La Opinión de Cuenca

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Aguiluchos


Trata una leyenda, aunque otros dicen que no es sino pura realidad, sobre una curiosa y significativa transformación que supuestamente experimenta el águila a lo largo de su vida. Cuenta la historia que este animal, que puede llegar a vivir en torno a siete décadas, mediado este periodo de tiempo suele experimentar cómo su pico se curva en exceso, sus garras se debilitan y sus alas, por el grosor experimentado por sus plumas, se convierten en un pesado lastre que imposibilitan la majestuosidad y pomposidad que antes caracterizaba a sus vuelos.

Llegado ese momento en su vida, que suele coincidir con el de alcanzar sus primeros 40 años de vida, el águila se encuentra ante una doble posibilidad: reinventarse a fin de intentar trazarse nuevas metas surcando nuevos vuelos o, por el contrario, dejarse arrastrar por la costumbre y asumir que ya es mayor y que no está para nuevas aventuras ni experimentos.

Sigue relatando la parábola que en esos momento críticos, la inmensa mayoría de los ejemplares de esta rapaz vuelan hacia lo más alto, hacia rocas agrestes en busca de un nido escondido en el que refugiarse transitoriamente. Localizado el lugar y una vez asentado en la covacha en la que durante un tiempo sin determinar permanecerá, el aguilucho destroza su ya inútil pico contra las rocas hasta que consigue desprenderse de él. Una vez que el nuevo ha brotado en el lugar que el otro ocupó, este se convierte en la más sofisticada herramienta de precisión que le permite deshacerse de sus frágiles garras dando paso así a la llegada de otras nuevas que le servirán para despojarse, esta vez, de sus pesadas alas.

Tras cuatro o cinco meses, desaparecida ya definitivamente aquella arruinada ave que semanas atrás se había encaramado a un lugar donde experimentar su transformación, emerge desde las alturas un nuevo ser, sustentado este en la inigualable fortaleza que le dan por una parte sus flamantes pico, garras y alas, al tiempo que asentada en las incomparables experiencias acumuladas que le otorga toda una larga vida ya disfrutada y de la que aprendió estrategias, hábitos, destrezas… que no necesitará cultivar de nuevo y de las que sin embargo sí se beneficiará.

Este renacer es escogido por ella misma, viviéndolo no precisamente sin dolor, hambre ni sacrificios, donde la dura soledad y los esfuerzos realizados durante dicha transformación, le han llevado a ser nuevamente esa poderosa ave que como tal es considerada desde por los pobladores de las tribus más antiguas, hasta por aquellos cristianos que siguen encontrando en ella el símbolo claro de la renovación.

De haber seguido el otro camino, el cómodo, el que no requería esfuerzo ni sacrificio alguno, el que exclusivamente precisaba de mínimas dosis de resignación, el águila no habría llegado sino a un abismo emocional que le habría convertido en fácil objetivo de insensibles fauces ajenas que la habrían convertido, no precisamente en un rico manjar para otros, sino más bien en fácil presa de animales no tan precisos en sus maneras, no tan rápidos en sus movimientos… antes de dejar que fuesen los carroñeros los que de ella no dejasen ni rastro.

Es esta una manera de sobrevivir, más que de vivir, no exclusiva de las águilas… pues también otros animales grandes —los elefantes cambian sus viejos y poco útiles colmillos cada 20 aproximadamente, 4 veces en su vida—, o pequeños —las lagartijas, cuando ven peligrar su integridad física optan por perder momentáneamente la cola y, ya libres, regenerarla—, elegantes —los delfines permanentemente cambian sus dientes consiguiendo otros con los que sobrevivir en un océano cada vez más inhóspito—, o asquerosos —el pepino de mar, cuando se ve atacado, vomita sus vísceras a fin de que sus depredadores se entretengan con ellas y así pueda huir y reconstruir el vital lastre perdido, una vez salvada la vida, eso sí.

Una vez más esa observación tan maravillosa de lo que ocurre en la naturaleza me aterra por lo que de relación tiene con el hombre actual y que yo me atrevería a afirmar que se resume en: ninguna; nada en común.

Es más, llevo días informándome sobre quienes eran los neandertales, cómo vivieron, por qué desaparecieron… y por los infinitos descubrimientos relacionados con ellos y teniendo en cuenta que son ya más de 40.000 los años que hace que como especie se extinguieron, todo apunta a que uno cualquiera de aquellos, de haber intentado sobrevivir por sí solo ante situaciones adversas, lo habría conseguido, y además mucho mejor que uno de ahora, aunque el de ahora tuviese la última versión de whatsapp instalada en su móvil.

Hoy, solamente una mínima parte de los seres humanos actuales, esos que, como el águila del principio, se encuentran con que el devenir del tiempo les ha llevado a una situación lamentable, sin aparentes salidas, requiriendo cambiar de hábitos, hacer serios sacrificios… están dispuestos a hacerlos. La mayoría opta por entonar a coro, aunque todas las voces salgan de una única boca, sentencias como: “Ea, esto es como todo”, “¿Y qué vas a hacer?”, “¿Pues todo el mundo pasa por ello?”, “Pues ¡conozco yo a pocos que están igual que él…!”, “¡Solamente cabe resignación!” y numerosas frases de estas que suele soltar algún erudito de su alrededor, de los que principalmente acompañan familiar o emocionalmente a esas personas y que suelen hablar para, por encima de todo, no decir nada.

Peor aun es otro grupo. En él, sus integrantes se resignan, antes que a hacer el macuto y ponerse a descubrir nuevos mundos o caminos que recorrer y en los que intentar sobrevivir dignamente, a sacar la guadaña y dar mandobles a diestro y siniestro, atribuyendo culpas, responsabilidades o acusando de sus desgracias a cualquiera en lugar de canalizar esos inútiles esfuerzos consumidos en tan ridícula cruzada, y reinventarse, reinstalarse, actualizarse, renovar bríos… hacerse útil ante todo a sí mismo. Claro… hay que ver qué se puede renovar, actualizar… porque de donde no hay, poco vas a reinventar o reinstalar.

Pero claro siempre hay alguna vuelta de tuerca más que dar, especialmente para quienes nunca consiguieron nada, ni siquiera lo perdido, a través del esfuerzo propio, de los desvelos personales, del tesón y la constancia… En eso casos, ¿En qué se van reinventar? ¿Qué hacer? ¿Rezar en arameo? ¿Volver al colegio a estudiar esta vez sí que en condiciones?

De niño y durante un verano hubo un águila señorial que diariamente estaba apostada en una roca alta de un lugar muy querido para mí de la hoz del río Huécar. Yo la veía cada día y me parecía una diosa. Un día de repente desapareció. Sé que desde entonces, su vuelo silencioso, majestuoso, señorial, pausado… me sobrevuela. Lo noto.


Fernando J. Cabañas Alamán

Olcadeando

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