La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

De las normas que no se cumplen y que nadie las hace cumplir


Hace algunas semanas, en la calle Gascas se colocó una señal de circulación nueva, nunca vista hasta ahora en nuestra ciudad: la de aparcamiento en batería invertida. Se trata ésta de un aparcamiento en batería, es decir, similar a cualquier otro aparcamiento de estas características, pero con la particularidad de que el conductor del vehículo, en principio, debe pasar de largo por delante de la plaza de aparcamiento para, a continuación, aparcar el vehículo marcha atrás, en paralelo al resto de vehículos aparcados. El motivo primero de este nuevo sistema de aparcamiento, nunca visto en Cuenca todavía, ya lo hemos dicho, está en el reciente cambio de sentido de la circulación de la calle, obligando a los vehículos a entrar ahora por la zona del Parque del Huécar, y a salir por la intersección de la calle Tintes. Y aunque hay un segundo motivo, convenientemente aducido por los operarios municipales que colocaron la señal, era poder facilitar la maniobra, mejorando la visibilidad de los conductores a la hora de devolver sus vehículos a la circulación rodada, la realidad es que, de esta forma, el Ayuntamiento se evita tener que repintar las líneas de aparcamiento, con la consiguiente reducción de gastos.

Desde que se colocó la señal, los vehículos han seguido aparcando de la misma manera en que antes lo hacían, haciendo caso omiso de la señal vertical, y también de las propias señales horizontales de aparcamiento, precisamente en un espacio en que dicho aparcamiento está regulado por la Ordenanza Reguladora del Aparcamiento. Está claro que, para la empresa a la que se le concedió en su momento la gestión de la ORA en nuestra ciudad, priman más los aspectos puramente económicos, el cobro de las tarifas respectivas, que los aspectos sociales y didácticos, a los que también se debería atender, sobre todo en los casos, como éste, en el que las condiciones del aparcamiento han cambiado.

Esta falta de cumplimiento de las nuevas condiciones del aparcamiento en la calle Gascas, me ha hecho pensar en otros muchos aspectos que, desgraciadamente, se vienen repitiendo en nuestra ciudad. Algunos de ellos están relacionados también con la circulación rodada, cada vez más difícil para el conjunto de los conductores, en el centro de la ciudad. Así, el cambio de sentido de la misma calle Gascas está relacionado con otra modificación, de mucho más calado, que se había dado en toda la zona comprendida por el Parque del Huécar, la calle del Agua y la calle de los Tintes, a la que ya dediqué, en este mismo medio, algún otro artículo. En este sentido, y dejando aparte mi postura sobre la conveniencia o no de la peatonalización de esta última calle -sobre este aspecto, ya dejé claro allí mi opinión contraria a ello, como también al resto de modificaciones que se hicieron entonces, sobre todo al cambio de sentido de la circulación, que ya ha provocado algún que otro incidente en la calle Calderón de la Barca, lo cierto es que las normas se deben hacer para cumplirlas. Podemos no estar de acuerdo con éstas, pero una vez que se hacen, los ciudadanos están obligados a cumplirlas, y las autoridades, por su parte, están obligadas, también, a hacerlas cumplir.

Viene esto a colación porque, a día de hoy, todavía, y a pesar de la señal de prohibición existente a la entrada de la calle, son todavía muchos los coches que siguen pasando por ella. Y no me refiero, sólo, a aquellos vehículos que son propiedad de las personas que viven en la calle, y que, por supuesto, deben seguir teniendo acceso a sus garajes; ni tampoco a aquellos que deben dar un servicio a los bares y locales comerciales, escasos, que siguen abiertos en ella. Me refiero, sobre todo a aquellos vehículos que, sin ninguna razón que les obligue a ello, siguen entrando en ella desde la calle del Agua, o desde la calle Gregorio Catalán Valero -también prohibida, por cierto, en este último tramo-, y que, sin detenerse en ningún momento, continúan su circulación rodada por la Puerta de Valencia. 

Es cierto que el propio asfaltado de la calle, o su falta de asfaltado desde hace ya muchos años, propicia este hecho, al haberse mantenido las aceras tal y como estaban. A este respecto, el diccionario de la lengua define la palabra “acera” de la manera siguiente: “Orilla de la calle o de otra vía pública, por lo general ligeramente elevada y enlosada, situada junto a las fachadas de las casas y particularmente reservada al tránsito de peatones.” Si una calle es peatonal, no necesita aceras, porque no necesita diferenciar el espacio reservado para los peatones del que está reservada para el tránsito de vehículos; o, en todo caso, si se prevé el paso coyuntural, en determinadas condiciones de algún vehículo que lo pueda necesitar, se suele hacer de otra forma, mediante colores o pavimentos diferentes, como en Cuenca se hace ya en Carretería o en el paseo hacia el Auditorio. Nunca de la manera que todavía presenta la calle Tintes, pervivencia de una situación anterior que, en su momento, tampoco había sido la más adecuada, y que ya había provocado accidentes, sobre todo entre las personas mayores, y que aún los sigue provocando.

El asunto del incumplimiento de las diferentes normativas aprobadas por nuestro Ayuntamiento con el fin de mejorar la convivencia de los conquenses viene de largo, y el caso de la circulación rodada no es más que un ejemplo en este sentido. En Cuenca, como en cualquier otra ciudad, existe una normativa sobre el ruido que no se cumple, especialmente en aquellos lugares que, como toda la zona centro, y especialmente el Parque del Huécar, fueron en su día declaradas por el propio Ayuntamiento como ciudades medioambientalmente protegidas. En Cuenca hay una normativa aprobada sobre el horario de cierre de los bares, especialmente de los bares de copas, que tampoco se cumple. En Cuenca hay una normativa sobre cómo deben actuar los propietarios de mascotas y animales domésticos, sobre lo que deben hacer estos con las heces orgánicas, que tampoco se cumple, y así se encuentran la mayoría de nuestros parques y jardines, e incluso algunas de nuestras aceras. 

Normativas que no se cumplen por culpa de la falta de civismo de quienes las incumplen, pero también de las propias autoridades, especialmente el Ayuntamiento, en sus diferentes negociados, que se muestran incapaces de hacerlas cumplir. Pero es que el Ayuntamiento ni siquiera es capaz de hacer cumplir, no ya la propia normativa municipal, sino las propias leyes generales del Estado, como la Ley 5/2018, de 3 de mayo, de prevención del consumo de bebidas alcohólicas en la infancia y la adolescencia. Por otra parte, en casi todas las ciudades y comunidades, también en Castilla-La Mancha, se prohíbe el consumo de alcohol, incluso entre los que son mayores de edad, en cualquier sitio público que no haya sido especialmente acondicionado para ello, es decir, que no sean terrazas de bares u otros lugares similares. Sin embargo, no hace falta nada más que acercarnos a la zona del Parque del Huécar, y también a otras zonas de nuestra ciudad, para comprender hasta qué punto ambas leyes son incumplidas repetidamente en nuestra ciudad.

¿Quiere esto decir que Cuenca se haya convertido, en los últimos años, en una ciudad sin ley, en la que repetidamente se siguen incumpliendo todas las normativas que desde el Ayuntamiento se vienen aprobando para facilitar la convivencia de los conquenses, como una de esas ciudades polvorientas que se fueron construyendo en el lejano oeste, en las que, según se nos viene repitiendo desde Hollywood, sólo era respetada la ley del más fuerte? Afortunadamente, he de decir que ello no es así, que todavía entre los conquenses -cada vez menos, es cierto-, predomina el civismo que debe caracterizar a cualquier sociedad avanzada. Pero la sensación que queda entre gran parte de los conquenses es que ello, el respecto a las normativas y a la convivencia, está relacionado sólo con la decisión personal de cada uno de los ciudadanos, y que el aspecto coercitivo del propio Ayuntamiento, sancionador para aquellos que las incumplen, en Cuenca brilla por su ausencia.
 

 

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