La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Del cambio climático y de la energía nuclear


En los últimos años hemos llegado a un punto en el que todo aquello que sucede en el medio ambiente, sea cual sea su condición, incluso, en determinados momentos, algunas cosas que aparentemente no tienen nada que ver con él, es culpa del cambio climático. Y quizá sea así, pero uno tiene la sensación de que, también en este aspecto, los supuestos expertos que cada día dan clases magistrales desde las tribunas que suponen los medios de comunicación o las redes sociales, lanzan al viento o a las ondas sus diatribas argumentarias contra ese cambio climático, sin haber realizado antes el necesario y obligatorio ejercicio de crítica y de reflexión. Que aumenta la temperatura en algunas zonas del globo terráqueo, es culpa del cambio climático; que aumentan las sequías o los incendios forestales, o se suceden episodios de lluvias abundantes, provocando inundaciones en otras partes del planeta, es culpa del cambio climático; que el suelo se mueve más de la cuenta, provocando terremotos, es culpa del cambio climático; que decide abrir de nuevo los cráteres olvidados durante mucho tiempo, para expulsar otra vez a la atmósfera el fuego que la tierra guarda en su interior, es culpa del cambio climático.

Vaya por delante que no estoy diciendo que no existe ese cambio climático, culpable de todos nuestros males; que no estoy afirmando que los seres humanos debamos seguir comportándonos con nuestro planeta como hasta ahora lo hemos hecho, contaminándolo todo a nuestro antojo, porque ese cambio climático, desde luego, existe. Pero, ¿en qué medida el hombre es el único culpable de ese cambio climático que nos ha tocado vivir? Está claro que una parte importante de culpa sí tiene en ello, pero algunas veces, uno piensa que existen también otros factores naturales, olvidados normalmente por una parte del ecologismo más radical, que también intervienen en el proceso, factores que nosotros no podemos controlar porque se nos escapan de nuestras posibilidades. Pensar que el ser humano, con todas sus facultades constructivas y destructivas, es más poderoso que la propia naturaleza, no deja de ser un ejercicio de egolatría. Y por otra parte, los historiadores sabemos que también en otros periodos de la historia se habían producido anteriormente episodios, más o menos similares, de cambios en el clima de nuestro planeta, en algunas ocasiones, incluso, más graves que en la actualidad, cambios que en ningún caso pueden ser atribuibles a la participación humana.

Desde siempre han existido los volcanes y los terremotos, las sequías y las inundaciones. Muchas religiones, precisamente, intentaron luchar contra aquellos fenómenos naturales, y sobre todo contra el terror que esos fenómenos provocaban en ellos, creando dioses múltiples, que eran representación y humanización de la poderosa naturaleza que les rodeaba. La historia del diluvio universal se repite en todas las culturas del pasado, hasta el punto de que muchos mitólogos e historiadores han llegado a la conclusión de que el diluvio universal, del que habla el Antiguo Testamento, refleja algo que sucedió en realidad, aunque haya sido contado en forma de leyenda. Así, el mito del Noé de los hebreos, del Gilgamesh mesopotámico, de la gran inundación de Gun-Yu, de la que hablan los mitos chinos, que se produjo durante dos generaciones, originando grandes migraciones y episodios de hambruna, son tan similares entre sí, que no parece que todo sea producto nada más que de una transferencia cultural, sobre todo si tenemos en cuenta que también existen mitos similares entre los mayas de México, los chibchas de Colombia, o entre los mapuches del subcontinente andino, por no hablar de tribus más lejanas, como los rapanui de la isla de Pascua, o los mousayye, del Chad africano. También el mito griego de Deucalión, único ser humano que pudo sobrevivir a las terribles inundaciones que Zeus había enviado a los hombres, por haber aceptado el fuego que les había enviado Prometeo, es reflejo de aquellos fenómenos naturales que se pierden en las brumas de los tiempos heroicos.

Se nos puede decir que todo esto es mitología, y por ello, pura leyenda, pero muchos mitos nacieron por el miedo ancestral que los hombres tenían a la naturaleza, que les daba la vida, pero también la muerte; y precisamente porque ésta, de forma casi cíclica, les había enseñado a sus antepasados cuál era su verdadero poder. Fenómenos como los actuales sucedieron también en el pasado, tal y como pudieron dejar reseñados los historiadores y los cronistas antiguos. En el siglo XVI a.C. está registrada en la isla griega de Santorini, o Thera, en el centro del mar Egeo, una enorme erupción volcánica, que se llevó por delante la mitad de la isla, dejando su actual fisonomía, como un pequeño archipiélago en el que la isla más importante, la propia Santorini, tiene forma de media luna. Ya en tiempos más recientes, en noviembre de 1755, un poderoso terremoto destruyó la mayor parte de la ciudad de Lisboa, pero también provocó destrucciones en buena parte de España, desde Andalucía hasta la provincia de Zamora, y sus ondas llegaron a sentirse en lugares tan lejanos como la costa de Marruecos, la península de Finlandia, o las islas del Caribe. 

La erupción del Krakatoa, en mayo de 1883, provocó la destrucción casi total del archipiélago homónimo, entre las islas de Java y de Sumatra, al suroeste de Indonesia. La mayor de las explosiones producidas por aquel terremoto desencadenó una energía superior a los trescientos cincuenta megatones, es decir, una energía que era veintitrés mil veces más fuerte que la que había producido en Hiroshima la primera bomba atómica; las consecuencias de aquella erupción llegaron a sentirse incluso en Europa, hasta el punto que, durante más de tres años, se podían observar en todo el mundo extrañas refracciones de los rayos solares, que eran provocadas por las partículas en suspensión en el aire que había dejado la explosión del volcán. Comparada con esta gran explosión, que destruyó casi doscientas aldeas en las costas de Java y de Sumatra, y que mató a una cantidad de más de treinta y cinco mil personas, leve nos parece el gran tsunami que en aquella misma zona entró en actividad en el año 2018, y que provocó la muerte de “solo” 435 personas. Y más leve es aún la erupción de aquel volcán islandés de nombre impronunciable -el Eyjafjallajökull-, en 2010, o el de la Palma, en septiembre del año pasado; algunas voces se oyeron, echando la culpa de esas erupciones a la contaminación generada por los seres humanos, y al consiguiente cambio climático provocado por esa contaminación. 

Muchos son los testigos que el cambio de temperatura ha ido dejando en el globo terráqueo, y una de las más conocidas es el grosor de los anillos concéntricos que los árboles forman al crecer. Gracias a esos testigos naturales, y a las crónicas antiguas, se sabe que a lo largo del tiempo se han producido diferentes procesos de cambio climático que, en absoluto, pueden ser atribuidos a la contaminación atmosférica provocada por la industria o el mal uso de la ciencia. Así, y dejando de lado las variaciones climáticas que tuvieron lugar durante el holoceno, entre el año 10.000 y 6.000 a.C., demasiado lejanas ya en el tiempo, se puede hablar a ciencia cierta de un periodo cálido medieval, u óptimo climático, que se produjo sobre todo en la región del Atlántico norte, pero también en otras regiones del planeta, entre los siglos X y XIV de nuestra era, en el que la producción de la uva, y por consiguiente también del vino, producto que suele ser diferenciador entre los climas fríos y cálidos, llegó a regiones tan septentrionales como las islas Británicas; y hasta los vikingos, cuando descubrieron las nuevas tierras de América del Norte, hoy heladas, las llamaron Groenlandia, palabra que en su idioma significa “tierra verde”.

Las cosas empezaron a cambiar a partir del siglo XIV, iniciándose en este momento un periodo al que los historiadores del clima han denominado la pequeña edad de hielo, una etapa de gran enfriamiento de la corteza terrestre que, si bien llegó hasta los años intermedios del siglo XIX, tuvo dos etapas particularmente gélidas, entre 1570 y 1610, y entre 1769 y 1800. Fueron periodos de inviernos muy fríos y muy secos, y de veranos cálidos, incluso sofocantes, pero muy cortos; periodo en el que abundaban las heladas y las nevadas intensas, que se prolongaban hasta muy entrado el calendario anual, y que provocaron entre la población europea grandes hambrunas y problemas de subsistencia. Precisamente, la actual etapa de calentamiento global se remonta a aquellos años del siglo XIX, en la que se produjo una nueva inversión climática, aunque en los últimos años, y quizá, ahora sí, por culpa de la intervención humana, el fenómeno se ha venido agravando hasta alcanzar un nivel preocupante.

Pero a estos procesos de cambio climático anteriores en el tiempo, en los que nada tuvo que ver la mano del hombre, algo sí podemos hacer nosotros para, si no revertir el problema actual, que quizá no tengamos tanto poder para ello, sí al menos para paliarlo en la medida de nuestras posibilidades. Y en este sentido, tiene especial interés el asunto del modelo energético que queramos utilizar. Las energías no renovables, como el carbón, el petróleo y el gas, además de ser mucho más contaminantes, se están agotando, y la guerra de Ucrania nos está demostrando que no podemos dejar un asunto tan delicado en manos de una potencia extranjera. En este sentido, en Europa existen dos modelos contrapuestos: mientras el modelo alemán ha abogado siempre por las energías verdes y renovables, el modelo francés, tan denostado desde el punto de vista de un sector del espectro ideológico, ha abogado más por la energía nuclear. Mientras tanto, el modelo español ha apostado durante muchos años por la energía hidroeléctrica, que tiene los mismos límites que las energías renovables -eólica, mareomotriz, solar, …-, sobre todo en periodos como el actual, en el que la falta de lluvia ha hecho descender el nivel de los embalses.

La situación actual de guerra ha venido a demostrar las carencias del modo alemán, basado principalmente en las energías renovables, insuficientes en un país como Alemania, en el que no hay muchas horas de sol, y en la dependencia respecto al gas procedente de Rusia. Ha bastado que los rusos hayan amenazado a Europa con cortar el suministro del gas, para provocar la tensión entre los habitantes de este país, que ven como en el próximo invierno les puede faltar la energía suficiente para no pasar frío. Y ello ha provocado que, por primera vez, los alemanes empiecen a mirar con otros ojos a la energía nuclear, un tipo de energía tan segura, desde el punto de vista de la contaminación, como las otras, si se explota con las condiciones de seguridad que deben ser exigibles en los tiempos actuales. Bajo este prisma, urge una política común en España, y también en Europa, que nos diga cuál es el camino que debemos seguir, cuál de los dos modelos más cercanos es el que nos interesa, tanto desde el punto de vista de la necesaria disminución de la contaminación, y para la propia seguridad de las personas que puedan vivir cerca de los lugares en los que esa energía debe ser generada, como también para nuestros bolsillos. Porque la energía, también las energías renovables, no son gratuitas; debe ser pagada por todos nosotros, y a nadie se nos escapa que el precio de la factura ha aumentado en los últimos meses hasta niveles poco soportables por muchas familias, y por no menos empresas.

Es cierto que en algunas ocasiones se han producido accidentes en algunas centrales nucleares, como también en otro tipo de instalaciones, y en este sentido, todos recordamos la rotura de la presa del embalse de Tous, que en 1982 provocó la muerte de ocho personas y grandes pérdidas materiales en la comarca valenciana. Y también los llamados “almacenes temporales centralizados”, que con cierto aire irónico se han venido a llamar “cementerios nucleares”. España no cuenta con ninguna instalación de este tipo en todo el país, lo que obliga a pagar a Francia, a cambio de la destrucción generada en las escasas centrales nucleares con las que cuenta el país, una factura anual que, sólo por los atrasos adeudados desde el año 2017, suponen una cantidad de setenta y seis mil euros al día, es decir, más de ciento treinta y tres millones de euros desde ese año. 

Por ello, no podemos entender la aversión manifestada contra el ATC que el gobierno español quiso levantar, hace ya demasiados años, en el término municipal de Villar de Cañas, por parte de la Junta de Comunidades.  Con el fin de paralizar el proyecto, no dudaron en aumentar artificialmente la extensión de la protección natural a un espacio, la laguna del Hito, que en realidad se encuentra a treinta kilómetros del lugar donde iba a ser instalado el almacén, lo que le ha llevado ya a perder varios pleitos en los tribunales. Y más si tenemos en cuenta que en Almonacid del Marquesado, se encuentra un macrovertedero, del que muy poco se ha querido hablar, en el que el 21 de junio de 2021 se produjo un incendio que provocó una importante nube tóxica por la combustión de diferentes sustancias, para algunas de las cuales no se había solicitado el permiso de la Viceconsejería de Medio Ambiente. La nuble produjo importantes problemas de salud entre los vecinos del pueblo, tal y como ha criticado la ONG Ecologistas en Acción: “Aunque se trata de un vertedero para residuos no peligrosos, la lista de autorizados (código LER es de unos trescientos, entre otros: los residuos de transformación física y química de minerales; lodos de lejías y de destintado de papel; lodos que contienen metales pesados; lodos de pintura, barniz, adhesivos y tintas, etc. Dado que la recuperación es ínfima o (en muchos de los camiones) nula, el acumulo de las más de mil toneladas de residuos diarios y (como se aprecia en los vídeos distribuidos por redes sociales) sin cubrirse adecuadamente, puede tener estas nefastas consecuencias”.

 En cuestiones de seguridad, más importante es tomar las medidas necesarias para evitar los accidentes, que la propia condición de las sustancias que puedan ser tratadas. Desde este punto de vista, cualquier centrar nuclear que respete las obligatorias medidas de seguridad puede ser más segura que otro tipo de centrales, si éstas no toman esas medidas que puedan evitar accidentes, tal y como afirmaron recientemente ocho catedráticos de energía nuclear, de diferentes universidades españolas, en una reunión celebrada con el fin de debatir el futuro del propio almacén, que desde hace demasiado tiempo se encuentra en una situación de impasse que mantiene a la comarca conquense en una situación de completo abandono. 


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