La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

De fábula


Han pasado más de dos mil quinientos años, desde que el fabulista Esopo pusiera a hablar a los animales, para hacer más comprensibles algunos comportamientos humanos. A lo largo de la historia han sido muchos los fabulistas que lo han imitado. Entre otros, los franceses Florián y La Fontaine y los españoles Iriarte y Samaniego. 

Sin duda, lo más importante de toda fábula es la moraleja; la enseñanza o cuestión moral que encierra. Durante milenios, los niños han aprendido, leyendo estas narraciones breves, atractivas e intensas en cuanto a las enseñanzas que pretendían.

Se le atribuye a Esopo la fábula del ratón de ciudad y el ratón de campo, de la cual, el Arcipreste de Hita hizo su propia versión en unos maravillosos versos. De esta fábula, además de la enseñanza que se pretende, podemos observar aspectos que han permanecido con el transcurrir del tiempo: la pobreza del mundo rural, con sus productos sin elaborar, en franco contraste con la bien abastecida despensa urbana, con productos, además de abundantes, bien elaborados. Parece ser que siempre ha sido así, que el campo, el gran productor de todo, no ha comido nunca lo que ha querido; mientras que, en las ciudades, no ha faltado de nada. Pero esa es otra historia.

Puede parecer que los fabulistas son cosa del pasado, pero nada más lejos de la verdad. En nuestro tiempo, han cambiado su aspecto, utilizando los medios modernos de comunicación, lo cual facilita su llegada hasta los lugares más alejados del planeta. El invento del cinematógrafo, ha recreado a lo vivo, lo que históricamente, era el fruto de la imaginación subjetiva y de una más profunda reflexión, a la cual invita la lectura. Con el invento de la T.V. no hay lugar donde no lleguen estas recreaciones, a todas horas. Aunque, a juicio del que escribe, llegan despojadas de lo más importante, de la moraleja.

Puede que el fabulista más grande de todos los tiempos, al menos de la era moderna, haya sido Walt Disney. Él ha creado al ratón Mickey Mouse, a Pluto, al Pato Donald y, entre otros muchos, a Bambi. Con estos personajes de animación un mundo paralelo al real, que se ha colado en los hogares del planeta, como ya se ha dicho antes, a través de la televisión, influyendo en muchas generaciones. Los animales han sido humanizados excesivamente, de tal forma que, personas que creen que la leche se cría en la nevera, igual que las demás viandas que consumimos habitualmente, se postulan fanáticamente, incluso, para que a los animales se les otorguen derechos humanos. En el campo siempre se ha tratado bien a los animales, han sido algo más que mascotas, pero nunca se ha perdido el norte y cada cual ha ocupado su lugar. Según nuestra experiencia el gato maúlla, el perro ladra, la oveja bala, la vaca muge y el caballo relincha. No es fácil conversar con ninguno de ellos, ni siguiera con los loros, que pueden articular palabras, aunque desconozcan su significado. 

Hace sólo unas décadas que nos enteramos que había medio ambiente. Antes todo era el campo, del cual, los antepasados conocían todos los secretos. Para ellos no se trataba de un ente abstracto, sino de un ser vivo, compuesto de una multitud de seres diferentes que vivían según las reglas de la naturaleza, que son siempre cambiantes, pues, constantemente se lucha por la supervivencia.  En las explotaciones agropecuarias se trata con seres vivos, por ello, es difícil encajar en las estadísticas, pues permanentemente se interactúa con la naturaleza y se está sometido a sus reglas. En estos tiempos, lamentablemente, una buena cosecha o la cría abundante en ganadería no asegura la rentabilidad. 

Empecé hablando de ratones y termino diciendo, que hoy triunfa el flautista de Hamelín, quién, con sus encantos, seduce a una población que ha perdido la capacidad de comprender la moraleja, de pasar lo que otros dicen por el tamiz de la razón. A una población que pretende curar el sentimiento de culpa que le produce el ritmo de vida que lleva, capaz de acabar con la vida en el planeta tal y como la conocemos, queriendo arreglar, desde la ingenuidad, el mundo rural, como si los agricultores y ganaderos fueran unos seres malvados, responsables de la decadencia de nuestro tiempo; y no esos esforzados productores de alimentos, garantes de la supervivencia del medio ambiente y de la especie humana. 

Ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio es una barbaridad. Eso sucede constantemente, cuando gentes que, como se dice por aquí, no han dado un palo al agua, se atribuyen en exclusiva el título de ecologistas, como si los ciudadanos del campo fuéramos extraterrestres y no los verdaderos habitantes del medio rural y los garantes de su supervivencia. 

Ser ratón de campo o de ciudad no importa, pues ambos son ratones. 

 

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