La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

A vueltas con la espada de Bolívar


Con la llegada del mes de septiembre, el verano ya está dando los últimos coletazos. Es el momento de aparcar los bañadores y los pareos de playa y de volver a la actividad diaria, y es el momento, también, en el que vuelven a abrirse las páginas digitales de nuestro semanario, de volver a acercar a nuestros lectores el debate y la opinión sobre todos los problemas que nos afectan como conquenses. Varios son los temas que se han ido acumulando durante todo el mes de agosto, como las obras que jalonan cualquier rincón de Cuenca, después de un año entero en el que nuestro Ayuntamiento se ha mantenido en una inactividad casi completa -es extraño; parece como si precisamente ahora, cuando la ciudad se ve invadida por centenares de turistas, conquenses emigrantes a otras tierras en busca de un futuro mejor, o visitantes atraídos por el imán que supone la celebración de las fiestas, se quisiera dar una imagen diferente de ciudad activa y dinámica-. Así, el proyecto de parque temático con tirolinas y otros atractivos relacionados con la aventura, que desde nuestro Ayuntamiento, y de la mano de Toro Verde, nos quieren traer a la Sierra de Bascuñana; el tiempo será el encargado de demostrar si en realidad se trata de un proyecto real, o sólo una cortina de humo para tratar de ocultar algunos errores cometidos durante la legislatura. -la desaparición de la vía del tren convencional por encima de todos ellos-. También, el retraso en la peatonalización de la calle de los Tintes, prometida para los primeros días del mes de agosto, demostrando con ello que el proyecto de la nueva regulación del tráfico rodado y el anillo de bajas emisiones, del que la peatonalización de esta calle es sólo una parte, no es tan sencillo como lo que nos han querido hacer creer.

La nueva temporada que se inicia en este mes de septiembre, y que tendrá como colofón, ya de cara a un nuevo curso anual, unas nuevas elecciones autonómicas y municipales, se nos antoja muy interesante. Ocasiones habrá en las semanas sucesivas, de comentar estos y otros proyectos de nuestras instituciones, analizar la conveniencia o no de esos proyectos, o de la falta de proyectos, y denunciar aquellos que nos parezcan sólo cortinas de humo, asuntos recurrentes que de forma crónica vuelven a salir a la luz cuando se trata de tapar errores, y que nunca llegan a convertirse en realidad; el tantas veces comentado palacio de congresos, la remodelación de la plaza del Mercado, o el tan traído y llevado asunto de la comunicación entre la parte alta y baja de la ciudad, entre la ciudad moderna y su acrópolis, sea ésta a través de ascensores o de escaleras mecánicas, o incluso mediante un buen sistema de autobuses, rápidos, baratos y continuos, son buenos ejemplos de todo ello.

Mientras tanto, quiero traer esta semana a los lectores mi opinión personal al respecto de uno de los debates que más ríos de tinta ha vertido en los medios de comunicación de carácter nacional -como suele pasar en estos temas, fuera de España, o de algunos colectivos indigenistas americanos, apenas ha existido debate respecto a este asunto-: la polémica suscitada durante la toma de posesión de Gustavo Petro como presidente de Colombia, en base a la supuesta falta de respeto de nuestro rey, Felipe VI, por no haberse levantado ante el paso protocolario, supuestamente protocolario, de la espada de Simón Bolívar. Dejando aparte el hecho de que, tal y como demuestran algunas imágenes de video que se han intentado ocultar en determinados medios, nuestro monarca sí se levantó ante el paso de esta arma de guerra, que fue sólo en el momento de la salida de la espada del lugar en el que se celebraba el acto, cuando éste permaneció sentado, tenemos que dejar claro una cosa: los verdaderos símbolos de un país, dignos de todo respeto, son, sólo, su bandera, su escudo,  y su himno, y en su caso, el rey cuando se trata de una monarquía, o el presidente de la república, cuando se trata de esta forma de gobierno, que una espada, o cualquier otro objeto personal, aunque se trate de una gloria nacional como para algunos países americanos representa el propio Bolívar, no debe nunca llegar a convertirse en un símbolo, en la misma categoría en que lo es el himno, el escudo, o la bandera.

En un país en el que se queman banderas propias, o se pitan los himnos con la excusa de cualquier celebración deportiva, ¿qué sentido tiene, más allá del propio interés ideológico, criticar a nuestro monarca por no haberse levantado al paso de la espada que un día blandió un supuesto héroe, que además, con tal de que se rasque un poco en su biografía, fue realmente un sanguinario y cobarde traidor? ¿Es comparable este hecho, con aquella verdadera falta de respeto institucional que llevó a cabo José Luis Rodríguez Zapatero, futuro presidente del Gobierno, cuando se negó a levantarse ante el paso de la bandera de Estados Unidos? Sin embargo, aquellos que ahora se rasgan las vestiduras por una supuesta falta de respeto de Felipe VI, que no es tal, son los mismos que entonces aplaudieron el gesto de quien en ese momento se encontraba al frente de la oposición. Aquello si fue una verdadera falta de respeto institucional, que muy pronto los norteamericanos nos hicieron pagar, mientras que esto es sólo una opinión personal que, bajo mi propia opinión, también aplaudo.

¿Qué pasaría si mañana invitáramos al presidente de Colombia, o de Perú, o de Bolivia, y durante los actos institucionales sacáramos de paseo, a modo de homenaje militar, la espada de Hernán Cortés, que se conserva en la Real Armería del Palacio Real de Madrid, y le obligáramos a rendirle respeto, como si se tratara de un símbolo nacional? ¿Qué pasaría si invitáramos al rey de Marruecos o al de Arabia Saudí, o a cualquier otro monarca o presidente de cualquier país árabe o norteafricano, y le obligáramos a levantarse ante el paso de Tizona, la espada del Cid, llevada allí ex profeso para el acto, desde las salas del Museo Municipal de Burgos, en donde se conserva? Sin duda, este hecho provocaría un conflicto diplomático de enormes dimensiones, alentado además por aquellos mismos sectores que hoy critican a nuestro monarca. Hay que tener en cuenta, incluso, que el antecesor de Petro en el cargo, Iván Duque, se había negado ya a llevar la espada al acto institucional, por las repercusiones que el hecho podría tener.

Pero más allá de la polémica suscitada, convendría que los españoles supiéramos realmente quien fue Simón Bolívar, el supuesto héroe de la independencia. No quiero insistir demasiado en la realidad histórica de este personaje, una realidad que ha sido olvidada por gran parte de la crítica, obnubilada ante el brillo personal del libertador, pero que ha sido puesta de manifiesto en los últimos días, a tenor de la polémica suscitada por el asunto de la espada. Los historiadores que, sin apasionamiento, han estudiado la biografía del personaje, han puesto de manifiesto su verdadero carácter: sanguinario, mortal enemigo de los españoles, aunque él también era uno de ellos -su origen criollo, como su apellido, da testimonio de ello, y cobarde como soldado, como demuestran algunos hechos de armas, en los que no se destacó precisamente por su heroicidad; un político más que un militar, al estilo de los muchos políticos que, durante los siglos XIX y XX, gobernaron diferentes países sudamericanos. Si buceamos en la historia de esos países durante estas dos últimas centurias, podremos ver claramente cuál ha sido el legado de Bolívar: unas repúblicas que se han caracterizado siempre por una elevada corrupción, más alta incluso que la corrupción existente en otras regiones del mundo, y en las que ni siquiera se puede garantizar, casi nunca, la transparencia de las elecciones. No podemos evitar la comparación con otros periodos de la historia, aquellos siglos de la Edad Moderna, en los que, a pesar de todos los errores cometidos, las tierras del nuevo continente se iban poblando con grandes ciudades, tan grandes como las europeas, y en ellas se multiplicaban los hospitales y las universidades, los primeros hospitales y las primeras universidades que habían sido levantadas fuera de Europa.

No quiero desaprovechar la ocasión de comentar un tuit que, al hilo de esta falsa polémica, ha sido publicada recientemente por Pablo Iglesias, y que demuestra por sí mismo el escaso conocimiento histórico del político: “La guerra de Bolívar no fue contra los españoles. Fue una guerra entre patriotas y realistas. Felipe VI ha querido humillar la dignidad democrática de España y el honor de las naciones norteamericanas. El Presidente debe llevarle al orden y exigirle respeto institucional.” No pasa nada porque el político no sepa de historia; no todos tenemos que ser por fuerza historiadores. Pero lo que sí resulta bastante grave, es cuando el político se mete a historiador, e intenta convencernos a todos de que su historia, manipulada en beneficio de una ideología concreta, es la única historia válida. Seguramente es también por ello, por lo que el estudio crítico de la historia, la de verdad, sin apasionamientos políticos y sin ideología, no la supuesta historia que pretenden transmitirnos los ideólogos de cualquier régimen, está cada vez más ausente de nuestros modernos planes de estudio. Ya lo hemos dicho en alguna ocasión: la historia, como la filosofía, ayuda a la formación en un país de ciudadanos críticos, y eso es algo que nunca les interesa a los malos políticos.

La visión de Iglesias respecto a la realidad de la independencia norteamericana es la misma visión que tienen algunos elementos supuestamente indigenistas, una visión trasnochada, según la cual, la independencia de los estados americanos fue la revuelta de unos indígenas oprimidos contra el español opresor. Sin embargo, ¿cuántos héroes de la independencia eran de sangre indígena? ¿Cuántos políticos americanos de los siglos XIX y XX, presidentes de esas repúblicas o pseudorrepúblicas, tienen antecedentes indios en su árbol genealógico? Son, todos ellos, o casi todos, descendientes de españoles, que vieron en la guerra de la independencia, la posibilidad de convertir un rico continente, en su propio “chiringuito” particular, y que incluso ahora, en pleno siglo XXI, encuentran en la revisión de la historia, la única manera que tienen para poder ocultar al mundo sus propias miserias. El mexicano López Obrador, dirigente de una nación que tiene las tasas más elevadas de asesinatos sin resolver -de mujeres sobre todo, pero también de policías, de jueces, de periodistas, de todo aquel que quiera investigar el origen en la violencia en la país-, es un claro ejemplo de ello, pero no es el único.
 

 

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