La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Algunas consideraciones sobre Trump, el trumpismo y otros frutos amargos (II)


Cuando los miles de seguidores de Trump, siguiendo sus indicaciones, ocuparon violentamente el Capitolio en el que estaba teniendo lugar la sesión parlamentaria dedicada a la certificación definitiva de los resultados electorales, no solo ofrecían un espectáculo lamentable e inédito en las más de doscientos años de historia de la Unión Americana. Estaban perpetrando un golpe de estado, en la medida en que conscientemente, y con la utilización de la fuerza y de la coacción, interrumpían la evolución normal de un proceso democrático. Situación similar a la que se produjo el 23 de febrero de 1981, cuando un contingente policial y militar invadió el Congreso de los Diputados de España en Madrid, durante la sesión en la que se procedía a la elección de un nuevo presidente del gobierno. Y similar asimismo a los acontecimientos de octubre de 2017, cuando las masas separatistas catalanas en Barcelona apoyaron al gobierno nacionalista local en la anticonstitucional declaración de independencia. A medida que fueron transcurriendo los días tras el 6 de enero de 2021 y las fuerzas de seguridad e inteligencia han podido avanzar en la investigación de lo ocurrido, ha quedado demostrado de manera palmaria la intención criminal de la revuelta, que no descartaba tomar como rehén al vicepresidente Pence e incluso acabar con su vida, al grito de “colgar a Pence”. La intervención urgente de las fuerzas de seguridad en el interior del Capitolio, o más bien lo poco que de ellas quedaba tras la invasión, consiguió evitar lo peor conduciendo al vicepresidente y al resto de los congresistas y senadores presentes a locales subterráneos resguardados y desconocidos para la turba que estaba ocupando todos y cada uno de los resquicios del edificio. Sin conocer exactamente cuáles eran los propósitos últimos de Trump en esa gravísima hora, cabe evocar un dato: la violenta interrupción del proceso parlamentario no hubiera tenido lugar sin que previamente no hubieran existido las múltiples incitaciones directas o indirectas hacia sus seguidores por parte de Trump exigiendo que se le reconociera la inexistente victoria. En realidad, eso es lo que contiene el proceso de “impeachment” ya aprobado por la Cámara de Representantes y todavía pendiente de su tramitación en el Senado y en el que se le acusa a Trump de alentar la “insurrección”. Y sin aventurar otras consecuencias, cabe recordar la más evidente: en el caso de que Pence hubiera perdido la vida y como consecuencia lógica, en el caos consiguiente, interrumpido definitivamente el proceso de certificación de los resultados electorales, Trump hubiera podido reclamar para su persona una situación constitucionalmente inédita: la de continuar indefinidamente en la Casa Blanca hasta que el cuerpo político, o lo que de él subsistiera, llegara a concebir un procedimiento a seguir.

En realidad el golpe de estado, que de manera harto paradójica había sido promovido por el presidente de los Estados Unidos, no era otra cosa que la culminación tan dramática como hasta cierto punto lógica de la presidencia menos previsible, más caótica, peor dirigida e intencionada de las que ha conocido los Estados Unidos en los últimos setenta y cinco años, desde que acabó la II Guerra Mundial. Confiada en exclusiva a vectores ultra nacionalistas de marcado carácter aislacionista –“America First”- y a proclamaciones harto inciertas –“Make America Great Again”- ha exacerbado las tensiones políticas, sociales y raciales que subsisten en la sociedad americana sin haber siquiera intentado solucionar alguna de ellas; ha utilizado fórmulas populistas al uso para cultivar en el odio y la confrontación a sectores desfavorecidos de la población blanca en zonas deprimidas del país; ha procurado cortar de raíz los vínculos que existían, y que los mismos Estados Unidos habían contribuido a crear, con las organizaciones multilaterales en la esfera internacional y con los bloques de naciones democráticas participantes en los esfuerzo conjuntos para promover una realidad global más libre y más próspera; y lo ha hecho con una utilización sistemática de la mentira y de la distorsión: el diario “Washington Post” a través de su sección de comprobación de datos –“Fact Checker”- ha podido comprobar que en los cuatro años de su mandato Trump ha mentido en más de treinta mil ocasiones (30.573) en sus intervenciones públicas o digitales. En terrenos tan variados como la economía, la emigración, los impuestos, Rusia, la sanidad, el medio ambiente, la educación o, por supuesto, y entre otros muchos, la pandemia creada por el COVID 19, donde ha llegado a extremos incomprensibles de inoperancia e incapacidad que, juntamente con el golpe de estado en el Capitolio, seguramente fueron los que han terminado de cerrar sus posibilidades de repetir mandato en la Casa Blanca. (Véase el artículo de Glen Kessler en el WP del 24 de enero de 2021).

Frente a todo ello subsisten datos mostrencos a los que hacer frente y tener bien en cuenta. El primero de ello es la inevitable y necesaria constatación de que, a pesar de todo, son 72 millones los americanos que han otorgado su voto para que Trump repitiera como presidente. La propaganda de su círculo no se cansa de repetir el dato, olvidando que su contrincante le ha superado en más de 5 millones de votos. Como hacen lo propio en todos los terrenos que el “fact checker” desmonta incluyendo el que ha adquirido realidad casi mítica: que ha sido el único de los recientes presidentes americanos en no comenzar ninguna acción bélica. Es cierto. Como lo es que no le ha temblado el pulso en organizar acciones terminales contra responsables de las milicias iraníes o de amenazar con generalizar ataques militares contra Teherán -no en balde la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, obtuvo de los servicios militares correspondientes garantías de que el presidente no era totalmente libre para pulsar el famoso “botón nuclear”-o en favorecer la guerra contra el hispano, o contra el negro o simplemente contra el extranjero. Aunque en estas últimas no se utilizaran más armas que las policiales.

De forma indudable, y además de otros muchos, uno de los grandes damnificados por la maligna época que de Trump lleva el nombre es el propio Partido Republicano. Sólo ahora, cuando la catástrofe adquiere unas dimensiones épicas, comienzan veladamente a manifestarse algunos de sus miembros sobre el peligro de la continuación de tan dudosa senda. Y lo hacen agarrándose a lo que interpretan como defensa de sus creencias: los magistrados conservadores en el Tribunal Supremo, la pelea contra el aborto, la proximidad con las sectas evangélicas, las riñas con los chinos, la reducción de impuestos, e incluso, para los más ardorosos, esa “beautiful wall”, la “bella muralla”, para impedir que entraran los mejicanos en los USA, que iban a pagar los mismos mejicanos, que cayó sobre las espaldas del contribuyente americano y que solo se hizo en pequeños trozos. En el catálogo, y dependiendo de las orientaciones propias y ajenas, uno puede aplicar aquella clásica consideración de que “incluso un reloj parado tiene razon dos veces al dia”. Pero ¿vale eso la indignidad del personaje que no tiene otras referencias que las suyas propias de poder y superioridad, que carece de la más elemental educación cívica y académica, que se rodea de un núcleo potencial o real de delincuentes, que no duda en celebrar públicamente la facilidad con que tiene acceso a las partes íntimas de las mujeres, muchas de las cuales le tienen en los tribunales por abusos varios, que convierte la Casa Blanca en un reducto para la mayor gloria económica de la familia, que se niega a publicar sus declaraciones de impuestos, que insulta a próximos y lejanos, que destruye sistemáticamente los aparatos administrativos que no le son fieles, que menosprecia la libertad de prensa y a los que a ella se dedican, que genera la peor crisis reputacional que el pais ha conocido en los últimos decenios? Esa enumeración, que en su cortedad tiene forzosamente algo de piadoso, no es, como algunos pretenden, la visión cortoplacista y baladí aplicada a un genio algo trastornado. Es desgraciadamente la descripción elemental de un individuo que, en llegando a la cima del mayor poder que en la Tierra existe, ha estado a punto de sumir en la ignominia y en la decrepitud a sus ciudadanos y a los que en el resto del mundo habitan. Aunque la cuestión persista: ¿Cómo es posible que llegara a ser elegido presidente de los Estados Unidos? Y ¿cómo es posible que 72 millones entre su ciudadanos le sigan votando?  Se lo deberían hacer mirar. El Partido Republicano. Los Estados Unidos de América. Y también el resto de la humanidad.

(Continuará)

 

Javier Rupérez Rubio

Embajador de España

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