La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Al abanico como fuente de frescor e historia


Estos tiempos que nos ha tocado vivir son algo complicados al elevarse el precio de los combustibles y con ellos se dispara la electricidad, viéndose con ello afectado la utilización de los equipos de aire acondicionados en las casas y empresas. Habrá que recurrir a los métodos tradicionales para mitigar el calor, como es el abanico.

El abanico como la sombrilla, responden al deseo muy humano de combatir los efectos del calor, su origen, se pierde en la noche de los tiempos, su utilización en Oriente se remonta a la antigüedad. Existen numerosas pruebas de que el abanico se usaba muchos años antes de Jesucristo, en países tales como: la India, en China, en Egipto, en Caldea, en Grecia, y en otros países. Desde Luego, su primer fin fue de uso utilitario y con los siglos se convirtió en un signo de distinción y coquetería y e incluso llegó a ser como emblema de poder entre algunos soberanos orientales, asirios y egipcios.

Los abanicos primitivos no se cerraban, tenían el mango bastante largo por lo general; haciéndose de madera, de seda, de bambú, de plumas y hasta con hojas de palmera y de nenúfares.

Con plumas de faisán se emplearon primeramente en la China y los usados para dar aire al Faraón se confeccionaban al parecer con plumas de avestruz. Se les daba forma circular, semicircular, octogonal o elíptica; unos fijos y otros giratorios, estos últimos son aún utilizados en la India y en algunos lugares de África; parecidos a ellos son los tipicos de Cataluña, hechos de papel, reciben el nombre de “ventalis”.

En el siglo V, a.d.C., fue adoptado en Grecia el abanico como pieza indispensable para toda mujer elegante, recibiendo el nombre de “psigma”, y se hacían generalmente de hojas de palma o de loto, hasta que luego se pusieron en boga en Grecia y en Roma los de plumas. Los abanicos romanos llamados en latín “flabella”. Hay que destacar que los más estimados eran los fabricados con tablillas de maderas odoríferas o aromáticas.

El abanico plegable fue introducido en España, desde Oriente, en el siglo XV, así como en Portugal e Italia, pasando posteriormente a Francia y Alemania. Se generalizó en el siglo XVI en toda Europa.

En Francia alcanzó un gran auge entre las damas, contribuyendo a su propagación Catalina de Médicis, al llevar de Italia un abanico. Uno que regaló la reina Margarita a Luisa de Lorena, costó la fabulosa suma de 1.200 escudos. La mayor parte de los de aquella época, eran abanicos de plumas de avestruz o de pavo real, con varillas de oro o de marfil y las damas de alto rango, eran quienes podían usarlos, los llevaban colgados de un cinturón por medio de una cadenilla. Luego, se usaron abanicos pintados de gran tamaño, con varillas de medio metro. La reina Isabel de Francia llegó a tener 27 de éstos abanicos.

 En el siglo XVII los abanicos españoles tuvieron tanta fama como los franceses y los italianos. Del tiempo de Luis XV de Francia datan esos modelos bellísimos, adornados con perlas, montados en marfil y hermoseados con pinturas inigualables de Watteau y de Boucher. En igual época apareció el abanico partido, que estaba compuesto sólo de varillas, se pintaban y esculpían las varillas con extraordinaria minuciosidad y se colocaban en estuches barnizados con un barniz, notable por su brillo y su solidez, inventado por un tal Martín, que se llevó al sepulcro el secreto de su elaboración. Por algunos de estos curiosos abanicos se han pagado precios millonarios en la actualidad.

La vida galante de la corte francesa hizo del abanico un arma poderosa en manos de las mujeres, para quienes fue indispensable en reuniones y en bailes de máscaras; de aquí que en el siglo XVIII, se crearon los llamados abanicos-careta. La famosa marquesa de Pompadour dio su nombre a varias creaciones, la reina María Antonieta poseyó una verdadera colección, gustando de regalar con frecuencia abanicos a sus damas.

Con la Revolución francesa nacieron los de madera de sándalo o de cedro, que llegaron a generalizarse en todas partes de Europa. En la época del Primer Imperio las francesas usaron abanicos circulares con lentes en el centro y en el mango. Por entonces se usaban en Inglaterra unos de grandes dimensiones, cuya moda favoreció la reina Ana autorizando a los fabricantes para destruir todo abanico que no fuera de fabricación Inglesa dentro del círculo de Londres.

Para terminar y animar al uso de este emblemático mencionare algunos datos curiosos: Teodelinda, esposa de Autario, rey de los lombardos, dejó a la posteridad un abanico riquísimo que se conserva en la Catedral de Monza, es de plumas y mango de metal con esmaltes. El emperador azteca Moctezuma, regaló a Hernán Cortés seis abanicos de magníficas y variadas plumas, con el varillaje incrustado en oro.

En 1774, la reina Luisa de Suecia fundó una Orden del Abanico para honrar a las damas de su corte, admitiendo después en ella a algunos caballeros.

Espero que después de esta relajante trayectoria por la historia del abanico haya despertado en el lector el uso de él en estos días calurosos que soportamos.

José María Rodríguez González es profesor e investigador histórico

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