La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Alicia en el país del mundo al revés


Dicen que en el mundo hay espejos deformantes, capaces de transformar la realidad que se muestra delante de su superficie pulida. Unos nos hacen más gruesos y bajitos, y otros nos hacen más altos y delgados. Valle Inclán, y Max Aub con él, los conoció en el madrileño Callejón del Gato, y gracias a aquellos espejos, fue capaz de dibujar en sus novelas y en sus obras de teatro una capital de España diferente, mucho más onírica y personal que el Madrid somnoliento de la Restauración y el turnismo político. Ramón Gómez de la Serna también los conoció, y uno de sus reflejos son sus disparatadas greguerías (“El arco iris es la cinta que se pone la naturaleza después de haberse lavado la cabeza”). Pero dicen, también, que hay otros espejos, reales o imaginarios, que son capaces de transformar, todavía más, algunos aspectos de la realidad que no tienen nada que ver con la altura ni con la anchura de las personas que se miran en ellos. Los espejos del Callejón del Gato deformaban sólo los aspectos físicos de la realidad, aquellos que tienen que ver con el sentido de la vista, pero hay otros espejos invisibles que deforman también otros aspectos más puros, más íntimos, de la realidad que nos rodea, los que tienen que ver con los sentimientos, con el alma, con lo que entendemos por justicia, paz, bondad,… En esencia, con todo eso que no se ve, pero que forma parte también de nosotros mismos.

Dicen que Alicia, cuando despertó de su sueño victoriano, en el que había visto conejos blancos que hablaban como personas y gatos que aparecían y desaparecían delante de su mirada sorprendida, donde había visto sombrereros locos y reinas de corazones que se habían escapado de un extraño juego de naipes, volvió a quedarse dormida, delante del espejo deformante de un río turbulento que nacía de ninguna parte y marchaba, sin fin, a ninguna parte. Y dicen que Alicia, entonces, cerró los ojos y pudo ver un mundo diferente, un mundo en el que la policía era perseguida por la ley, y en el que los ladrones tenían más derechos que los propios policías. Un mundo en el que los policías eran agredidos, porque no podían sacar sus armas, porque éstas estaban pegadas a sus cartucheras con el pegamento de la incomprensión y del relativismo legal. Un mundo en el que los malos, los ladrones y los asesinos, entraban en las cárceles por una puerta y salían, casi como héroes, por la otra.

Sí. Se trataba de un mundo distinto, en el que el día era noche y la noche era día, en el que los ríos avanzaban al revés, desde el mar hacia la montaña. Y dicen que Alicia, llena de miedo, siguió caminando por aquellos senderos que no tenían fin, y que allí se encontró con un poblado extraño, muy extraño, en el que los propietarios de las casas vivían en chabolas, y en las casas y en los palacios del poblado, con todas las comodidades que esas casas podían ofrecerles, vivían personas que eran ajenas a su propiedad, quienes habían aprovechado para entrar, que sus verdaderos dueños habían salido de ellas para ir a trabajar o marcharse de vacaciones. Los dueños de esas casas protestaban, pedían que se les devolviera la propiedad, sacaban pancartas donde reclamaban sus derechos sobre ella, pero los encargados de administrar justicia en aquel poblado, dicen, se ponían siempre de parte de los otros, de aquellos que habían usurpado la propiedad de las casas. Y dicen que a Alicia, mientras abandonaba aquel poblado, rumbo a lo desconocido, le surcaba por la mejilla una lágrima solitaria, pensando en lo injusta que era la justicia en aquel poblado tan extraño.

Y dicen que Alicia, entonces, siguió caminando, aunque nunca llegaba a cansarse, porque en los sueños, cuando caminamos, nunca nos cansamos, nunca llegan los pies a dolernos, como nos duelen en la vida real. Y dicen que llego a otro poblado diferente, más extraño todavía que el poblado anterior. Un poblado en el que las llamas de un incendio inmenso devoraba todas las casas, destruyendo todo cuanto tocaba. Había muchos muertos alrededor del camino, y de entre los árboles cercanos y las ruinas de las casas salían miles de heridos. Todos echaban sangre por sus múltiples heridas, y a muchos de ellos les faltaban las piernas o los brazos, cercenados por culpa de las explosiones. Uno de ellos pudo contarle a Alicia lo que había sucedido: alguien había puesto una bomba en una de esas casas, y esa bomba había hecho explotar otras bombas, y esas otras más, y así hasta el infinito, de manera que ahora, cuando Alicia cruzaba por allí, ya no quedaba ni una sola casa en pie. Y entonces, mientras el herido hablaba a Alicia, ambos podían ver a otros hombres que estaban sanos, que no sangraban, que tenían todos sus miembros intactos. Y esos hombres, además, se reían del sufrimiento de los heridos, con una risa amarga, ácida, penetrante, que a Alicia le congelaba el corazón.

Y dicen que Alicia, cuando se despertó, pensó primero que todo había sido un sueño, como cuando vio gatos que se aparecían y desaparecían delante de ella y conejos que hablaban como personas, como cuando vio reinas de corazones y sombrereros locos. Pero después, cuando pudo ser consciente de todo, se dio cuenta de que aquel lugar existía en la realidad, y que se llamaba España, el país del mundo al revés, donde hacer que se cumplan las leyes es, para algunos, prender las calles, un lugar en el que la memoria histórica es sólo cuestión de leyes hechas a la medida de los gobernantes, y no de un verdadero conocimiento de nuestro pasado, ni de un compromiso real con nuestro futuro, ese futuro que firmemente se apoya, más que en el presente, en el viejo pasado.


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