La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

El gran Miguel Mateo Ayllón


Hoy quiero traer al recuerdo a un gran hombre. Miguel Mateo Ayllón, una persona que nació de noble, a la par que en una humilde familia, supo abrirse con su talento camino en el mundo social y conquistar un puesto que no todos ocupan, hoy en día, por el solo mérito de sus virtudes y capacidades personales.

Este personaje es un ilustre patricio conquense, cuyo retrato estuvo expuesto en la Sala de sesiones de nuestro Ayuntamiento, (desconozco si al día de hoy se seguirá en su sitio). Nació el 21 de septiembre de 1783; era hijo de don Miguel Ayllón y de doña Manuela Alonso Carrillo. Su padre murió cuando sólo contaba con seis años de edad, y la muerte de su madre ocurría años después, tales acontecimientos influyeron para que, entregado a manos extrañas, no se le diera la educación que sus primogénitos hubieran deseado para su hijo.

Sin embargo, su tío paterno don Gregorio Ayllón, conociendo las desarrolladas facultades mentales de su sobrino, lo ingresó en nuestro Seminario Conciliar, donde, con gran aprovechamiento, estudió la Filosofía; al demostrar aptitudes para el estudio, su tío le puso en disposición de emprender una carrera, (como diríamos hoy), abrazando la del foro, cuyos estudios cursó y terminó en la Universidad de Sevilla.

Pero no conformándose con esta carrera, seguía al mismo tiempo la carrera de las armas y tomó las primeras en el año 1811, siendo la elegida la de los Tiradores de Cuenca; fue subteniente del segundo batallón de Cuenca y siguió en la subinspección de infantería hasta el año 1829, en que ascendió a teniente, continuando al propio tiempo sus estudios en la carrera judicial; y el 4 de mayo de 1820 obtuvo un puesto de Abogado en la Audiencia de Sevilla, tomando la licencia absoluta en el mes de octubre de 1821.

Este nuevo puesto le hizo abandonar la carrera de armas, dedicándose por completo a la abogacía, y el 14 de junio del mismo año de 1821 fue nombrado juez electo de Alhama, cuyo cargo no desempeñó por haber sido nombrado al miso tiempo secretario del gobierno superior político de Sevilla.

La Diputación Provincial de Huelva le eligió su secretario, pero no tomó posesión por haber sido electo Diputado a Cortes en abril de 1822. Desempeñó este cargo hasta septiembre de 1823, en cuya época tuvo que emigrar. Entonces era más peligroso ser profesor de doctrinas liberales, aunque el liberalismo de aquellos tiempos lo rechazarían hoy los más moderados.

Durante el tiempo que permaneció fuera de España, estuvo con su familia en la isla inglesa de Jersey, haciendo una vida verdaderamente de labriego, o agricultor para poder mantener con honra su casa y que no le faltara para comer ni a él ni a sus hijos.

Volvió a España en 1834, siendo redactor del célebre “Boletín” dirigido por don Fermín Caballero, y que se llamó después “Eco del Comercio”, y el 30 de octubre de 1835 fue nombrado Juez de Primera Instancia en la capital, con honores de Magistrado de Albacete. En septiembre de 1836 fue electo Fiscal togado del Tribunal Mayor de Cuentas, que sirvió hasta enero de 1838.

Siendo Diputado en las Cortes Constituyentes de 1836, en las de 1837 y en todas hasta el año 1841. En el año de 1839 fue Alcalde Constitucional de Madrid, cargo que desempeñó con el beneplácito de todos sus amigos, dando muestras durante el tiempo que estuvo en posesión de dicho cargo, de un acierto sin límites al dilucidar cuestiones de importancia, y mostrando sus relevantes condiciones de hombre de gobierno; siendo nombrado en 1840 Ministro togado del Tribunal Mayor de Cuentas.

Tan grande era ya su fama política y su prestigio de gobernante, que el 9 de mayo de 1843 desempeño el puesto de Ministro de Hacienda en el gabinete López, que cesó del cargo el 19 del mismo año; pero volvió a encargarse de la misma cartera el 24 de julio, a consecuencia del alzamiento de las provincias y la desempeñó hasta el 24 de noviembre del mismo año. Después de la mayoría de S. M. se retiró a Carabanchel, donde había comprado algunas fincas nacionales, para dedicarse a la Agricultura a la que tanto amaba, y el 9 de agosto del año 1894, a los 50 años y once meses de edad, murió en Carabanchel en esas fincas que tanto amaba.

Su entierro fue una grandiosa manifestación de dolor demostrándose lo querido que era su persona entre el pueblo y que eran muchos los amigos que quedaron llorando su grato recuerdo. Gran número de éstos fueron desde Madrid a Carabanchel, y en el acto del sepelio, intervinieron oradores tan distinguidos como: Cortina, Corradi y otros no menos notables, pronunciaron discursos, encomiendo sus virtudes como padre de familia, su valor militar, su buen juicio periodístico, su constancia patriótica y su pureza como Ministro.

Después de repasar una vida como ésta uno piensa que bien sería que nuestros políticos aprendieran de estas notables personas.

José María Rodríguez González es profesor e investigador histórico.

 

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