La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Determinación y dignidad, nunca deben faltar


Voy a seguir en Venezuela donde nos quedamos en el último artículo.

Verano de1982 y el proyecto en el que trabajaba avanzaba bien. Había llegado a la zona de la sabana alrededor del delta del Orinoco para llevar a cabo un proyecto innovador mundialmente para producir petróleo extrapesado (muy viscoso) con una bomba de largo recorrido.

El paisaje es precioso. Cientos de kilómetros planos, aspecto de sabana ecuatorial, sin nadie más allá de algún pequeño núcleo urbano y de los campamentos para trabajadores que explotaban esos enormes campos de petróleo. Un verdadero lujo por donde yo transitaba con mi todo terreno como si estuviera en una película. Y con 24 años, que ayuda bastante.

Aprendí muchísimas cosas. No solo en el ámbito profesional, sino también en el humano. Pasé por circunstancias muy curiosas.

La determinación

Disponía por parte de la empresa de dos coches, un Toyota Land Cruiser (de los años 80, no como los lujosos de ahora) para ir a la zona de trabajo que estaba entre 100 y 150 km de Maturín, donde vivía, y otro más de representación que era un enorme Chevrolet Malibú (busquen en internet). Normalmente iba al campo de trabajo en el Toyota porque no se paraba ante nada aun si cayese un diluvio y se hicieran barro líquido los caminos.

Uno de los días hacía un tiempo buenísimo y pensé que, aunque fuera temporada de lluvias, podría ir al campo con el Malibú que era mucho más cómodo. Todo perfecto. Fui, tuve mi sesión de trabajo con los operadores de las máquinas, visité a los ingenieros del cliente, comí en el sitio y me dispuse a volver feliz y muy cómodo en el mullido asiento.

A los 15 minutos empezó una lluvia espectacular y el Malibú no agarraba absolutamente nada en el camino, así que decidí usar mi nivel de prudencia y paré hasta que se acabara la lluvia. Mi experiencia me decía que podía ser una hora aproximadamente, como suelen durar las tormentas tropicales. Y acerté. Pero, ¡ay, amigo! Cuando arranqué el coche (motor delantero y tracción trasera) las ruedas daban muchas vueltas, pero no se movía. Y cada vez iba hundiéndose más en el barro del camino, hasta que las ruedas traseras hicieron un hueco justo para que el coche se apoyase en la tierra (por favor no se rían). Impresionante.

Por aquellos caminos no pasaba nadie. Así que después de pensar un rato decidí aplicar mis prácticas de la mili de hacer trincheras y empecé la tarea -que a priori parecía imposible- de cavar con la pieza de cambiar las ruedas. Paciencia y a por ello, costase lo que costase. Tarde 5 horas, tirado en el suelo lleno de barro, en poder hacer un agujero y su salida inclinada hasta que el coche salió de milagro de aquel agujero. Mi determinación me valió para conseguir volver a casa esa noche y no preocupar ni a mis compañeros ni a mi mujer ni a los amigos. No había móviles ni tenía radio ni posibilidad de comunicarme.

La dignidad

El contrato del que yo era responsable se ejecutaba en la zona de Maturín (estado de Monagas). Nuestra central en Maracaibo (estado de Zulia). Unos 1.300 km de distancia. Los19 técnicos que estaban conmigo venían de Maracaibo y estaban 15 días trabajando y volvían a su casa una semana. Eran todos unos venezolanos bien fuertes y duros trabajadores, aunque, eso sí, unos más que otros en cuanto al amor al trabajo. Cuando el proyecto ya estaba bastante rodado, mis jefes me dijeron que eligiese a los 4 que terminaríamos el contrato.

Como no puede ser de otra forma, y más siendo conquense, elegí los que a mí me parecían que “tenían menos amor al trabajo”. Informé a mis jefes y ya nunca más volvieron. Bueno, no volvió ninguno excepto uno que era el más alto, más fuerte y con peor carácter, que apareció a los 5 meses. Se llamaba Fernando Espinosa.

Estaba yo subido a una máquina a unos 6 metros de altura. Desde esa altura se pueden ver kilómetros de sabana. De repente vi la estela de polvo de un coche y pensé que sería alguien de Lagoven (nuestro cliente) que vendría a ver algo. Seguí subido ahí hasta que el coche llegó, paró y de él salieron 4 señores entre los que identifiqué al amigo Espinosa. Inmediatamente pensé que solo podría haber hecho esos 1.300 km en coche para darme “mi merecido”. Es decir, que me iba a dar una buena paliza. Y yo no tenía por donde escapar. Así que me dije: “Javier, te la van a dar, así que mejor con dignidad. Además, solo te vas a enterar de la primera. Las demás no las vas a sentir”. Decidí bajar del tráiler y acercarme muy digno hacia el amigo quien también venía hacia mí con sus tres colaboradores.

Me sentía realmente bien, en paz y digno. Mi dignidad lo último en perder. Y cuando llegamos a estar a la distancia de contacto, Espinosa levantó su mano …. para saludarme. No se pude imaginar el lector la sensación de volver a nacer y el alivio que sentí. El pobre Espinosa se había hecho los 1.300 km con sus amigos para pedirme por favor que diera un buen informe a Lagoven sobre él porque le iban a contratar y había dado mi nombre para referencias. Salió cara, pero siempre ha sido para mí una experiencia que me ha hecho valorar lo que es la dignidad. Y si hubiera salido cruz -y lo hubiera contado- pensaría que mi dignidad no la vapuleó nadie.

Querido lector, sin determinación no se consigue nada importante y la dignidad nunca se debe perder.


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