La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Afganistán, ese gran desconocido


“En 1995, el secretario general de la ONU, Butros Butros-Ghali, dijo que Afganistán se había convertido en uno de los conflictos huérfanos del mundo, esos que Occidente, selectivo, promiscuo en su atención, prefiere dejar de lado a favor de Yugoslavia. El mundo había apartado la vista de Afganistán, dejando que la guerra civil, la fragmentación y la polarización desembocara en la quiebra del estado. El país ha dejado de existir como un estado viable, y cuando un estado quiebra, la sociedad civil es destruida. Generaciones de niños crecen sin raíces, sin identidad ni razón para vivir salvo de la lucha. Los adultos están traumatizados, y sufren brutalidades, y no conocen más que la guerra y el poder de los señores de la guerra. Lakhdar Brahimi, el mediador de la ONU, manifestó: Estamos tratando con un estado en quiebra que parece una herida infectada. Uno ni siquiera sabe por dónde empezar a limpiarla.”

Estas palabras proceden de uno de los primeros libros que fueron publicados en España sobre el conflicto de Afganistán: “Losa talibán. El Islam, el petróleo y el nuevo Gran Juego en Asia Central”, del periodista pakistaní Ahmed Rashid, y a pesar de los años que hace que fue publicado por primera vez en nuestro país, en 2001, el texto sigue estando completamente de actualidad. Todavía más en estas últimas semanas, desde que la retirada de las tropas norteamericanas del país árabe, sin haber llegado a desarrollar antes un plan de evacuación para muchos de sus habitantes, perseguidos por los talibán, ha provocado, una vez más, el colapso de uno de los estados más desconocidos e ignorados por el conjunto de los europeos. Y es que, aunque, tal y como alguien ya ha dicho, ahora, cuando la situación del país ha vuelto a las mesas de los debates políticos y periodísticos de todo el mundo, parece que están surgiendo “afganistas”, supuestos expertos en la situación afgana, hasta debajo de las piedras, la realidad es que en España, como en buena parte del mundo, este país, que se halla a las puertas de entrada de lo que se ha llamado el Asia Central, ha sido, y lo sigue siendo, un completo desconocido. Hasta tal punto esto es así, que entre los propios periodistas se ha extendido erróneamente el término “talibanes”, que en su origen no existía. En efecto, “talibán” es un término de origen árabe, que en sí mismo ya recoge el plural de la palabra: “talibán”, cuyo singular es realmente “talib”, es decir, “estudiante de las madrasas”. Porque es de allí, de las madrasas de Afganistán, de donde procedían los primeros talibán que se enfrentaron al imperialismo soviético, los mismos que contaron, para ello, con el apoyo de los Estados Unidos, en el seno de una ya declinante Guerra Fría entre los dos mundos opuestos en los que se había partido el globo después de la Segunda Guerra Mundial.

En realidad, son muy escasos en España los verdaderos expertos en la situación actual de Afganistán, y yo no voy a dar lecciones de algo que en realidad no conozco más allá de lo que he podido leer en las últimas semanas. Pero desde el punto de vista de la historia, que es en el que yo me muevo, no es nada nuevo afirmar que se trata de un país irreductible, que nunca pudo ser conquistado por ningún imperio, más allá de un corto periodo de tiempo, apenas una gota de agua en el insondable mar de la historia. Enseguida, cuando las diversas potencias colonizadoras están convencidas de haber podido derrotar a las diversas tribus afganas, éstas consiguen liberarse del yugo extranjero. Les sucedió a Alejandro Magno y a sus generales macedonios, que después de una campaña triunfal por todo el continente asiático, y de haber sometido incluso a los imperios del Asia Central, tuvo que replegarse cuando su ejército, agotado, se encontraba ya a las puertas de la India; las tribus que habitaban Afganistán y Pakistán estaban detrás de aquel debilitamiento de sus tropas. Les sucedió también a los emperadores mongoles, a pesar de que alguno de ellos quiso trasladar su capital a la hermosa ciudad de Herat, atraído por la importancia que ésta había alcanzado en la populosa ruta de la seda. Y ya en el siglo XIX les sucedió también a los ingleses, que intentaron crear allí, sin demasiado éxito, un estado tapón que protegiera de posibles incursiones enemigas a la verdadera joya de su corona colonial: la India de Rudyard Kliping y de Francis Yeats-Brown.

En los últimos años, Afganistán se ha visto también sometida a una larga guerra civil, que se viene ya sucediendo desde hace ya demasiados años. Una guerra civil en la que, como otras muchas guerras civiles a lo largo de la historia, han participado también otros contendientes externos, dependiendo de las diferentes fases que se han ido sucediendo a lo largo de esa guerra. Una guerra que ha causado la muerte de muchos miles de personas. Sólo desde la invasión del país por parte de los Estados Unidos, es decir, en los últimos veinte años, han perdido la vida en el conflicto 2.442 estadounidenses, 1.144 soldados de otros países occidentales, y 3.846 contratistas y colaboradores. Y entre los propios afganos, y aunque la contabilización es mucho más complicada de hacer, las estimaciones realizadas por el Instituto Watson, de la norteamericana universidad Brown de Providence (Rhode Island), han dado unas cifras cercanas a las cincuenta mil entre los insurgentes, además de unos setenta mil entre los miembros de las fuerzas de seguridad afganas, y de unos sesenta mil civiles. Añádanse a esto los años anteriores, cuando el foco del conflicto estaba puesto en derrotar al imperialismo soviético, y los americanos y los talibán eran todavía aliados, y los años siguientes, en los que el país se encontraba enfrentado entre los propios talibán y los diferentes señores de la guerra, podemos darnos cuenta aproximada de la verdadera magnitud del conflicto. Uno más, por cierto, de los muchos conflictos olvidados que permanecen latentes, y que de vez en cuando salen a relucir a los noticieros de todo el mundo, entre la violencia generalizada y el terrorismo más cruel: Palestina, Kurdistán, el Sáhara, Crimea, Siria,…

En efecto, poco es lo que se conoce sobre Afganistán y sobre los talibán, y sólo cuando el problema se agrava, como ahora, o cuando se recrudecen los ataques terroristas, vuelve a salir a la luz el foco del conflicto. Pero hasta en este asunto, el del terrorismo, se puede apreciar también ese desconocimiento generalizado; por ese motivo causó sorpresa entre la opinión pública que había sido el Dáesh, y no los talibán, quien provocó los atentados de hace unos días, en las cercanías del aeropuerto de Kabul. Nos parece que todos los terrorismos son iguales, que todos buscan lo mismo, sin saber diferenciar realmente a unos y a otros. En este sentido, en el propio Afganistán están instalados en la actualidad diferentes grupos terroristas, que sólo tienen en común el reguero de sangre que van dejando a su paso. Y es que, junto a los talibán, se encuentra también Al Qaeda, su aliada, la guerrilla que durante mucho tiempo, hasta su televisada muerte, fue dirigida por Osama Bin Laden, a cuya acción sanguinaria se le atribuyen los atentados de las embajadas norteamericanas de Nairobi, en Kenia, y Dar es Salaam, en Tanzania, en 1998, que causó la muerte de 213 personas, y en la que resultaron heridos un número indeterminado, entre cuatro y cinco mil, y más tarde, en 2001, el de las Torres Gemelas de Nueva York, que dio origen a una nueva fase de la guerra, la que enfrentó definitivamente a los antiguos aliados de la época rusa. Y si Al Qaeda ha sido siempre la fiel aliada de los talibán, el Dáesh, llamado también ISI o Estado Islámico, se ha constituido desde siempre en su mortal enemigo, hasta el punto de que Estados Unidos, en los últimos días, ha llegado incluso a plantearse su colaboración con el nuevo estado talibán con el fin de poder derrotar definitivamente al propio Dáesh. Desde luego, la historia de las alianzas y de los enfrentamientos siempre vuelve a repetirse.

¿Quiere esto decir que los talibán, ahora mismo, ya no son tan malos como lo han sido durante estos últimos años? De todos es conocido como funcionaron contra la sociedad civil afgana, especialmente contra las mujeres, en otros periodos en los que los talibán lograron hacerse con el poder, más allá de algunas declaraciones extemporáneas realizadas por algunos políticos, incluso del gobierno, movidos por una postura propia marcadamente ideológica. No creo necesario insistir en la pérdida de derechos que provocaron en la sociedad afgana, ni creo que la situación pueda cambiar demasiado en esta nueva etapa que ahora se abre. Y junto a ello, también es conocido el catálogo de castigos, incluso físicos, que conlleva para el pueblo afgano el incumplimiento de la sharía, la ley islámica, la única que existe en este país, quizá el más teocrático de todo el mundo árabe.

En efecto, el Afganistán de los talibán es y será un estado fallido, además de uno de los países más pobres de todo el mundo, a pesar de encontrarse en el centro de una región de marcado interés económico, principalmente por la red de gasoductos que se han venido extendiendo en los últimos años, y que ha permitido un cierto desarrollo para las antiguas repúblicas soviéticas del Asia Central: Azerbaiyán, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán. Un país que, sin embargo, es el principal productor de adormidera, lo que le ha situado en el corazón del territorio que manejan las mafias que se dedican en el sudeste asiático al comercio del opio.

No quiero finalizar este artículo sin mostrar mi espíritu crítico contra una frase que en los últimos días se ha venido repitiendo hasta la saciedad: no, los talibán no están anclados, tal y como se ha dicho muchas veces, en la Edad Media. La Edad Media es una de las partes en las que los historiadores han dividido el conjunto de la historia, y hace referencia a un periodo de la historia de Europa que no tiene nada que ver con lo que en estos tiempos está sucediendo en Afganistán. Durante la Edad Media, y a pesar de las altas dosis de violencia que esta etapa tuvo, fue capaz de crear instituciones tan importantes como los gremios, las universidades y los primeros parlamentos, y una etapa que vio surgir estilos artísticos tan bellos como el románico y el gótico. Fue el pleno desarrollo de la Edad Media lo que posibilitó, cuando el hombre europeo ya estaba preparado para ello, el surgimiento del renacimiento, con lo que ello significó para la recuperación cultural de uno de los periodos más gloriosos del pasado: la antigüedad clásica greco-latina. Y mientras tanto, ¿qué es lo que han conseguido culturalmente los talibán? Dejando aparte su rastro de muerte y de dolor, sólo la destrucción total de una parte importante del patrimonio cultural, el suyo y el de la humanidad, como ha sucedido con los Budas de Bamiyán, una de las principales muestras del arte indogriego, que habían sido tallados entre los siglos V y VI, o la puerta de Ghazni. Por otra parte, todos los museos del país se han ido saqueando, y los abundantes tesoros que guardaban en sus salas y en sus vitrinas están apareciendo paulatinamente en los mercados negros del coleccionismo, contribuyendo de esta forma, además, a sufragar el terrorismo islámico, el de los talibán y el de otros grupos terroristas similares.

 

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