La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

El poeta


Yo no soy como el astro
Que recibiera un día un empujón divino,
Y ya siempre, siempre hace lo mismo.
Yo no soy como el astro
Ni ando en pos de un final de antemano establecido.
Yo no soy como el astro
Y en cada paso que doy ando forjando el camino.
Yo no soy como el astro y en cada paso que doy
Vienen andando conmigo,
En la memoria, el pasado
Y en la intención, el destino

Mi amigo Antonio Escudero de Las Pedroñeras, dice de mí que soy un poeta y me presenta a sus amistades como el pastor poeta. Yo, que sé, como decía Cervantes, y en mi caso es cierto, que es una gracia que no quiso darme el cielo, me ruborizo y me pongo colorao, rojo como un semáforo. Aunque agradezco el cumplido y en lo más profundo de mi ser, una especie de vanidad que pretendo ocultar, me hace sentir bien.

Me pregunto si habrá alguien que en su juventud no haya emborronado cuadernos con poemas sobre amores desgraciados. Suelen ser estos los más proclives a la poesía, pues los amores correspondidos se suelen vivir y no dejan tiempo para la literatura. 

Este poema, si se le puede llamar así, es lo más a lo que he llegado en este arte. Como ustedes verán, no es un poema de amor, a no ser que sea de amor a uno mismo, de un ser arrogante que, ingenuamente, se cree dueño de su destino. Más que un sentimiento, el autor (o sea, yo en otro tiempo) parece expresar un deseo. Es como si se rebelara contra todo lo establecido y quisiera, como Adán, empezar de cero. Esto sabemos que no puede ser, pues el pasado, como dice mi amigo Ernesto: “se encuentra en todos y cada uno de nosotros en nuestra memoria”. Aunque, pensándolo bien, puede que este poema sea fruto de nuestro tiempo, de toda esa forma de entender la vida, de gente que repite constantemente y en todas partes que querer es poder. Esta gran mentira hará a muchas personas desgraciadas, pues no siempre se consigue lo que se desea. Afortunadamente, en mi poema, parece que pretendía más expresar un deseo que reseñar un hecho. No me avergüenzo de haber emborronado algunas cuartillas con presuntos poemas, pues ello forma parte de nuestra naturaleza humana. Y, además, yo no pretendo ser artista, me conformo con ser persona, que no es poco.  Entre los artistas los hay que sólo son porque ellos se dicen así mismos artistas o, como en mi caso, porque hay personas, como mi amigo Antonio, que me aprecia de verdad.

Son muchos los que dicen que el arte moderno es para los que saben de ello. ¿Acaso hay un arte que sólo comprenden los que están metidos en el ajo?

Unos amigos, me comentaron que, mientras realizaban unas obras en el museo, habían tomado una obra de arte por un perchero, en el cual habían colgado los bolsos y las cazadoras. Y una cosa de madera que había en medio de una sala creyeron que era una mesa, que aprovecharon para comer en ella, con el consiguiente enfado del encargado del museo cuando se percató del hecho.

Un día escuché en la radio que habían encontrado una obra de arte, de un conocido escultor, en un vertedero y la habían vendido a peso, pues se trataba de un mazacote de hierro. Esto y otras noticias que salen a la luz a veces, sobre cuadros de autores consagrados que han sido vendidos por cuatro perras, porque no se sabía que eran de fulano o de mengano y a las cuales el descubrimiento de la firma les da un valor que antes no tenían, me inducen a pensar en ello.

Así que, querido lector, después de estos ejemplos, te aconsejo que no tengas miedo, relájate, huye del ajetreo de estos tiempos y emborrona cuartillas o expresa lo que sientes de cualquier manera, aunque te pase como a mí, y algún buen amigo te llame poeta y te pongas colorao, pues, en tu fuero interno, te halagará y te hará sentir bien como me sucede a mí. Gracias, amigo.


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