La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Ascensores o escaleras; lo que sea, pero ya


Hay momentos en nuestra vida en los que la casualidad -algunos dicen que las casualidades no existen, y que todo es fruto de un destino que nos acecha desde algún lugar desconocido, y es posible que ello sea cierto-, llega hasta nosotros, para hacernos cambiar unas decisiones que ya habíamos tomado de antemano, y eso es lo que a mí me acaba de suceder estos días. Y es que me encontraba terminando de redactar mi colaboración de esta semana, dedicada a reflexionar en voz alta sobre un tema tan interesante sobre el futuro de nuestra ciudad como es éste de la gestión, o falta de gestión, para comunicar por fin la parte moderna de la ciudad con su casco histórico -ascensores o escaleras mecánicas- cuando, precisamente en la edición de La Opinión correspondiente a la semana pasada, nuestra directora ya quiso retomar este mismo asunto, dudando de la existencia real del tan traído y llevado informe de Icomos en favor de estas últimas, y añadiendo algunas cifras de carácter presupuestario que beneficiaban a los otros. 

El primer pensamiento que en ese momento me vino a la cabeza fue el de cambiar el tema de mi colaboración; dos artículos sobre un mismo asunto publicados de manera casi simultánea me parecía excesivo, y quizá repetitivo. Podría escribir sobre la dolorosa desaparición de la Asociación de Amigos del Teatro, de la que también me enteré ese mismo día mediante whatsapp -otra casualidad-, o sobre la no menos dolorosa situación en la que se encuentran algunos espacios de nuestra ciudad, como el Parque del Huécar, de la que también se hacía eco nuestro medio en esa misma edición -una tercera casualidad: precisamente la noche anterior yo mismo, usuario habitual de ese parque, estuve haciendo algunas fotografías, similares a las publicadas, con el fin de denunciar esa situación en la página web del propio ayuntamiento-, pero en este caso como una parte más de los múltiples problemas que asolan a una parte de nuestra ciudad, y que tienen que ver con su proyección como lugar de diversión y esparcimiento del ocio nocturno. Sin embargo, el tema en cuestión me parece tan importante para Cuenca y para los conquenses, que decidí mantener la decisión y escribir sobre el tema de los remontes. Prometo para otras entregas de futuro hablar de esos otros temas, también importantes de por sí para nuestra ciudad y para sus habitantes. 

Las ciudades como Cuenca, que presentan una considerable diferencia de altitud entre su parte antigua, que al mismo tiempo es su casco histórico, y por ello el principal foco de atracción para los turistas que llegan a ella, atraídos en parte, pero no sólo, por su declaración como Patrimonio de la Humanidad; y su parte moderna, allí donde en la actualidad fluye la vida diaria de sus habitantes, siempre tienen que resolver importantes problemas de comunicación, para conseguir que éstas sean más viables. Sin embargo, y a pesar de lo que muchas veces se piensa cuando se habla de este asunto, no se trata sólo de intentar conseguir el acceso de ese turismo de una manera más cómoda y segura. Se trata, sobre todo, y seguramente ello sea lo más importante de todo, de resolver los abundantes problemas de acceso a esa ciudad moderna, allí donde normalmente se encuentran la mayor parte de los equipamientos urbanos y de los servicios al ciudadano, de los propios vecinos que viven en esa acrópolis, una población normalmente envejecida y cada vez más escasa. En efecto, los cascos históricos de las ciudades se van despoblando paulatinamente, incapaces muchas veces de equilibrar ese turismo creciente, y en ocasiones casi insostenible, con las necesidades reales de sus propios habitantes. Venecia, cada vez más escasa de verdaderos venecianos, quienes no dudan en abandonar la laguna para instalarse en tierra firme, lejos de ella, dejando los canales y los viejos palacios en manos de los turistas, llegados desde todas las partes del mundo, es un claro ejemplo de todo esto que estamos diciendo, pero no es el único.

Es cierto que el problema de Cuenca no es el mismo que el de Venecia, pero en el fondo se trata, también, de una problemática similar: la dicotomía, a menudo difícil, entre habitabilidad y turismo, y que se hace todavía mayor por la sistemática conversión de casas de vecindad en alojamientos turísticos. Es un problema que se puede ver, sobre todo, durante los fines de semana, cuando la Plaza Mayor, y el resto de las callejas de la parte alta, se llena de turistas, que muchas veces resulta difícil poder atravesarlas. Y en Cuenca, además, se agrava por el tema de la difícil comunicación entre la parte baja de la ciudad y su casco antiguo. Un problema que las instituciones conquenses han tratado de resolver desde hace ya mucho tiempo, desde antes incluso de que ese turismo hubiese terminado de implosionar en nuestra ciudad, tal y como lo ha hecho en los últimos años; porque realmente, ya lo hemos dicho, no se trata más de dar servicio al turismo de fines de semana que a los propios vecinos del casco antiguo. En efecto, han existido proyectos muy diferentes entre sí, desde la necesidad de dar un mejor servicio, rápido y accesible económicamente, en forma de autobuses lanzadera, que en realidad nunca ha funcionado de manera continua, hasta proyectos casi faraónicos, como el de la instalación de un teleférico para unir el barrio del Castillo con las zonas bajas de la hoz del Huécar. Y en este sentido, la instalación de ascensores o de escaleras mecánicas en diferentes puntos de la ciudad, siempre ha estado presente.

En contra de lo que se ha dicho, el hecho de que Cuenca sea una ciudad Patrimonio de la Humanidad no es óbice para la instalación de este tipo de servicios, sino más bien todo lo contrario. Toledo es un buen ejemplo en este sentido, al contar con diversos tramos de escaleras mecánicas que permiten acceder a su casco histórico de forma rápida, y además cómodamente, sin por ello dañar demasiado el medio ambiente ni el propio paisaje de la ciudad. Otras ciudades históricas y turísticas, con el título de Patrimonio de la Humanidad o sin el título, como Bilbao o Cartagena, han solucionado ese problema de movilidad a base de ascensores. El informe sobre “Accesibilidad universal al patrimonio cultural. Fundamentos, criterios y pautas”, elaborado por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad del Gobierno de España, dice entre otras cosas lo siguiente: “El campo de la accesibilidad, si realmente pretende trabajar con rigor en el territorio del Patrimonio, y hacerlo con precisión, mesura, eficacia e imaginación, precisa disponer de un conocimiento lo más completo posible de la temática del Patrimonio, en sus muy diversas facetas, tanto en la historia que se plasma en esos bienes como en las diferentes tipologías de éstos, características estructurales, materiales, funcionalidad, recorridos, entorno, uso y composición estética y arquitectónica.”

Y eso, precisamente, fue lo que hace unos años, en 2017, hicieron los arquitectos que formaron el grupo de trabajo “Cuenca [in]” -Fernando Olmedilla Lacasa, Yanira Huertas de Moya, María del Carmen Mota Utanda, Ignacio Vignolo Pena y Ana María Martínez Rodríguez-, quienes desarrollaron para nuestra ciudad un importante proyecto de cuatro ascensores de gran capacidad que debían unir las dos partes de la ciudad, a diferentes alturas, de manera que quedaban convenientemente cubiertos los diferentes niveles existentes. Pero un proyecto tan importante no se podía basar únicamente en sus aspectos arquitectónicos y técnicos, sino que contaba, además, con un gran equipo de colaboradores, especialistas en los diferentes campos científicos y culturales que quedaban afectados por las posibles obras, desde la arqueología hasta la biología, desde la zoología hasta el medio ambiente, para lograr que la actuación en el entorno y en el paisaje pudiera ser lo menos gravosa posible para la ciudad.

Y por lo que respecta a los problemas económicos que un proyecto tan singular como éste lleva siempre asociados, el asunto también estaba solucionado, tal y como nos hicieron saber a los conquenses desde diferentes instituciones: una parte muy considerable del total presupuestario, casi del ochenta por ciento, sería sufragado por la propia Junta de Comunidades, con dinero procedente de los fondos europeos, y el veinte por ciento restante sería aportado por el Ayuntamiento de la ciudad. Sin embargo, tal y como es sabido, aquel proyecto no llegó nunca a ser una realidad, por culpa primero de las diferencias políticas entre las diversas instituciones, una enfermedad que en Cuenca ha sido crónica durante mucho tiempo, y que en parte le ha impedido crecer como ciudad hasta límites muy cercanos a la muerte cerebral, y también por la falta de miras que en ese momento mostró el Ayuntamiento, que se negó a defender el proyecto a pesar de la promesa de la Diputación Provincial de hacerse cargo de la parte del presupuesto que a él le correspondía. 

Algunos años más tarde llegaron las nuevas elecciones, municipales y regionales, y el hecho de que, por una vez, todas las instituciones conquenses cayeran en un mismo color y un mismo sesgo político, nos hicieron soñar a todos los conquenses con que, por fin, el problema de la comunicación entre las dos partes de la ciudad iba a quedar definitivamente solucionado. Por fin, al menos uno de esos ascensores proyectados por los arquitectos de “Cuenca [in]” iba a ser construido, tal y como se podía apreciar, incluso, en las declaraciones realizadas por algunos de aquellos políticos. Sin embargo, muy pronto nos íbamos a dar de bruces con la realidad: aquel dinero, si en realidad alguna vez existió, se había perdido, y había que iniciar un nuevo proyecto desde cero. Y en lugar de aprovechar el trabajo que ya estaba realizado, se cambió súbitamente de idea, transformando aquel proyecto de ascensores en uno diferente, a base otra vez de escaleras mecánicas, que en realidad nunca ha contado con la aprobación de quienes serían sus verdaderos usuarios, los vecinos de la Cuenca alta.

Ya ha transcurrido más de la mitad de la legislatura, y el problema sigue estando ahí, alimentando artículos de prensa, pero sin llegar a solucionarse realmente. En los últimos días, el presidente de la Junta de Comunidades ha vuelto a insistir en que los conquenses tendremos escaleras mecánicas antes de que lleguen las nuevas elecciones, o al menos las obras ya estarán adjudicadas e iniciadas entonces, e incluso ha anunciado nuevos tramos que se añadirán a los ya proyectados. Mientras tanto, los vecinos de nuestro casco antiguo siguen teniendo dificultades para bajar a la parte moderna de la ciudad, y los turistas que llegan a Cuenca siguen sin tener la posibilidad de acceder a ese casco histórico de manera cómoda, como tampoco tienen la posibilidad de llegar a la ciudad desde la estación del AVE sin tener que luchar contra una línea de autobuses que nunca ha estado bien coordinada con el horario de los trenes. Cuenca necesita ya un sistema de comunicación rápido y cómodo entre las dos partes de la ciudad, desde luego, pero tampoco debemos caer en la precipitación. Toda obra ingente como ésta necesita de un largo proceso de maduración, pero ese proceso no pasa por lo que se llama popularmente “marear la perdiz” -que es lo que en este momento muchos conquenses tenemos la sensación de que es lo único que se está haciendo-, sino por hacer un adecuado estudio previo. Sería lamentable que en el futuro, cuando por fin los conquenses podamos contar con un equipamiento de estas características, éste no pudiera entrar en funcionamiento porque nos hayamos dado cuenta de que el proyecto realizado era realmente inviable, o porque nadie se preocupa de su mantenimiento, tal y como ha sucedido con los inservibles ascensores que comunican la calle Zapaterías con la Plaza de Mangana. Sobre todo, cuando ya se ha desechado el cuidado y minucioso trabajo que dirigieron los arquitectos de “Cuenca [in]”, y que tenía en cuenta todos los factores que podían intervenir en el también desechado, a mi modo de ver de manera errónea, proyecto de ascensores.

 

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