La Opinión de Cuenca

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Feliz Navidad


Resulta verdaderamente complicado hablar de la Navidad sin recurrir a los tópicos. Una Navidad no se concibe sin el frío, la nieve cayendo, los escaparates llenos de luz y color, la música de villancicos y el ambiente de cordialidad (aunque solo sea por unos días) que se percibe en las calles de nuestros pueblos y ciudades. ¡Hasta en las guerras se hicieron treguas para celebrar la Navidad!.

Tópicos al margen, recuerdo con especial cariño, no exento de nostalgia, las navidades de mi infancia ya lejana. Recuerdo el brillo de las luces, el ajetreo de las madres que acudían a los hornos de panaderías donde cocían sabrosos mantecados y aromáticos rosquillos de aguardiente.
Tiempos lejanos que se quedaron anclados en la memoria y que año tras año afloran en estas fechas en las que la nostalgia vuelve a sentarse a la mesa para recordarnos que, si cualquier tiempo no fue mejor, al menos fue distinto porque la inocencia era nuestra bandera, la ilusión era el horizonte de futuro y, como decía Rainer María Rilke, “la verdadera patria del hombre es la infancia”. Y la Navidad es, sobre todo, tiempo de niños y para niños.

A medida que pasan los años y la vida te va curtiendo y llenando de cicatrices de mil y una batallas, el enorme saco de ilusión que todos portamos al nacer, va perdiendo poco a poco volumen, hasta quedar reducido a unas simples migajas que tratamos de conservar, aunque sabemos a ciencia cierta que finalmente las perderemos sin remedio. Triste sí, pero real como la vida misma.

Aquellas navidades con ‘casi nada’ fueron tiempos de felicidad. Un simple papel de plata, envoltura de chocolate, servía para hacer las estrellas del cielo del humilde belén que mi madre montaba en un rincón del pequeño comedor. Un puñado de harina, escasa, simulaba la nieve sobre el portal de Belén de corcho en el que, por unos días, fueron huéspedes en nuestra casa José, María y el Niño. Belén de amor, de ternura y de sentimiento. Figuritas de barro, lavanderas arrodilladas en el río, pastores que se acercaban cada día más al portal y los Reyes en la lejanía. Y junto al nacimiento, el pequeño árbol de navidad adornado con espumillón y guirnaldas de papel, salpicadas con bolitas y luces de colores. Todo un lujo.

Navidad de tiempos pasados que, en cierto modo, echo de menos al compararlos con los que vivimos hoy en día, donde todo se ha reducido al consumo desenfrenado, a la apariencia y la ostentación. Todo cambia, nada permanece. De nada sirve tratar de rescatar del desván de la memoria los recuerdos, porque resulta imposible volverlos a vivir. Tan solo queda la esperanza de conservar vivo aquello y aquellos que, a base de cariño y ternura, lo dieron todo para hacernos felices. Nada ni nadie muere del todo, mientras haya alguien que lo recuerde.

Feliz Navidad.



Pepe Monreal

El Búho

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