La Opinión de Cuenca

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De por qué a Henri Parot no le gustará mi pueblo


Hace un mes, en el bonito evento de inauguración del bienio conmemorativo de Nuestra Señora del Pinar en su ermita de Cañaveras, el joven cura insistió en que “la tradición no es más que el envoltorio del caramelo de la fe”. Supongo que hacía referencia a que solo partiendo de un elemento poderoso como la fe es posible generar y mantener tradiciones entre generaciones como la que se celebraba puesto que sin esa fuerza íntima el rito se diluiría en el tiempo. O a que las tradiciones que no nacen de esa creencia esencial no son más que costumbres arraigadas incluso aunque delimiten la identidad propia de un colectivo.

La definición de Woody Allen también se podría emparentar con la metáfora del caramelo: la tradición es la ilusión de la permanencia. Qué es la fe si no una esperanza personal de continuación, un ansia de trascendencia y eternidad.

Desde hace más de medio siglo, alrededor de medio centenar de miembros del Regimiento de Infantería Saboya 6 visitan Villaescusa de Haro a mitad de septiembre con motivo de sus fiestas patronales en honor al Santísimo Cristo de la Expiración. Que sea el lector quien juzgue si se trata de una costumbre o una tradición a sabiendas de que el hecho primigenio de este hermanamiento surge a raíz del apoyo humanitario prestado por los soldados en un accidente que costó la vida de dos trabajadores.

Ha sido el tiempo, con el paso de los años, el que ha perfilado la costumbre hasta modelarla como tradición en el imaginario villaescusero y hacer inconcebible una celebración que disocie el madero del gastador. Como si primero hubiese sido el envoltorio y después se hubiese buscado el caramelo.

Los signos visibles que se identifican en el pueblo configuran una vasta perspectiva de relación con el regimiento que ha calado hondo, no ya en un ente colectivo imaginario, sino en la intimidad de cada villaescusero y villaescusera: una plaza, un monumento, una placa conmemorativa, una bandera, un escudo en el estandarte, un bastón de mando; pero también: una conversación sobre una misión extranjera, un trozo de pan para la caldereta, algún matrimonio, muchas amistades duraderas.

Y es que, por mucho que a Rufián le joda, la pervivencia de esta costumbre -o tradición- ha decantado en un cariño inevitable del pueblo villaescusero por los soldados que conforman el Ejército español. Y, en consecuencia, una querencia por una institución cuya misión, según la Constitución Española, consiste en garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional. Una misión dolida en estos días festivos para Henri Parot y Arnaldo Otegi.

Cayetano J. Solana

Mundanal Ruido

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