La Opinión de Cuenca

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Belén o nacimiento, una costumbre a través del tiempo


Dos son los aspectos que diferencian, hablando siempre en términos navideños, la cultura anglosajona y la mediterránea. Una es la dicotomía entre Papá Noel y los Reyes Magos. El primero es un anciano canoso y barbudo que viene del frío, aunque nada importa que el personaje histórico de San Nicolás, que así le siguen llamando en Holanda, país en donde, por cierto, el personaje no llega desde el polo, sino de los países cálidos del sur, concretamente desde España, nada tenga que ver con esa figura vestida de rojo, y con grandes barbas color de nieve. Se trata, en realidad, de un santo de origen asiático, que fue obispo de Mira, en Anatolia, cuyos restos fueron trasladados a la ciudad italiana de Bari para evitar su profanación cuando los musulmanes; por este motivo, es más conocido en occidente como San Nicolás de Bari que como San Nicolás de Mira, tal y como lo llaman en oriente, para recordar el lugar al que él se había retirado, cuando fue perseguido por el emperador Diocleciano. Un único dato de su vida, uno solo, lo ha convertido en ese protector de la infancia y, en la leyenda, como el eterno donador de juguetes para los niños de todo el mundo: se le atribuye la resurrección de un grupo de infantes, quienes habían sido asesinados, descuartizados, e introducidos en un gran barril de salazón de carne.

Por lo que respecta a la leyenda meridional de los Reyes Magos, ésta se basa directamente en el Nuevo Testamento, aunque en el texto no se habla en realidad del carácter real de los personajes, sino de un grupo de magos, es decir, sacerdotes persas de la religión zoroástrica, acostumbrados, por otra parte, a ciertas relaciones con los astros, y con un profundo estudio de la astrología; mitad sacerdotes y mitad científicos, por lo tanto. Y tampoco se habla en los Evangelios de un número concreto de esos magos adorando al Niño Dios, sino que fue la tradición posterior la que estableció ese número, tres. Un número, por otra parte, que resulta plenamente simbólico, y que haría referencia, según algunos autores, a los tres continentes entonces conocidos (Europa, Melchor; Asia, Gaspar; y África, Baltasar), y según otros autores, a las tres edades de la vida del hombre (vejez, Melchor; madurez, Gaspar; y juventud, Baltasar).

La otra dicotomía es la que enfrenta al Árbol de Navidad con el Belén o Nacimiento. El abeto fiel del villancico, a la sombra del cual se dejan en la noche de Navidad los regalos para toda la familia, arranca en realidad de la tradición pagana, y es otra versión del árbol de mayo, todavía celebrado en algunas regiones europeas, y en España, para celebrar la llegada de la primavera. En la actualidad, afortunadamente, el tradicional abeto, ha sido sustituido, en beneficio de la ecología, por árboles artificiales de plástico, que, si bien no son tan hermosos, cumplen a la perfección esa misma función ritual.

En lo referente al belén o nacimiento, pessebre en catalán, cuenta la tradición que el primer hombre que lo montó, con el fin de representar iconográficamente el Nacimiento de Jesús, fue el propio San Francisco de Asís. Sea o no verdad este hecho, lo cierto es que fueron precisamente los franciscanos los que divulgaron su uso por toda Europa, principalmente por el sur del continente, los mismos que divulgaron también la veneración por la Santa Vera Cruz y el dogma de la Inmaculada Concepción. De esta manera, ofrecían al creyente una trilogía completa, desde la esperanza de la redención, representada por la propia esperanza de María, pasando por el nacimiento necesario, y acabando al fin con la muerte redentora.

Así, los primeros nacimientos arrancan ya de la Edad Media, y fueron realizados por lo común en alabastro, como el conservado en el barcelonés convento de Pedralbes, datado en el siglo XIV, y fueron muy tradicionales en Italia, lugar desde el que esos belenes llegaron a España, a caballo de los siglos XVII y XVIII, de la mano de algunos artistas que se trasladaron a nuestro país. Uno de esos artistas fue Nicolás Salzillo, el padre del genial Francisco Salzillo. Con ello no queremos decir que antes de ese periodo no hubiera belenes en España, pues ya escultores como Giner o Amadeo, habían buscado también en el populismo la inspiración para sus pequeñas figuras; pero sí es cierto que fue en esta época cuando se alcanzó la apoteosis del belén como nuevo estilo de escultura. También el barroquismo portugués, según palabras de Camón Aznar, siempre en trance de apoteosis, encuentra su expresión en las figuras de Machado o de Ferreira, sólo comparables a los arrebatos del rococó bávaro, con unos grupos de tremenda agitación: “Caballos enardecidos, con las crines que se despliegan como banderas, y cuyos tamaños más parecen producto de una perspectiva alejada que de unas medidas de belén".

Pero llegó Francisco Salzillo, el mismo de los pasos de Semana Santa, e hizo del belén, del sencillo pesebre franciscano, la gran apoteosis de la escultura en miniatura. Y además, dejó en su manera de ver estas pequeñas representaciones de la Navidad, llenas de vida y de movimiento, una escuela que, en cierto modo, todavía se sigue manteniendo en la región murciana, y también fuera de ella. No de otra manera se puede interpretar el hecho de que aún el rito de plantar el belén en la casa familiar, en el local de la peña correspondiente, en el escaparate de un comercio más o menos transitado, sea algo esperado y deseado, tanto como la primera procesión del ciclo anual de la Semana Santa. Dos mágicos polos que en Murcia, como también en Cuenca, marcan el tiempo festivo. Recogemos, de nuevo, las palabras de Camón Aznar: "Cierto que Salzillo, aunque sea el más excelso, no es el único en este momento del arte murciano. Y hasta nos parece que bajo su nombre se incluye toda una escuela. Su taller era familiar, y sus hermanos colaboran en una imaginería que pasa de mil atribuciones. Baste el dato de que de las 556 figuras que forman el belén, Anunciación, La Visitación, Herodes y muchas representaciones pastoriles, son de su discípulo, Roque López”.

En su escultura helenística se reflejan dos caracteres en algún sentido extremos: de una parte el espíritu barroco, de la otra el aspecto popular. El ángel señalando un cielo indefinido, los pliegues de las ropas de muchas de las figuras, insuflando al barro movimiento, el juego de miradas, son propios del primero; el rasgo hondamente humano que sabe dar a las imágenes, los tipos pastoriles, literalmente arrancados de la huerta o de la sierra murciana, son propias del segundo.

Mucho ha variado la tipología del belén desde aquellos años de la Edad Media. El tiempo y el espacio no son los mismos, desde luego, y aunque el nacimiento, en esencia, responde a los mismos cánones representativos, estos dos aspectos imprimen un carácter que de alguna manera lo personaliza. En Nápoles, en ese mismo siglo XVIII, en que vivió Salzillo, eran importantes los pressepio, representaciones monumentales de escenario realista, casi arqueológico. Hoy nos parecen excelentes en su sencillez los belenes americanos, hechos a base de pequeñas figurillas esquemáticas de barro blanco o pintado, o los africanos, más esquemáticos todavía, realizados con madera y pajas entrelazadas. Y aunque ante un belén espectacular como el de Salzillo, conservado en su propio museo murciano, junto a los grandes pasos de la procesión del Viernes Santo, no podamos evitar el asombro, también estos otros belenes anónimos, sin ninguna pretensión por alcanzar el rango de obra de arte, se convierten, ante nuestros ojos en una perfecta representación de todo eso que Jesús vino a decir, cuando nació en un oscuro pesebre de un pueblo casi insignificante, Belén: la extrema sencillez, el candor que vence al frío de una noche que, año a año, se repite.

Pero ha llegado ya el momento de dejar el teclado del ordenador. En mi reproductor suenan ya los primeros villancicos, ese tipo de música que, también, eleva a rango de obra de arte el canto popular de nuestros mayores. Ha llegado la hora de empezar a montar el árbol de Navidad, ese árbol que, como Santa Klaus, o San Nicolás, llegó a España desde los países del frío. Sí, yo también he caído en la costumbre anglosajona que nos lleva, cada nueva Navidad, a vestir un frío abeto (artificial, por supuesto, que tampoco es mi deseo contribuir a la tala masiva de nuestros bosques) con brillantes y multicolores bolas de plástico metalizado. Pero junto al árbol, también es cierto, en mi casa abundan esos nacimientos, y alguno de ellos permanece todo el año en la estantería de nuestro comedor-.

Allí, junto al árbol y junto al belén, esperaré la llegada de los Reyes Magos, porque yo, todavía, y a pesar de que hace ya mucho tiempo que dejé de ser un niño, aún creo en la magia de esos reyes, que llegaron desde Oriente para adorar, una fría noche de enero, a un Niño que estaba destinado a ser Dios, a pesar de haber nacido en un humilde pesebre. Ellos, al contrario que “el viejo gordo de la Coca-Cola”, sí que lo vieron, y entendieron, a través de sus ojos brillantes, que un nuevo mundo estaba entonces naciendo en un pequeño pueblo de Israel.

 

Julián Recuenco

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