en tanto que hacen todo lo posible para que los toros no pisen los ruedos, que, en caso de que lo logren, condenarían a estos animales a la extinción de su especie. ¡Ah! Y no se podrá hablar de animales de «trabajo», término que será sustituido por animales «asociados a tareas» porque no pueden afiliarse a sindicatos. Sí, es que cada nación puede estatuir los márgenes de la famosa agenda, encargándose de ello no los más inteligentes y tolerantes precisamente.

 Y, como consecuencia de todo lo anterior, se proponen eliminar las carnes de las mesas de hogares y restaurantes; pero esto sólo para la plebe. 

Propalan, a través de algunos de sus voceros o voceras, que comer huevos supone potenciar el maltrato animal porque éstos devienen de la violación de las pobres gallinas por parte de los malditos gallos machistas —marcando el cociente intelectual de quien lo divulga—. Y quien desee tener una mascota deberá hacer un curso para aprender a cuidarla convenientemente. Y esta otra perla: que nadie ose apoderarse o destruir un huevo de ave protegida, por ejemplo, golondrina o vencejo, o un huevo vacío de águila imperial, porque en cada uno hay un animal de la especie de que se trate y correspondería una sanción de 5.001 a 200.000 euros, cuando no la cárcel. Es decir: en un huevo de vencejo hay un vencejo y en el de golondrina hay una golondrina. Sin embargo, el embrión humano no es persona y puede destruirse sin problema alguno. Claro, la especie humana no está protegida en esa fase al contrario que la especie animal. Pero éste es otro cantar.

Tan grande es la estima que nos profesan los «padres de la patria», tanto nacional como universal, que han deslizado la posibilidad de que el vino y la cerveza dejen de figurar en la carta de los restaurantes. Y para llevarlo a término deberán pergeñar, entre otras medidas, subir los impuestos y rebajar las pensiones hasta convertirlas en «espirituales», o sea, sin principio ni fin, para impedirnos el disfrute de una “dañina” caña de cerveza, un “perjudicial” chato de blanco, o tinto, acompañados de una tapa de queso manchego, o una “insana” copita de fino con almendras o aceitunas.

Tampoco se olvidan de la pesca, pues para hacerla «sostenible» y moderar su consumo bastará con ponerle precios prohibitivos. Así, solamente, tanto el pescado y el marisco, como todo lo anteriormente relacionado, sólo podrán saborearlo los pudientes, es decir, ellos, porque es donde desembocará toda esta sarta de imbecilidades si es que se las permitimos.

Y para que la contaminación que emiten los coches, culpables del calentamiento global, dejen de envenenar la atmósfera y protegernos del asma y de enfisemas pulmonares, prohibirán los carburantes fósiles de los que se derivan las gasolinas y gasóleos, para que sólo puedan pasear en automóvil eléctrico los millonarios; o sea, ellos. «¡Qué buenos son los padres salesianos! ¡Qué buenos son, que nos llevan de excursión!» 

Señores politicastros auspiciadores de políticas que sólo ocasionan esclavitud y miseria: váyanse a hacer puñetas. Ustedes ejercen los cargos que los ciudadanos les encomendamos para que dediquen su tiempo a ver cómo mejoran el nivel de vida de todos, y a que nuestros herederos reciban una España en mejores condiciones que la recibida por nosotros, como hasta que han llegado ustedes ha venido sucediendo; pero, según comprobamos día a día, será todo lo contrario y nuestros descendientes, en gran parte, vivirán mucho peor en el futuro. Ya lo vienen avisando: «En 2030, no tendrás nada y serás feliz». Imagino que estarán de acuerdo en aplicárselo a ustedes mismos, porque de lo contrario les llamaremos farsantes.

Abomino del mundo que estos pseudopolíticos nos ofrecen. No quiero ni admito vivir en la miseria y en el tedio. Como dijo un importante político en los primeros años de los ochenta: “Prefiero morir acuchillado en el metro de Nueva York que morir de aburrimiento en Moscú” (Felipe González dixit)

Texto: Manuel Amores


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