La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Gracia. Del lat. “gratia”


Hace unas semanas, en este mismo semanario, disfruté de una columna de Silvia Valmaña titulada De indultos e insultos. Digo que disfruté porque la profesora Valmaña me recordó a aquellas clases de Penitenciario de mi universidad en las que estudiábamos el indulto como una medida excepcional y cuya loable intención es  la de reinsertar al penado.

La estudiábamos como una medida correctora de la severidad del sistema penal que seguía vigente, a pesar del carácter democrático de la impartición de Justicia, para paliar situaciones consideradas injustas por la sociedad; a pesar de que, formalmente, se tratara de condenas ajustadas a la Ley. El indulto, como el resto del sistema penitenciario constitucional, sólo debe servir para favorecer la reinserción.

¡Qué tiempos aquellos! Ahora los indultos sirven para otras cosas, digamos, con menos gracia (1). 

Y puesto que este último es un sustantivo que emplearé con muchos significados hoy, le echaré una mano y le iré indicando entre paréntesis a cuál de las múltiples acepciones de gracia previstas en el Diccionario de la Real Academia Española me referiré en cada caso. Ya sabe que tiendo a ser puntilloso y, a veces, hasta un erudito a la violeta.

Como no solo tiendo a serlo, sino que me considero de lo más puntilloso, veo con asombro y enfado cómo se pervierten, sin pudor, instituciones legales que tantos presos de nuestras cárceles anhelan y no consiguen. Estoy seguro de que muchos de ellos merecerían más la medida de gracia (4) por su ánimo de reinserción y utilidad para la sociedad, que esta recua de delincuentes confesos. Unos personajes con ánimo manifiestamente reincidente, que han pasado más tiempo en un tercer grado idílicamente flexible que la inmensa mayoría de presos españoles con condenas menores; y que cometieron delitos realmente menos graves.

Me provoca perplejidad, si no vergüenza, lo histriónicos que son quienes han atacado la Igualdad y la Libertad del resto para mantener sus privilegios a base de chantaje. Y más aún la respuesta dada desde las instituciones del país que actúan con bastante poca gracia (7), y al modo de aquella señora que, además, ponía la cama.

Estoy de acuerdo con que el diálogo es la respuesta ante la intolerancia, pero para solucionar un conflicto creado por una de las partes, considero que corresponde a esa parte ceder más y mejor. Y aquí, o también padezco de miopía política, o sólo veo que se bajan los pantalones unos; y somos nosotros. Es como cuando decía Foxá: ¡Vaya patada que le van a dar a Franco en nuestro culo!

 Además, se ha pasado del cumplimiento íntegro de las penas (literalmente se dijo íntegro cumplimiento) a la justificación del indulto como una solución mágica que resulta ser el antídoto del nacionalismo más rancio que se ha ido recociendo durante décadas. 

Llámeme suspicaz, pero me da por pensar que no va a ser suficiente para conseguir la gracia (8) de estos señores tan simpáticos de los que ahora queremos hacernos amigos.

Para colmo de males, en la última semana los acontecimientos han enfocado la atención sobre el que menos gracia (5) tiene en la práctica. Ni más ni menos que se ha puesto en la diana a Su Graciosa Majestad. Lo más preocupante, en mi opinión, es que ha sido puesto en el blanco por quienes menos intención tenían de hacerlo (o, al menos, eso debiera ser).

La Presidenta de la Comunidad de Madrid, con su gracia (2) natural, expresó algo en la manifestación del pasado domingo que probablemente algunos desconocedores del papel constitucional del Monarca también deben creer: que el Rey podría negarse a sancionar un acto o norma del Gobierno o del poder legislativo porque considere que no es bueno para la Nación.

Al principio no le di importancia. Luego comprendí la inmensa gracia (3) que les había concedido a quienes más odian la figura de nuestro Rey, y me enfadé. No se puede poner en duda, ni siquiera remotamente, el papel constitucional de Felipe VI; al que me atrevería a llamar el más estrictamente constitucional de los habidos hasta el momento.

No hace falta recordar que si el Rey reina, pero no gobierna es porque la evolución histórica y democrática fue retirando los privilegios a quienes los ostentaban por el mero nacimiento frente a quienes los merecían, pero no disfrutaban de la gracia (14) oportuna. 

El papel constitucional del Rey es tan llamativo como limitado. Lo es todo y nada. Incluso raya lo exclusivamente solemne o simbólico. Además, no todos los Monarcas españoles tendrán un 23-F en el que se evidencie su influencia públicamente. Ni falta que hace.

El objetivo ideal de la Monarquía constitucional es que, como máximo, el Rey ejerza su auctoritas, sin imperium ni potestas; y sin influir jamás de forma velada ni descarada en decisiones políticas que están reservadas a quienes ha elegido el pueblo. Sean quienes sean. Si éstos se equivocan, ya están los tribunales y las elecciones.

La magistratura del Rey es infinitamente más compleja que la de cualquier otro servidor público, puesto que lleva preparándose desde el nacimiento para limitarse a callar y jamás mostrar su opinión política; y, además, para intentar hacerlo con gracia (7).

Hay muchos que se están frotando las manos desde hace días porque se ha conseguido desviar la atención hacia la Institución que sólo soportan, en lugar de tener que justificar ante la opinión pública los motivos reales de un indulto que en campaña electoral se rechazaba de manera contundente. 

La contradicción y la mentira campan a sus anchas por la nueva política de la forma más descarada que recuerdo y, en medio, está nuestra pobre España, maniatada por quienes sólo quieren exprimirla hasta sacarle todo el jugo posible.

No sé a usted, pero a mí esto no me hace ni **** gracia (aquí no hace falta que le señale la acepción a la que me refiero).

 

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